CORRÍA EL AÑO DE 1956…

Hoy me vais a perdonar, pero necesito recordar al hombre sin el cual yo no estaría hoy donde estoy. Hoy necesito felicitar a mi padre allá donde esté, porque aun es pronto para superarlo, porque si el año es difícil, el segundo lo es aún más.

Feliz cumpleaños, papá.

Elegía a un hombre bueno.

CORRÍA EL AÑO DE 1956…

“Corría el año de 1956 y en toda Europa una ola de frío extremo golpeaba con dureza proclamándose así el invierno más duro del último siglo. Países como Marruecos, Túnez o Egipto conseguían, al fin, su ansiada independencia y comenzaban su andadura como nuevos países libres. En España una serie de sucesos y revueltas promovidos por socialistas y comunistas hacen que se decrete el estado de excepción.

Corría el año de 1956 cuando nacía en un pueblo cercano a la capital levantina el único hombre bueno que la vida quiso que formara parte de la mía propia y fuera el mayor referente paterno que más de una persona pudo tener. Yo fui su hija, soy su hija, su única hija si hablamos de la ley humana, si hablamos de genética; sin embargo, el orgullo me obliga a nombrar a quienes sin ser sus hijos legítimos fueron queridos y educados del mismo modo convirtiéndose así en más que primas. Sí, es cierto que, de entre ellas hubo una que, por su mala fortuna, fue criada a mi lado y así, ese hombre bueno, no solo me tuvo a mí, sino que sus hijos aumentaron y adoraron sin pretenderlo.

Corría el año de 1956 y el mundo recibió a quien de nombre Vicente Jiménez Árias fue llamado. Una persona que melló en todos y cada uno de los corazones de quienes, simplemente, le conocieron y, en el día de su última despedida, no faltaron para mostrarle su respeto, su cariño y el dolor que suponía su perdida tan temprana e inesperada. Si él supiera todos los que allí fueron, a ciencia cierta, se sentiría el hombre más honrado y querido, pues así era.

Corría el año de 1956 y el llanto de un niño recién nacido inundaba una de las humildes casas levantadas en un barrio antiguo de Torrente. La madre mecía al pequeño y le susurraba canciones al oído para calmar su llanto sin saber que, aquel bebé conseguiría sin quererlo el respeto de cuantas personas cruzaran su camino, más que aquellos que lo pretenden bajo yugos y condenas. Un niño que crecería mostrando una inteligencia privilegiada y jamás aprovechada. Un niño que crecería con un don, uno de esos que atrae como un potente imán a las personas haciéndolas sentir importantes, felices y amadas.

Corría el año de 1956 cuando nació quien, años después, diecisiete años después, conoció a la mujer más hermosa y juntos cabalgaron a lomos de la vida y del tiempo. Y, sucedió que en una fiesta ella le vio bailar con una preciosa joven, se encogió su corazón y entristeció su semblante; poco faltó para que se retirara cuando una mano se posó sobre su hombro y al girar sobre sus propios pies le vio mirándola con aquellos preciosos y brillantes ojos oscuros, sonriéndole mientras se acercaba a su oído y en un susurro le embriagó con tan solo unas palabras: “Es mi hermana. Mi corazón y mi vida solo te pertenecen a ti.” Se amaron todos y cada uno de los días desde entonces. Crearon un hogar con su sudor y esfuerzo. Criaron a una niña orgullosa de ellos y que así permanecerá hasta el último de sus días.

Corría el año de 1956…”

©Mireia Giménez Higón (2018)
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LA ARQUEÓLOGA

El Sol de la mañana se filtraba entre las suaves cortinas malvas para iluminar con cierto sigilo el interior de la habitación. Noelia frunció el ceño al notar en su rostro esa luz tan molesta e intentó esconderse de su cálido visitante bajo las sábanas. Por desgracia, cierto aparato acomodado en su mesita consideró que era ya la hora perfecta para comenzar una nueva jornada.

Tras unos cuantos bostezos, estiramientos sin salir de la cama y una revitalizante ducha tibia, sólo quedaba enfundarse su traje de dos piezas y sus zapatos azul oscuro que tanto le gustaban. Por último, cogió su bolso y el maletín de trabajo y salió directa a la parada del metro que le llevaría hasta la mismísima entrada de la Universidad. El mismo edificio que le había acogido durante sus estudios de Geografía e Historia, el mismo que albergó el su máster en arqueología y el que le estaba ofreciendo la oportunidad de conseguir su tan ansiado doctorado. Pero, mientras, había conseguido un puesto interino que le permitía seguir trabajando en su proyecto y, además, dedicarle tiempo a la obsesión de su padre.

Según avanzaba por los pasillos de la facultad el pesado recuerdo de su progenitor se iba haciendo más y más patente. Decenas de vitrinas salvaguardaban las reliquias que su padre había donado tras sus expediciones arquitectónicas. Noelia siempre le imploraba para que le dejara ir con él, abogaba a la necesidad de trabajar en el propio campo pues consideraba que un buen arqueólogo no se forjaba entre libros polvorientos. Por desgracia, siempre obtenía una negativa por respuesta. Su padre jamás cedía ante su chantaje emocional y, siempre terminaba encomendándole alguna tarea de localización geográfica. No es que no le gustara la idea, pues aquellas cartas o mapas de siglos pasados le resultaban más que apasionantes. Pensar en las vicisitudes que debían haber solventado aquellos hombres de mar con la única misión de describir las costas terrestres le parecía, poco menos que, increíble. Tan ensimismada se hallaba que no recordó en qué momento había llegado hasta su despacho. No era exactamente suyo, sino más bien lo compartía con otros jóvenes y no tan jóvenes que, como ella, intentaban encontrar su hueco en el mundo de la docencia universitaria. No obstante, sí tenían su parcela y hacia ella se dirigió Noelia sin mayor entretenimiento. Aún no había llegado nadie más, así es que la joven dejó su bolso y maletín sobre su puesto de trabajo y se acercó hasta la máquina de café que tenían en la sala. Cogió su amarga y humeante bebida y regresó hasta su puesto de trabajo.

Tenía toda la mesa llena de carpetas y papeles sin un orden aparente que, gracias a Dios, ella sí entendía. En cualquier caso, decidió que era buen momento para organizar un poco todo aquel desorden. Apartó tanto bolso como maletín y, entonces, es cuando se dio cuenta de un paquete envuelto en tela vieja y atado con un cordón que habían depositado sobre su mesa. Lo cogió un tanto sorprendida y lo volteó en busca de alguna reseña que le indicara cuál era su origen. No había nada. Finalmente, decidió estirar de uno de los capos de la cuerda para deshacer el lazo que mantenía atado el paquete. Lo desenvolvió con cuidado y lo que descubrió en su interior hizo que se quedara petrificada.

Parecía un antiguo diario cuyos lomos olían a cuero estropeado por el paso de los años. Era de un color marrón con matices rojizos y quedaba cerrado por un delicado pasador de hierro carcomido y ennegrecido. Lo cogió con ambas manos observándolo con temor a que se desintegrara o quedara reducido a arena con sólo mirarlo. Dudó en abrirlo hasta que reparó en un sobre, también envejecido por el paso del tiempo, pero con notoria modernidad con respecto al cuaderno de cuero. Dejó a un lado el diario con sumo cuidado y cogió el sobre. Para su sorpresa aparecía escrito, con tinta azul, casi absorbida por completo en el papel, su propio nombre: Noelia Rosablanca Dorellana. Y, allí donde debía estar el remitente, había un sello de lacre marrón. No conseguía ver bien cuál era el dibujo que se marcaba en la cera; se acercó a la luz para comprobar que era fiel reflejo del anillo que su padre siempre llevaba en su mano derecha. Aquel paquete, fuera lo que fuera, lo había enviado él. El hombre que le había criado, le había inculcado su oficio y, después, había desaparecido dejándola completamente sola.

Con cierto temblor consiguió abrir el sobre sin romper el sello pues, por alguna razón, necesitaba mantenerlo intacto y guardarlo junto a ella para siempre. Como si aquello hiciera de su dolor, un sentimiento más llevadero. En cualquier caso, comenzó a leer en el silencio de la sala.

“Mi querida hija Noelia;

Siento que vuelvas a saber de mi existencia a través de esta misiva llena de nostalgia. Bien sabes que me encuentro en tierras suramericanas en busca de un gran hallazgo que nos llevará para siempre en los libros de historia. Te conozco y sé de tu valía y es por eso que encomiendo esta ardua tarea y a mí mismo en tu persona. Hija mía, debes hacer acopio de todo tu valor, de todos tus conocimientos adquiridos por el paso de los tiempos y seguir estas pequeñas directrices.

Deberás aguardar hasta llegar a un lugar seguro para leer el diario que te mando pues no es otro que los escritos escondidos de uno de nuestros grandes conquistadores que llegaron a estas tierras a las órdenes de Francisco Pizarro. Tienes que ir a la casa de tu viejo padre, allí encontrarás la llave. «Donde reposa la independencia de la luz y la sangre se esconde la clave.»

Hija mía, debo despedirme aquí y ahora, pues el volvernos a ver puede resultar imposible. He conseguido salvar el diario y hacértelo llegar por mediación de un mercader de la zona que accedió bajo una suculenta suma como recompensa.

Mi querida Noelia, no puedo contarte más de lo que ya viene escrito. Lo demás llegarás a conocer cuando recuerdes donde reposa la independencia de la luz y la sangre. Recuérdalo.

Eternamente orgulloso,

Tu padre.”

Un eléctrico escalofrío recorrió todo su cuerpo haciéndole reaccionar y guardando con avidez el diario en su envoltorio y escondiéndolo en el interior de su bolso. Cogió la carta para guardarla en el sobre donde venía y, en ese instante vio que había algo más en su interior. Abrió de forma exagerada el sobre y descubrió que contenía una especie de lámina dorada. La sacó con cuidado para examinarla mejor. Realmente parecía oro; sí, oro puro y sin tratar. Gravado en él había unas pequeñas señas, como runas. Parecían símbolos de la época precolombina, en los albores del siglo XIV. Por suerte era su época favorita, la cultura en la que esperaba especializarse.

Comprobó con cautela cada símbolo. Repitió hasta diez veces su lectura hasta estar completamente segura de lo que su mente intentaba renegar. ¿Sería posible? La duda llegaba a ofenderla, más por la fe declarada hacia su padre que por su propia idoneidad para comprender.

¿Habría localizado su predecesor el legendario pueblo de El Dorado?

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Gustavo Adolfo Bécquer

EL MONTE DE LAS ÁNIMAS

Gustavo Adolfo Bécquer fue, y es, un referente para mí, gracias a él descubrí mi afición por la leyenda, por el estudio de su historia y lo que ello pudiera suponer. Bécquer consiguió hacer de un sueño una realidad, consiguió que trabajara a fondo para convertir una afición en algo más que una profesión y, así, gracias a sus Rimas y leyendas, dediqué parte de mi vida como escritora a escribir leyendas nuevas de aquellos lugares recónditos de la geografía española cuya historia oculta tenía algo que contar. Comprendí el gran papel que ofrecen las leyendas como fuente de estudio hacia el conocimiento del folklore de un pueblo, de una España cuyas sombras buscan un pequeño haz de luz.

Hoy, en el aniversario de su cumpleaños, me gustaría compartir esa historia, esa leyenda que captó mi atención y me empujó a estudiar a quien en la actualidad beneramos como uno de los grandes literatos de nuestra historia.


EL MONTE DE LAS ÁNIMAS:

La noche de difuntos me despertó a no sé qué hora el doble de las campanas; su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria.

Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato me decidí a escribirla, como en efecto lo hice.

Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire frío de la noche.

Sea de ello lo que quiera, ahí va, como el caballo de copas.

I

-Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las ánimas.

-¡Tan pronto!

-A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.

-¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?

-No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré esa historia.

Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían la comitiva a bastante distancia.

Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:

-Ese monte que hoy llaman de las ánimas, pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla; que así hubieran solos sabido defenderla como solos la conquistaron.

Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos.

Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres, los lobos a quienes se quiso exterminar tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse.

Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las ánimas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche.

La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual, después de incorporárseles los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.

II

Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las ojivas del salón.

Solas dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y Alonso: Beatriz seguía con los ojos, absorta en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz.

Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.

Las dueñas referían, a propósito de la noche de difuntos, cuentos tenebrosos en que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel; y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste.

-Hermosa prima -exclamó al fin Alonso rompiendo el largo silencio en que se encontraban-; pronto vamos a separarnos tal vez para siempre; las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y patriarcales sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces, acaso por algún galán de tu lejano señorío.

Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo un carácter de mujer se reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios.

-Tal vez por la pompa de la corte francesa; donde hasta aquí has vivido -se apresuró a añadir el joven-. De un modo o de otro, presiento que no tardaré en perderte… Al separarnos, quisiera que llevases una memoria mía… ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la salud que vinistes a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu atencion. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo regaló a la que me dio el ser, y ella lo llevó al altar… ¿Lo quieres?

-No sé en el tuyo -contestó la hermosa-, pero en mi país una prenda recibida compromete una voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo… que aún puede ir a Roma sin volver con las manos vacías.

El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un momento al joven, que después de serenarse dijo con tristeza:

-Lo sé prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo ante todos; hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío?

Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la joya, sin añadir una palabra.

Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volviose a oír la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste monótono doblar de las campanas.

Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a anudarse de este modo:

-Y antes de que concluya el día de Todos los Santos, en que así como el tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? -dijo él clavando una mirada en la de su prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.

-¿Por qué no? -exclamó ésta llevándose la mano al hombro derecho como para buscar alguna cosa entre las pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro… Después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió:

-¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que por no sé qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?

-Sí.

-Pues… ¡se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un recuerdo.

-¡Se ha perdido!, ¿y dónde? -preguntó Alonso incorporándose de su asiento y con una indescriptible expresión de temor y esperanza.

-No sé…. en el monte acaso.

-¡En el Monte de las ánimas -murmuró palideciendo y dejándose caer sobre el sitial-; en el Monte de las ánimas!

Luego prosiguió con voz entrecortada y sorda:

-Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces; en la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendentes, he llevado a esta diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de mi juventud, todo el ardor, hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres; y he combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me ha visto huir el peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta noche…. esta noche. ¿A qué ocultártelo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren sus fosas… ¡las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento sin que se sepa adónde.

Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que cuando hubo concluido exclamó con un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía la leña, arrojando chispas de mil colores:

-¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de difuntos, y cuajado el camino de lobos!

Al decir esta última frase, la recargó de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga ironía, movido como por un resorte se puso de pie, se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza y no en su corazón, y con voz firme exclamó, dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar entreteniéndose en revolver el fuego:

-Adiós Beatriz, adiós… Hasta pronto.

-¡Alonso! ¡Alonso! -dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso o aparentó querer detenerle, el joven había desaparecido.

A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho que coloreó sus mejillas, prestó atento oído a aquel rumor que se debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último.

Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcóny las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.

III

Había pasado una hora, dos, tres; la media roche estaba a punto de sonar, y Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, cuando en menos de una hora pudiera haberlo hecho.

-¡Habrá tenido miedo! -exclamó la joven cerrando su libro de oraciones y encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmente murmurar algunos de los rezos que la iglesia consagra en el día de difuntos a los que ya no existen.

Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso.

Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de la campana, lentas, sordas; tristísimas, y entreabrió los ojos. Creía haber oído a par de ellas pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana.

-Será el viento -dijo; y poniéndose la mano sobre el corazón, procuró tranquilizarse. Pero su corazón latía cada vez con más violencia. Las puertas de alerce del oratorio habían crujido sobre sus goznes, con un chirrido agudo prolongado y estridente.

Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitación iban sonando por su orden, éstas con un ruido sordo y grave, aquéllas con un lamento largo y crispador. Después silencio, un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la media noche, con un murmullo monótono de agua distante; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que casi se sienten, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximación se nota no obstante en la oscuridad.

Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinillas y escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar: nada, silencio.

Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movían en todas direcciones; y cuando dilatándolas las fijaba en un punto, nada, oscuridad, las sombras impenetrables.

-¡Bah! -exclamó, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada de raso azul del lecho-; ¿soy yo tan miedosa como esas pobres gentes, cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura, al oír una conseja de aparecidos?

Y cerrando los ojos intentó dormir…; pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la cubría, escondió la cabeza y contuvo el aliento.

El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía con un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas del aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, otras distantes, doblan tristemente por las ánimas de los difuntos.

Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz. Al fin despuntó la aurora: vuelta de su temor, entreabrió los ojos a los primeros rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda del lecho, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados, cuando de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto sangrienta y desgarrada la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fue a buscar Alonso.

Cuando sus servidores llegaron despavoridos a noticiarle la muerte del primogánito de Alcudiel, que a la mañana había aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las ánimas, la encontraron inmóvil, crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca; blancos los labios, rígidos los miembros, muerta; ¡muerta de horror!

IV

Dicen que después de acaecido este suceso, un cazador extraviado que pasó la noche de difuntos sin poder salir del Monte de las ánimas, y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas horribles. Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de la oración con un estrépito horrible, y, caballeros sobre osamentas de corceles, perseguir como a una fiera a una mujer hermosa, pálida y desmelenada, que con los pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.


Y, sin más, también me atrevo a recomendar ese libro que escribí y del que algunos ya han comenzado a hablar. Un libro de leyendas, de historia, de aventuras, de arte… El viaje que se convirtió en leyenda.

Puedes conseguirlo firmado poniéndote en contacto conmigo a través del cuestionario que aparece en la página principal.

INCOHERENCIAS EN LA NARRACIÓN: QUÉ ES Y COMO EVITARLAS

En demasiadas ocasiones nos encontramos con un porcentaje elevado de incoherencias entre los libros de autores autopublicados o indies. Esto se debe al número, en mi opinión, excesivo de obras publicadas sin un mínimo de asesoramiento previo y profesional que ayude al nuevo autor en su viaje literario. Es más que evidente las facilidades que los autores independientes tienen a la hora de publicar su obra, lo que supone una triste realidad en cuanto a calidad literaria se refiere.

En esta ocasión me gustaría profundizar en una única cuestión que debe ser completada con otras lecciones de autopublicación: la incoherencia en la narración. En el último año he podido comprobar como en ciertas lecturas el autor no ha tenido en cuenta varios factores como puede ser la línea temporal haciendo que sus personajes no actuaran en consonancia con el tiempo transcurrido desde una acción a otra, o como han obviado los rasgos y aptitudes de sus personajes, lo que provocaba que una mujer de carácter dócil y educada tuviera una reacción alarmante, visceral y fuera de lugar ante una situación común de la actualidad, o como un chico que trabaja en un taller de coches de un barrio cualquiera decide regalarle un coche de segunda mano y arreglado por él mismo a una chica a la que apenas conoce desde hace mes y medio. Todas estas incoherencias en la narración provocan una repulsa directa del lector.

Un lector perdona casi cualquier cosa: alguna falta ortográfica que se haya escapado en la corrección, la gramática puede sorprenderle, etcétera; pero lo que jamás perdona es la incoherencia en sus lecturas.

Cuando un lector percibe este tipo de errores en su lectura, puede suponer una pérdida de interés inmediato ante una trama que, de otro modo, quizás hubiera alcanzado una muy buena crítica aportando, a su vez, mayores ventas y reconocimiento en este mundo de autopublicados donde el máximo exponente es el boca a boca y la difusión en redes sociales. Por ello, se considera de especial relevancia tomar conciencia de este problema que tantos autores y autoras indies arrastran.

Ahora bien, ¿cómo podemos evitar este tipo de incoherencias en nuestros textos?

En primer lugar, diferenciaremos entre autores de mapa y autores de brújula. Si usted se considera un autor novel le aconsejaría ser un autor de mapa. Le explico por qué. Un autor de mapa es aquel que se estructura, en mayor o menor medida, la historia que va a narrar, de este modo se asegura que toda la trama tiende hacia uno mismo fin y así se ahorra que haya incoherencias en cuanto al tiempo, relación de personajes e, incluso, intercambio de personalidades. Mientras que, un autor de brújula es aquel que directamente se lanza a escribir con una idea que ronda en su cabeza y que irá cartografiando según avance en su novela. Bien, en mi humilde opinión, hay que tener cuidado con aquellos autores nóveles que se autodeclaran de brújula, pues suelen ser los mismos que cometen este error: la incoherencia en la narración.

Es en este punto donde un escritor profesional y con experiencia en la materia puede atreverse a realizar o narrar una novela con el único esquema de su memoria, pues dota de veteranía, práctica y maestría refutada para una trama sin errores de coherencia.

Para cualquier autor, es de soberana importancia conocer en cada momento la situación de su novela y qué rumbo debe seguir con cada giro. Si usted no tiene clara la estructura, es más que aconsejable que realice una, un mapa en el que organizar la historia de principio a fin. Así, cualquier nuevo giro inesperado siempre podrá efectuarse de una manera más concreta y sin forzar situaciones que de otro modo no tendrían sentido. Por ejemplo, si está escribiendo una novela romántica y considera que, llegados a un punto, una pareja debe separarse tiene que haber un por qué y no forzar las reacciones de sus protagonistas.

Uno de los puntos más importantes, a raíz de lo descrito con anterioridad es, precisamente, la línea temporal. Es de vital importancia tener un control absoluto sobre el espacio-tiempo en la narración. El año pasado tuve la suerte de realizar un informe acerca de una novela de ficción, cuyo título y autor prefiero dejar al margen, en la que un virus desgarraba la sociedad transformando a seres humanos en zombis. En esta ocasión, el autor nos relataba que un profesor de nanorobots aplicados a la microbiología en cierta universidad les contaba a sus alumnos la importancia de una vacuna, que se inyectaba en los recién nacidos, hacía inmunes a los humanos de cierta edad ante la mayoría de las enfermedades comunes y que, gracias a ello, sus propios alumnos nunca habían enfermado. Esto no tendría mayor trascendencia si dos capítulos anteriores el autor no hubiera situado la invención de dicha vacuna a tan solo quince años atrás, por lo tanto, los alumnos universitarios jamás podrían haber sido vacunados puesto que su edad supera los diecisiete o dieciocho años. Por suerte, estos aspectos fueron subsanados por el novelista y hoy es una gran lectura que, para los que hayáis descubierto de qué novela hablo, recomiendo. En este punto solo cabe recalcar la importancia de dicha línea temporal para no realizar gazapos como el del ejemplo, fáciles de cometer y mucho más fáciles de reconocer por parte del lector.

Por otro lado, tenemos la eterna figura del “Deus ex machina” que se debe intentar evitar a toda costa, salvo que la trama así lo exija, cosa que no suele suceder y deja al lector con la sensación de haber sido engañado justo en la recta final. ¿Qué es el “Deus ex machina”? Es una figura que se usa para referirse a un elemento externo que resuelve la historia sin seguir su lógica interna. Por ejemplo, la aparición del héroe en el momento justo, la torpeza forzada del villano para estropear sus propios planes o la orden del soberano que libera al protagonista a tiempo justo antes de ser ejecutado. En este caso hay un ejemplo muy claro en la película Destino de caballero, cuando al protagonista, que ha sido descubierto en su falso legado de caballero, lo sentencian a muerte y aparece el Rey en el momento preciso, de incognito para que nadie lo reconozca, y libera al preso para nombrarle caballero de pleno derecho y ya que es su palabra soberana no puede ponerse en duda.

A pesar de ser una figura difícil de evitar hay maneras de eludirla utilizando los llamados planting y pay-off. Esto consiste en añadir en un momento determinado un elemento o varios en la trama de manera sutil (planting) para después rescatarlo a modo de evidencia para la resolución de la trama (pay-off). Aquí también hay que tener cuidado, pues los planting tienen que ser muy sutiles y tampoco poner demasiados o estaréis medio libro explicando las razones de enlace con el pay-off. De este modo, el lector recordará este elemento que ayuda al desenlace sin sentirse defraudado por una magia externa que, de pronto, resuelve toda la trama sin coherencia ni sentido alguno.

En tercer lugar, podríamos nombrar ya a los personajes. Aquí remarco la necesidad de realizar una ficha por cada uno de los personajes principales o que tengan un papel decisivo dentro de la trama a desarrollar. Los lectores deben sentir empatía con cada uno de los protagonistas ya sean héroes o villanos. Todo hombre o mujer tiene un pasado que le hace actuar de una manera u otra ante una situación, pues ese pasado ha forjado en ellos una personalidad que debe estar acorde con sus reacciones. Como ya comenté, una persona dócil y con educación jamás ensalzaría la voz ni actuaría de manera visceral ante una situación corriente. O, del mismo modo, un villano no puede querer la destrucción del universo conocido solo porque de pequeño un perro le quitó un caramelo. Aunque parezca absurdo, hay demasiadas ocasiones en las que el malo es malo porque sí, porque así lo ha decidido el autor y punto. Por ejemplo, hay cierto libro en el cual una chica odia a la protagonista por unos celos que jamás llegaron a esclarecerse en la novela ¿por qué le tiene celos a la protagonista? ¿Qué tiene ella que la otra no? ¿Qué le ha arrebatado que tanto le importa para tener esa clase de celos hasta el punto de hacerle la vida imposible? Tiene que haber un por qué. Siempre.

Otro ejemplo que también me sucedió en otra revisión es el tema de los acentos de los diferentes lugares o países del mundo. El autor en cuestión, situaba la trama en diferentes zonas del planeta y para que el lector tuviera una mayor visión global del lugar, esa fue su explicación, utilizó clichés o frases hechas de algunos lugares como “sho me shamo” en lugar de yo me llamo para referirse a Argentina o el intercambio de la L por la R cuando hacía referencia a la población china y, sin embargo, no lo hacía cuando hablaba un español de Córdoba con su peculiar acento. En esta ocasión, la solución era llana y simple, describir el lugar y situación de cada conversación, de este modo uno evita cometer errores de estilo.

Por último, algo que parece coherente pero que muchos olvidan. La narración, en general, o es en primera persona o en tercera, pero no en ambas. Reconocer al tipo de narrador puede resultar imposible al lector si el propio autor no consigue una armonía entre ambas personas. Si el narrador es omnisciente u observador, siempre se usará la tercera persona. En cambio, si el narrador es el propio protagonista o personaje secundario, se usará la primera persona para relatar los diferentes acontecimientos. Y, la segunda persona, se podrá usar cuando se quiera crear el efecto de estar contándose la historia a sí mismo o a un yo desdoblado.

Aquí me pondré yo misma como ejemplo. En mi novela, El juego de la verdad, uso dos tipos de narradores simultáneos. ¿La razón? El relator es una adolescente que está contando su historia, pero que debe contar también la de su mejor amiga para poder entender qué le sucedió. Al ser una novela a mitad camino del thriller y lo paranormal, el narrador está claramente diferenciado en cada uno de los diversos acontecimientos que se suceden en la novela.

En conclusión, la incoherencia en la narración es un mal que aparece con asiduidad en los escritos de los autores nóveles pero que, por suerte, es muy fácil de evitar con cuatro puntos clave:

1.- Usar un mapa o estructurar la novela.

2.- Realizar una línea temporal.

3.- Usar fichas de personajes.

4.- Decidir qué tipo de narrador llevará nuestra novela.

El viaje que se convirtió en leyenda

Año 1953
Un peregrino es encontrado muerto a los pies de la catedral de Santiago de Compostela, entre sus ropajes solo porta un viejo cuaderno de cuero.

Año 2019
Una muchacha encuentra un antiguo cuaderno de cuero repleto de historias y leyendas en las proximidades de su hogar. Nada más comenzar a leer, siente que debe peregrinar a la ciudad de Santiago de Compostela.

Comienza así el trepidante viaje de una joven que recorre la geografía española, de leyenda en leyenda, en busca del misterio que encierra el viejo cuaderno de cuero.

Los lectores han comentado:

“Realmente indescriptible las sensaciones que te produce su lectura. Fascinante la forma de contar… sus historias y leyendas”. (Miguel Salvador)

“Un libro precioso, …maravillosas leyendas, que recorren la geografía española”. (Soledad Palao)

“Me gustó mucho la narración en dos lenguajes tan dispares,… el que empleamos en la actualidad y el usado en las leyendas, hace siglos.(Ramón Villa)

Misiva de una vida

Valencia, S. XV

La luz tintineante del cirio se fuerza por iluminar esta estancia en la que me encuentro, más la brisa del mar compite en su afán por dejarme en la más absoluta oscuridad. No levantaré falso testimonio al jurar que este lugar, convertido ahora en mi hogar, sea el que una joven honrada deseara para sí. Sin embargo, debo confesar que estas paredes hicieron de mi existencia un poco más llevadera hasta alcanzar un poder que, hoy, quiero enmendar tomando escrito de aquello que me aconteció hace mucho tiempo atrás.

Siendo yo niña perdí a padre y madre, arrebatados ambos de la vida como consecuencia de los bulbos y pestes que acontecieron en mí ya lejana tierra. Fue entonces que un hombre, un marinero de corazón inalcanzable, fue piadoso para conmigo. Era amigo de mi fallecido padre y, como si de una vieja cuenta tuviera que hacer frente y saldar su deuda, consintió que viajara en su navío. Vistióme con ropas de muchacho y ató mi cabello. Nadie en aquella embarcación dudó en tratarme como un huérfano más al que mandar trabajos de servidumbre. Durante una larga travesía limpié tanto cocinas como letrinas.

La vida en alta mar no es como la imaginé de niña. Tanto entonces como ahora mi vida sucedía en las costas de la mar. Veía a hombres fuertes y rudos embarcarse en enormes navíos para viajar a lugares que no creí jamás llegar a conocer. Sin embargo, durante aquella travesía descubrí el frío y húmedo océano. Ninguna luz era autorizada por un obsesivo temor al fuego, era un mundo de oscuridad anclado en alta mar. Solo la claridad que penetraba débilmente en las cubiertas daba una pizca de calor y portaban algo de luminosidad; pero si el tiempo no acompañaba las portas quedaban selladas convirtiendo los entrepuentes en tenebrosas y lúgubres estancias. Aquellas alcobas, si así pudiese llamarlas, se encontraban siempre abarrotadas de marineros sucios y confinados, era un lugar nauseabundo que jamás quisiera volver a recordar. La suerte o la desgracia hizo que mi cuerpo comenzara a cambiar haciendo de mi feminidad una evidencia tal, que hasta el más escéptico de los marineros votó por abandonarme en el puerto más cercano. De poco sirvieron mis ruegos a quien un día fue mi salvador. “Una mujer trae mala suerte en el mar”, decían.

Llegados al puerto de una de las ciudades más influyentes del mediterráneo hispano donde debían atracar para comercializar con telas y otras mercaderías, aquel hombre que un día se apiadó de mi alma repitió su galantería. De sus dineros pagó ropas a una anciana mujer que las telas trabajaba y dejó que desvistiera de muchacho para volver a ser una pequeña dama, o ello creí yo muy equivocada. Ya no era pequeña y pronto dejaría de ser dama. Tras vestir aquellas prendas de la que iba a ser mi condición, comprobé que los hombres ya no apartaban su mirada. La mantenían mientras yo permanecía con la cabeza gacha.

Así, el marinero me llevó de su lado mientras recorría calles, callejones y otras vías hasta llegar a una gran muralla que en medio de la ciudad se alzaba. En ella había un portal de gruesa madera, abierta donde nada impedía su entrada. Al pasar el umbral pude ver como si de otra ciudad se tratara. Un hombre salió a nuestro paso preguntando quien se adentraba en aquella ciudadela mientras me miraba con tez serena y expresión extraña helando todo mi ser. Tras apenas unas palabras, el hombre que parecía custodiar el lugar nos dio acceso y señas que el marinero siguió con paso firme y mi premura detrás. Vi casas cubiertas de lindos colores que sus ventanas y entradas adornaban con flores y plantas. Algunas mujeres hablaban en sus portales vestidas con vistosos trajes de sedas y pocos hombres salían de ellos, algunos galantes otros menos.

Al fin llegamos al destino, un hombre de cierta condición recibió con halagos al marinero. Ambos consideraron que esperara fuera, sentándome así en un banco de madera que custodiaba aquella casa. Por la ventana vi a ambos tomar vinos y otras viandas mientras reían y señalaban allá donde yo me encontraba. Pronto descubrí lo que me ampararía en un próximo futuro. Sendos salieron a mi encuentro, el marinero de mí se despidió y jamás supe de su ventura; mientras, el hostaler, con dulces señas, me invitó a que lo acompañara. No fue que sin recelo fuera, mas no tenía otra disyuntiva. Sola y desamparada. Tras aquel hombre fui y aproveché para seguir observando el que sería mi nuevo hogar. Me llevó ante una de esas casas bajas donde dos mujeres charlaban de manera animada. Ambas, al ver al hostaler, se levantaron con cierta vehemencia. Éste brindó a una de ellas que marchara mientras me entregaba a la otra para que de mí fuera custodia.

Recuerdo aquel primer día en una casa extraña donde una mujer de pecho voluminoso y anchas caderas me sonreía de forma maternal. Dejó que pasara la primera noche junto a ella, sin apenas mediar palabra sentí su brazo rodear mis hombros cuando las lágrimas brotaron de mis ojos en la noche, aun cuando creía que ella dormía. Siseó algo en una lengua extraña para mí e intuí que me tranquilizaba a su manera y así terminé rendida en un profundo sueño.

El amanecer llegó a pesar de mi negativa por verlo. Desperté sola en el lecho pues la mujer de instinto maternal se encontraba ya calentando leche y tostando pan para que ambas pudiéramos desayunar.

—Bon día! —saludó con la misma sonrisa del día anterior. Mi rostro debió anunciar por mí que no entendía aquella lengua, por lo que la mujer repitió ya en castellano—. ¡Buenos días!

—¡Buenos días! —contesté.

—Ayer, don Jaume, no nos presentó. Mi nombre es Marieta, pero todos aquí me llaman Mare[1]. —Sonrió. — Supongo que por el tiempo que llevo aquí. El resto de Mulleres[2], vinieron más tarde o se fueron antes. Y tú, querida, ¿cómo te llamas?

Mare sirvió el desayuno en la mesa mientras intentaba que yo fuera capaz de pronunciar alguna palabra. No debía sorprenderle mi actitud, pues se mostraba paciente y amable a pesar de mis incesantes silencios. Aun no comprendía que se esperaba de mi persona, ni por qué en aquel lugar apartado de la ciudad, donde solo mujeres de desconocida ocupación vivían, había sido abandonada una vez más.

Unos golpes se oyeron desde la puerta, suaves en un principio, más bruscos al acabar. La dueña del hogar corrió a abrir la losa para dar entrada a quien llamaban don Jaume. No parecía encrespado como podía darse a entender tras los golpes, no obstante, la muller se apartó con premura para darle paso. El hombre quedó mirando hacia donde me encontraba con rostro lleno de incertidumbre. Se le veía altivo en mi presencia, pero como cordero ante mi anfitriona a quien sonreía de manera desmesurada y hablaba con susurros roncos, como un animal que, por extraña razón, desease ser devorado por su cazador. Tras la breve conversación, de la que poco o nada pude escuchar, la dama del hogar me invitó a dar paseos por el barrio y descubrir las calles que serían mi nuevo arrabal.

Salí en silencio, como había acostumbrado ya, mientras escuchaba las risas y gruñidos que dejaba atrás. Aun no comprendía esa relación que une a hombres y mujeres en lujurias y amores prohibidos, pero el tiempo corría pronto en su favor y haría que descubriera ciertos placeres en ocasiones y, en otras, mi tortura.

No pasaron más que unos días, apenas llegó a la decena, donde veía entradas y salidas de hombres que visitaban a las mujeres que habitaban aquel extraño lugar, cuando comprendí de sus servicios. Ya mantenía breves conversaciones con Mare y ésta había explicado que, hasta cierto punto, eran mujeres libres que por acontecimientos de la vida habían decidido huir hasta llegar adonde se encontraban hoy. Que no debía temer por los hombres que buscaran de mi compañía pues pocos serían aquellos que no fueran de buena cuna, que si fuera astuta comprendería como conseguir favores como lo había hecho ella.

Descubrí que Mare, era la única mujer hostelera del lugar. Que todos en aquel sitio respetaban, confiaban y atendían sin reproches ni otros males.

Así llegó una tarde en la que, tras ir a por recados ordenados por mi protectora, encontré una inesperada visita en mi regreso. Allí, en la tosca mesa de madera, se hallaban dos hombres, padre e hijo al parecer. El joven no parecía mayor que yo misma, estaba cabizbajo y con la mirada perdida, hasta que escuchó a Mare llamarme y obligarme a unirme a la charla. Aquellos ojos se posaron en los míos inundándome con su calor, eran castaños, profundos y mostraban cierto temor, el mismo que con toda probabilidad mostrarían los míos. Ninguno dimos cuenta del asentimiento que mostraban hostelera y padre, quienes debieron pactar un precio antes de marchar.

Esa misma tarde, Mare me trajo ropas nuevas, más suaves y que detonaban cierta provocación a la que aún no estaba acostumbrada. Soltó mi pelo y me mostró ante un gran espejo que guardaba en su alcoba. La seda caía suave mostrando las curvas que no creía poseer. Una sugerente cadera que dejaba atrás mi fina cintura y hacía de mi escote aún más incitante si cabía. Quemó el vello que cubría mis piernas para perfumar mi cuerpo después con aromas traídos de lugares lejanos que ciertos hombres le habían regalado por su buen servicio, y terminó su quehacer con un toque floral en mi cabello. No calzó mis pies ni cubrió mi intimidad bajo las ropas. Me miró como solía hacer, con su gesto maternal y su tierna mirada.

—Hoy, mi niña, te harás mujer. —Breves palabras que afianzaron aún más si cabe mi azoramiento ante lo venidero.

No tardó en llegar la visita que tanta alegría aportaba a Mare. Un par de suaves golpes en la entrada dieron el aviso y Mare no tardó instante alguno en darles entrada a quienes recién habían de solicitarla. Escuché desde mi adornada alcoba, llena de flores que embriagaban con su aroma la estancia. Si no fuera por lo que tanto temor me ansiaba, hubiera disfrutado aun más de aquellas galas.

Escuché sus voces, el hombre que acompañó al joven muchacho la última vez y otra voz más suave, aunque también masculina. Fue escaso el tiempo que tardaron en escucharse los pasos que ascendían hasta donde me hallaba. Recordé entonces lo que Mare me había aconsejado tan solo unos momentos antes y me senté en mi lecho, con piernas cruzadas que dejaban ver más allá de los tobillos desnudos y me recosté con las palmas de las manos apoyadas sobre la suave tela que cubría el catre.

Miré hacia el umbral de la puerta a tiempo de ver como Mare daba paso al joven de la mañana. Sentí sus ojos escudriñando mi rostro para después recorrer mi cuerpo con sumo descaro. La vergüenza del último encuentro en el que nuestras miradas se cruzaron por primera vez había desaparecido. En su lugar, una mezcla de deseo y capricho invadió su rostro. Aquella expresión hizo que cambiara mi postura provocadora y desenfadada para levantarme y huir instintivamente hacia la pequeña ventana que iluminaba, con cierta discreción, la estancia.

—No me temáis, os lo suplico —dijo el joven con una sonrisa encantadora—. Me llaman Rodrigo, ¿y a vos?

—Isabel. —Conseguí responder casi en susurros.

Rodrigo se acercó para tenderme su mano, por alguna razón decidí confiar y con un suave tirón consiguió acercarme a él, y sus ojos lograron apoderarse de los míos.

—Sé que soy el primero que se deleitará de tu esencia. Mi padre ha dado buena suma por ella. —Esperó, quizás para asegurarse de que le prestaba mi atención—. No debéis temerme, no sois la primera para mí —No comprendí hasta muchas jornadas después por qué suavizó su postura mientras hablaba—. No mal interpretéis mis palabras, ninguna es como sois vos. Son damas de alta cuna y con doble semblante. Doncellas, muchachas que no poseen ni la decencia ni el valor de hacer de su lujuria vuestra profesión.

Aún no había soltado mi mano y así aprovechó para llevarme hasta el lecho donde junto a mí se sentó. No apartó su mirada de la mía en ningún momento, ni su mano soltó de la mía. Se acercó con prudencia, observando mi reacción temblorosa. Sonrió con la misma dulzura y sus labios pronto se encontraron con los míos. Dejé que Rodrigo dirigiera cada paso y caricia. Su tacto era cálido e iba recorriendo la línea de mis ropas hasta descubrir el punto exacto que las desanudaba. No dejó de besarme mientras la seda caía dejando mi cuerpo desprotegido. Fue entonces cuando apartó labios y mirada para pedirme que me alzara ante él. Con cierto temor obedecí. Noté mis ropas desprenderse de mi cuerpo y observé con timidez su rostro, quería saber si lo que él veía era de su agrado.

—Eres muy bella, Isabel —susurró mientras volvía a atraparme en su abrazo.

Una reacción que no sabría explicar me empujó a ayudarle a quitarse sus ropas. Su piel era tersa y morena, cálida. Rodrigo volvió a besar mis labios, un ardor repentino recorrió todo mi cuerpo haciendo que temblara aún más. Mientras me dejaba caer, amparada por los brazos de aquel joven que con cierta destreza se colocó sobre mí. Sus caricias y besos continuaron recorriendo cada poro de mi tembloroso cuerpo hasta llegar a mi intimidad. Entre el placer y la angustia me encontraba cuando sentí acceder su dura masculinidad en mí.

Tras aquel primer encuentro, Rodrigo vino a verme en reiteradas ocasiones. Durante aquellas visitas, el tiempo corría en mayor medida. No solo esperaba de mí una relación de intimidad, también compartíamos charlas y recuerdos de tiempos pasados. Sin apenas darnos cuenta, nos encontrábamos sentados en el lecho, apoyada en su regazo mientras él acariciaba mi piel desnuda y nos sumergíamos en animadas conversaciones. Él contaba hazañas de empresas vividas, mientras preguntaba por mi niñez y las desventuras que me habían llevado a él. Rodrigo parecía desconcertado e intrigado a la par, más cuando supo de lo vivido en alta mar.

Poco a poco, esos encuentros se convirtieron en algo más. Mi corazón albergaba la ilusión de verlo cada vez en mayores ocasiones y, de sobra sé que él sentía el mismo pesar. El infortunio de la vida hizo que me quedara encinta y, aunque ambos nos encontramos en un estado de júbilo y creímos que sería un Don de nuestro Señor, lo cierto fue que nadie más lo compartió.

Rodrigo dejó de visitarme, nunca más supe de su proceder. En su lugar, un padre enojado esperó a que el milagro se obrase y me arrebató al niño de nuestro amor. Quedé en una profunda oscuridad, pero juré que volvería a encontrarle. Aquel niño era mi prueba de pasión y mi razón de vivir.

Dejé que otros hombres yacieran conmigo, aprendí a darles aquello que buscaban hasta que solo los más poderosos podían pagar mis servicios. Pronto, Mare comenzó a encomendar en mi persona sus quehaceres hasta que pude comprar mi propio hogar dentro del burdel. Me convertí en la muller más poderosa de aquel lugar. Hombres y mujeres venían a mí en busca de favores y trabajos. Conseguí un poder que ni los dineros pueden dar, conocía sus secretos. Los secretos de los hombres más poderosos de la ciudadela y de tierras lejanas.

Así descubrí donde os halláis, hijo mío. Y hoy, en mi lecho, donde la vida se me escapa, os escribo esta misiva y, junto a ella, os mando cuantos dineros puedo poseer. Sé que vuestro vivir tras los muros del monasterio está siendo fructífera, que aprendéis de lecturas y escrituras, pero siendo hijo de quién sois jamás prosperareis en su orden. Por ello, en la presente, os revelo el apellido de la sangre que os recorre y mando estos dineros. El sello que adjunto a esta epístola porta el emblema de vuestro predecesor.

Perdonadme, hijo mío. Siempre os llevé en el corazón.

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