¿Dónde estás, Rodrigo?

El amanecer despertaba con un sol resplandeciente que ya aventuraba las altas temperaturas que se sufrirían, una jornada más, en el pequeño pueblo de Sotiel, allá por tierras onubenses. Donde los ríos se visten de rojo cobre y los hombres se internan en minas en busca de elementos del mismo nombre.

Era aun temprano cuando, Sebastián, un muchacho de apenas alcanzados los ocho años se levantaba con sigilo para no despertar a sus dos hermanos quienes, de edades más tiernas, permanecían sumidos en sueños. Solía esperar con ilusión en la madrugada a que sus padres dieran comienzo a la mañana, un nuevo día que afrontar. Ayudaba a su madre a preparar la mesa, un vaso de leche calentada en la lumbre y un chusco de pan que tostaba al fuego para calmar los estómagos de aquellos que aun estaban creciendo y de quien pronto iría a la mina a bregar. Una vez satisfechos los hombres del hogar, Sebastián gustaba de acompañar a su padre hasta la ermita que llamaban Virgen de España. En ella, predicaba entonces un cura de buena voluntad e intenciones que gustaba de charlar y ayudar a quienes sus puertas llamaran. Así fue que el muchacho, quien pronto sería tomador de comunión, había entablado amistad con quien él llamaba, Padre.

—Buenos días, Jose María —saludó el Padre Miguel.

—Buenos días tenga usted, Padre —contestó Jose María, padre de Sebastián—. Aquí le traigo al muchacho para las labores de la mañana.

—Es un buen chico, Jose María, debe estar orgulloso de él.

—Gracias, Padre. Me voy ya para la mina que los mandatarios no esperan ni avisan ni dan cuentas de quienes llegan tarde.

—Vaya usted con Dios.

—Igualmente.

Sebastián ingresó en el interior de la ermita junto al Padre Miguel quien le hacía entrega del cepillo para adecentar el templo de polvo y tierras que se hubieran colado con las brisas de la noche. En aquellos quehaceres se encontraba el muchacho cuando algo llamó de pronto su atención. Había pues entre las piedras que el suelo cubría, una abertura que antes no hubo o no creyó ver jamás. Golpeó con cautela con el palo del cepillo y, al sentir el hueco del vacío, se arrodilló con cierto pavor. Introdujo sus pequeñas manos por la rendija y tiró con energía hasta sentir que la losa cedía. Como si del diablo se tratara, echó la vista atrás en busca del Padre Miguel para que no le regañara, al no dar cuentas de él tiró con más fuerza esta vez. Consiguió, al fin, mover la piedra lo justo y preciso para descubrir en su interior un viejo pergamino. Intentó alcanzar el manuscrito, más aquel condenado se encontraba bastante alejado. Fue entonces que se tumbó por completo en el suelo, introdujo por la abertura el brazo entero y con las yemas de sus dedos consiguió al fin hacerse con aquel extraño objeto.

—¿Qué haces, muchacho? —preguntó asombrado el Padre Miguel al ver a Sebastián de aquella guisa en el suelo tirado, mas el asombro aumentó al ver lo que el niño extraía de aquel suelo casi olvidado de la madre de Dios.

—¿Qué es eso, Sebastián? —preguntó el Padre Miguel al ver el antiguo y deteriorado papel que el muchacho había conseguido extraer del suelo de la ermita.

—No sé, padre. Parece un antiguo escrito, es como de esos que usted tiene en su colección de libros viejos —contestó el chico.

—Misales, ¡animal! —corrigió Miguel al muchacho propinándole un suave capón en la coronilla—. Anda, déjamelo ver.

Sebastián le entregó el curioso objeto a quien regentaba aquella ermita, quien lo observó con verdadero asombro y estupefacción a la par que lo recibía como si del propio cuerpo de cristo se tratara. Miguel le hizo una señal al muchacho para que lo siguiera hasta el propio altar, donde desplegó con sumo cuidado aquella maravilla histórica. Aquel clérigo, de costumbres humilde y grandes conocimientos, dio fe de aquellas palabras escritas en el pasado y que hablaban y daban razón a lo que otro muchacho en el campo encontró por casualidad.

Una misiva que convertía una leyenda en realidad. Se quitó las lentes el viejo cura para limpiar sus ojos, esclarecer su mirada con el temor de que aquello que sostenía fuera a desaparecer. Limpió sus viejos anteojos también y los regresó al lugar que les compete para con máxima atención leer:

“Andados siete años del reynado del rey Rodrigo, que fue en la era de setecientos e cinquenta e siete años, quando andaua el año de la Encarnación del Señor de setecientos e cinquenta e diez e nueue años, que es aquesta storia scrita con tintas de sangre, e que narra no otra sino la storia de quien al amparo de tierras santas aguarda ya sin uida. Es que, tras la batalla, que pocos omes e uarias bestias corrieron acia el puente que llaman de tiempos pasados e que las aguas de colores cobrizos traspasa. Cavalgava, pues, nuestro rey herido de grauedad con intenciones de recobrar fuerzas que pudieran luchar en otras guerras que al norte se batallaban e que de su destreza fueran a necesitar, pues de todos, omes e mulleres, eran sabidas maestrías y habilidad del rey para con aceros e otras armas. Valeroso, osado e audaz; bravo e intrépido por demás.

Mas hubo en la batalla aquellos omes uenidos de otras tierras, de aquellas más allá de mares e aguas que solo otros de igual osadía pudieran considerar de cruzar. Eran acérrimos guerreros, con ropas xamas vistas ni conocidas por aquellos que luchámos. Mas sí hubo algo que no pudo más que marauillar a quienes en aquella contienda sufrimos, su bravura e gran habilidad para con las armas que portaban, aceros extraños y curvos, de afilada hoja que manejaban con la soltura de un soldado bien entrenado.

No habrá ome en aquestas tierras que en duda ponga la bravura e heroicidad de nuestras huestes, que sin temor a la muerte lucharon con fervor. Mas la fortuna no quiso abrazarnos e dexó caer a hijos de un Dios que escribió los designios para acercar sus almas a la saluación. Así, ordenó el rey cavalgar hacia tierras del norte con aquellos que la uida aun no les había sido arrebatada. Mas llegados a este templo por nuestro señor protegido, que el último suspiro de nuestro rey Rodrigo, se escapó por siempre. Es por ello que escribo aquestas palabras, donde dexar la constancia de que el cuerpo que las sostiene no es otro sino al que hacen llamar don Rodrigo”

*La carta no es real, es completamente ficticia y, a pesar de que en aquellos tiempos estaría escrita en latín, lo cierto es que he querido hacer un guiño a quienes años después, pocos años después, tradujeran estos escritos, imitando así, el léxico empleado en tiempos del medievo.


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EL PACTO DE TEODOMIRO

Se hallaba, madre, trabajando en negocios de familia, donde el barro era, pues, el gran protagonista. Me encantaba de observar aquellas manos trabajar, a pesar de la crudeza del barro, de cortes y moratones, la agilidad en el movimiento hacían del tacto una suavidad tal, que tanto tinajas como útiles de guardar, parecían destacar de entre los más logrados artesanos.

Mientras, tras las murallas y fronteras de la tierra que nos protegiera, los hombres andaban con luchas y batallas contra quienes de más allá del mar vinieran a reclamar nuestros campos y viviendas. Eran hombres de aspecto singular, con ropas y bestias que no se hubieran visto jamás. Decían que habían venido cientos, miles, incluso más; que habían tantos que nobles cercanos habían perecido y entregado cuanto pudieran dar.

Fue así, que en la mañana de una jornada que comenzaba a despertar, el Señor de aquestas tierras no pudo más que reclamar a ancianos y mujeres que poder armar. La confusión estaba creada, el temor no hacía más que aumentar. ¿Qué pretensión y gloria podría haber en llevar a la lucha a quienes poco o nada pueden hacer? Mas las habladurías andaban erradas, no buscaba aquel Señor ninguna batalla.

Mandó a mujeres y ancianos vestir con ropas de hombres, atar sus cabellos y, a algunas, tapar su rostro con ellos. Que formaran línea de batalla en la colina que el pueblo salvaguardaba y que mantuvieran la posición hasta que él mismo la quebrantara. Armó a quienes allí estaban con cañas y palos, ante asombro de quienes aguardaban y, en silencio, acataban la orden de quien creían ya preso de locuras.

Así, don Teodomiro, bajó al llano montado en su corcel y con un tratado entre las manos. Cabalgó hasta líneas enemigas, solo, sin aliados. Mientras, los pocos del pueblo que aun quedaban en vida, se mantenían erguidos, expectantes, ante tal extraña situación. El sol avanzaba, al igual que el tiempo, y don Teodomiro seguía en el llano, solo, con el enemigo a tan solo dos pasos.

Vieron, entonces, el pueblo regresar a su Señor. Abrieron las puertas y, según anunciaba aquel acaudalado hombre, ¡estaban salvados! Las guerras, habían terminado y sus gentes habían ganado.

¿Qué había sucedido? Pregunté así a madre cuya sonrisa aparecía entre la timidez que la caracteriza.

-Mi niña, al parecer, don Teodomiro, ha hecho creer a aquellos que nuestras tierras amenazan, que estamos cubiertos y protegidos por un ejército de hombres armados; mas ellos no saben, que el ejército que temen, no somos más que mujeres y ancianos que con cañas y barro tenemos entre las manos.

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EL ÚLTIMO HOMBRE LOBO

Corría entonces el año de nuestro señor de 1852 y en las cercanías de la histórica ciudad de Toledo resultaba preso el último hombre lobo conocido en las Españas y aquesta no es otra que su historia.

“Fui nacido en las norteñas tierras de Ourense, hace cuarenta y dos años ha, que tal acontecimiento sucedió, mas no fue hasta que cumpliera la veintena que aquello que temiera se hiciera realidad. Fue una de esas noches en las que la luna completa su forma y se deja ver en su mayor esplendor que una llamada animal cobró forma humana. Aquellos aullidos que los hombres no entienden fueron, al fin, percibidos como el reclamo que eran. El temor y la zozobra cobraron fuerza en mi intelecto que se debatía por escapar.

Sucedió así, que la tortura hizo acto de presencia consumiéndome en un dolor tan intenso que caí desfallecido contra mi propia voluntad. Desperté en la mañana, sin ropas, sin recuerdo alguno que pudiera esclarecer cuales infortunios realizara en la noche. Solo tierra y sangre cubrían mi torso. Escuché las corrientes que el rio porta en sus aguas y limpié mi horror y vergüenza en ellas con la esperanza de purgar y purificar mi alma, si es que aquello fuera posible. Busqué con extrema celeridad las sendas que me guiaran hasta el hogar con claras intenciones de ser inadvertido por las gentes del pueblo. Fue, entonces, que escuché las voces que corrían como la pólvora hablando de la desdicha sufrida por madre e hijo que aventuraron de entrar en los bosques, pues ambos habían sido muertos por una bestia a la que llamaban lobos.


No hablé con familias, ni amigos, ni hombres de tabernas de aquella desventura sufrida en la noche de luna llena. Mas, cuando los días pasaron, en la víspera de la siguiente etapa que sufrí la visita de mi querida madre, quien para mi sorpresa despejó cuantas dudas portaba durante aquellas más de veintiocho jornadas. Invitióme a regresar al hogar materno con la promesa de correr ambos en la noche con la piel de la bestia. Intentó trocar y apaciguar aquello que en realidad era, mas no obtuvo el triunfo que albergaba. Con el pesar de aquella que deja marchar a quien más ama con el temor de ver partir al diablo, cedió en el empeño de mi marcha.

Por ello hoy confieso. Por esta que es mi maldición, he traído una vida errante y criminal, acometiendo en asesinatos y alimentándome con las carnes de quienes caían muertos. Era en ocasiones que viajaba en soledad, mas era en otras que, dos camaradas venidos de la capital levantina, compartían con quien suscribe, correrías. Éramos, pues, convertidos los tres en lobos, desnudábamos las ropas y, después, acometíamos y devorábamos a cualquier hasta que solo quedaran huesos”.

Fue por esto que llaman testimonio que las justicias pidieron la muerte del hombre lobo, mas jamás llegó dicha condena por orden de la que entonces era monarca, Isabel II.

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