LA SILLA DEL DIABLO

Hola amigos y amigas, por fin es miércoles y con él una nueva leyenda ocupará su correspondiente espacio en esta página y en todas mis redes sociales. En primer lugar, me he dado cuenta que algunos han creído por error, que estas leyendas son todas reales, que pertenecen al folclore español. Es una verdad a medias, las leyendas que narro son todas de propia invención, no obstante, sí tienen un gérmen real en la historia de los diversos parajes y municipios en los que se desarrollan.

LA VUELTA A ESPAÑA EN 80 LEYENDAS, es una sección en la que recorremos juntos todas y cada uno de las leyendas y grandes narraciones que acontecieron en tiempos remotos de nuestra historia. Una España repleta de grandes gestas, de mitos, de cuentos y pergaminos.

LEYENDA Nº12: LA SILLA DEL DIABLO

—Excelencia, le juro por nuestro Señor, que no miento —decía entre sollozos uno de los muchachos que, por las casualidades que solo Dios conoce, se encontraba en el momento exacto de ver correr aguas teñidas con el color de la sangre.

Mandados por las ordenes de tribunales castellanos, llegaron en la oscuridad de la noche quienes eran portadores de tal autoridad a la casa del que llamaban Andrés de Proaza. No era más que un joven venido de tierras portuguesas que quería a la anatomía encomendar su vida. Así fue como aterrizó en tierras vallisoletanas e ingresó en la que era Universidad de reputación entre estudiosos y entendidos. Quiso así ser testigo de la que entonces sería la primera cátedra de anatomía humana en la ciudad de Valladolid, siendo quien la impartiera hombre que pasara a la historia como don Alfonso Rodriguez de Guevara.

Entraron pues, por la fuerza, aquellos hombres de mandato para encontrar en los sótanos de una casa ya vieja al joven Andrés manchado con la sangre de un pobre infante cuya vida se escapaba en aquel mismo instante. El horror de lo que vieron fue suficiente para darle castigo al estudiante portugués, quien había practicado en la oscuridad autopsias en vida a animales y, por terrible desgracia, al muchacho desaparecido con anterioridad.

Por supuesto, en juicio inminente, fue castigado el portugués a en la hoguera encontrar la muerte. Mas antes de tal severo castigo, fue sometido a interrogación donde sin la mayor muestra de arrepentimiento por el pecado cometido, confesó tener contacto con quien jamás debiera sucumbir ningún ser humano.

—Jamás verán a nadie que supere mi conocimiento y poder —dijo el joven sin temor a quienes con severidad preguntaban por el crimen que acababa de cometer—. Hay, encerrada en aquel rincón —dijo señalando una puerta roída de madera al fondo de la habitación—, una silla enviada de las tinieblas por el mismísimo Diablo, quien en pacto de sangre maldijo mi cuerpo y mente. Mas no reniego de él, siendo quien me concedió el eterno poder del conocimiento más absoluto y, he ahí, las pruebas de cuanto he podido conocer.

Uno de los hombres de autoridad se acercó al lugar que nombraba Andrés de Proaza, abrió no sin temor la puerta de la que se habla y vio tras de sí un diminuto estudio donde una silla de fabricación reciente sobresalía del sucio, puerco y cochambroso cuarto repleto de bocetos y otros garabatos. No fue hasta que prestó especial atención a los escritos allí guardados que descubrió en ellos los más terribles, atroces y espantosos textos de nigromancia prohibida. Fue el hombre a tocar con sus manos el asiento cuyo artesanado jamás podría aquel joven haber pagado cuando éste le avisó.

—No osaría yo poner sus posaderas en ese sillón, mas si quiere mantenerse con vida.

—¿Qué queréis decir con esas palabrerías? —intentó el hombre decir con cierta autoridad que el temor le impedía.

—El pacto con el diablo fue el siguiente que les relato. Cualquiera que se siente en esa silla será juzgado. Si es aceptado será premiado con el mayor de los conocimientos, pero si, por el contrario, no lo es, aquel que se hubiera sentado morirá a los tres días contados.

Así fue como el joven fue juzgado y sentenciado a la hoguera, sus bienes fueron subastados, pero nadie osó pujar por ellos y fueron guardados en la universidad de la ciudad.

El tiempo pasó y las gentes olvidaron los juicios del pasado. Nuevos maestros y estudiantes se relevaban en aquella prestigiosa universidad. Entre viejos recuerdos, una silla impecable se mantenía erguida, a la espera de que otro joven osara posar en ella sus posaderas…

Varios siglos después encontraron el sillón atado boca abajo en el techo de la capilla de la Universidad.


Audiorelato a través de la plataforma ivoox: El sillón del diablo