TRAS LOS PASOS DE TOLETUM (III)

3 SITUACIÓN HISTÓRICA EN LA ESPAÑA DE 1841

Sé que os debo una entrada por el domingo pasado, pero las circunstancias, y que se trataba de un día señalado en el calendario, hicieron que se retrasara hasta hoy. En esta ocasión, no serán mis letras las que os acompañen en la lectura, sino las del historiador Jonatan Romero Perez, quien tuvo a bien escribir la contextualización histórica que acompaña a la novela. Creo que es un indispensable en cualquier obra que el lector comprenda y conozca las razones que llevan a los personajes, históricos o no, a realizar ciertas acciones. Del mismo modo, también creo que los lectores consiguen situarse mejor en el contexto cuando un tecnócrata en la materia expone de manera simple y adecuada los valores de una época en concreto.

CONTEXTUALIZACIÓN HISTÓRICA

El siglo XIX se inicia en España con una terrible guerra, cuyo efecto y consecuencias comienzan a resquebrajar las estructuras del Antiguo Régimen, dando paso a una nueva etapa caracterizada por el advenimiento y desarrollo del estado liberal. Este cambio, aparentemente revolucionario, será sin embargo el inicio de un camino lento, un sendero lleno de grandes contradicciones en los que la nueva organización sociopolítica convivirá con muchos elementos del régimen anterior y provocará un clima de conflicto social y político cuyas consecuencias se extenderán hasta bien entrado el siglo XX.

La España surgida de la Guerra de Independencia (1808-1814) es la de un país conmocionado, dividido y convulso. La guerra ha provocado una elevadísima mortandad en una sociedad preindustrial, la destrucción del tejido productivo, de infraestructuras, así como la desarticulación de la organización política y hacendística. Franceses e ingleses han combatido en su territorio sin cuartel dejando el país en unas condiciones miserables. Pero no solo ha sido una guerra contra una ocupación extranjera. Ha sido también una guerra civil, en la que absolutistas, moderados, liberales, afrancesados, han ido tomando posiciones y formando bandos que condicionarán la política española en las siguientes décadas.

El liderazgo de Fernando VII, rey de iure desde 1808, no ayuda a mejorar la situación. Ferviente defensor del absolutismo real, pero poco dotado para los asuntos de gobierno en un país arruinado y necesitado de dirección, ha de hacer frente la doble amenaza del creciente movimiento liberal y a las insurrecciones en los virreinatos americanos, que aprovechan su debilidad para iniciar el proceso irreversible hacia su independencia.

Los recursos son insuficientes para atajar la rebelión y, finalmente, el imperio americano se verá reducido a las posesiones antillanas, que se mantendrán hasta la guerra de cuba. Más suerte tuvo en su política interna en la que, con el apoyo de las potencias europeas extranjeras, pudo mantener el control a pesar de la oposición liberal y su breve triunfo durante el Trienio liberal (1820-1823).

Sus últimos años de reinado, aunque aparentemente fuertes, verán crecer las expectativas de los sectores más moderados del liberalismo. La necesidad de frenar la oposición y apuntalar a su sucesora frente a las aspiraciones del sector más conservador del absolutismo agrupado en torno a su hermano Carlos María Isidro, tejerán una alianza entre moderados de ambas tendencias, que serán el apoyo más firme de la regente María Cristina tras el fallecimiento del rey en 1833.

Una nueva guerra civil amenazaba España. El pretendiente Carlos se proclama rey y levanta gran parte del país contra el gobierno de su sobrina Isabel y de la regencia. La guerra, aunque localizada especialmente en ciertas regiones del norte, Mediterráneo y la Meseta norte, llega a amenazar la estabilidad del gobierno que, finalmente se ve obligado a ir más allá en las concesiones a los liberales y dotar a España de una Estatuto Real (1834) primero y, finalmente, de una segunda Constitución (1837).

La guerra supuso un gran esfuerzo. La hacienda real fue reorganizada y los recursos aumentados. La desamortización desmanteló rápidamente gran parte de las estructuras feudales existentes en el campo, pero empeoró paradójicamente la situación del campesinado, que perdieron sus derechos de explotación seculares, frente a los nuevos grandes terratenientes capitalistas, pasando en gran parte a la situación de jornaleros.

La burguesía, por su parte, floreció en las ciudades, sustituyendo y emparentando con la antigua nobleza terrateniente. Aparecieron grandes fortunas que comenzaron a dirigir los destinos del país, aunque el despegue industrial todavía fue lento e incompleto ya que en muchos casos se invirtió en tierras y grandes explotaciones agrícolas.

La guerra, aunque perdura en determinados territorios, termina de facto con el convenio de Vergara (1839), protagonizado por el general cristino Espartero y el general carlista Maroto. Espartero, encumbrado tras el conflicto, comienza a rivalizar con la regente en el poder dando finalmente un golpe de estado en 1840 sustituyéndola y provocando su exilio. Carlistas y partidarios de María Cristina, así como opositores al nuevo regente, han de optar, en muchos casos, por el exilio esperando un cambio de rumbo en la península. La madre de Isabel no cesó nunca en su empeño de recuperar una regencia que consideraba le correspondía por derecho y sus agentes en España conspiraron para tratar de contrarrestar el poder de Espartero aprovechando su tendencia a crearse enemigos internos.

Pero para la mayoría de los españoles, estas peleas escapaban a su comprensión y a sus problemas diarios, ya que, exceptuando la minoría dirigente e ilustrada, la mayor parte del país seguía viviendo en condiciones muy precarias. No obstante, las ciudades poco a poco crecían, y la burguesía urbana comenzaba a desplegar su poder como nueva oligarquía dominante, mostrando su riqueza e influencia en sus casas, en la vestimenta, en sus costumbres y hábitos, en sus reuniones sociales. Teatros, cafés y clubs políticos mostraban el pulso de nuevo tipo de sociedad, cada vez más alejada del Antiguo Régimen y cercana a las nuevas modas de la época industrial.

Toledo, ciudad imperial, antigua capital visigoda y urbe medieval, no vivía su mejor época. Como otras grandes ciudades medievales de la meseta castellana, su importancia había caído frente a las nuevas áreas industriales del Norte y el Mediterráneo y, sobre todo, frente al crecimiento de Madrid. Pero su pasado seguía vivo, y ese estancamiento permitió que gran parte de su patrimonio no desapareciera bajo los nuevos tiempos. De esta manera, la ciudad museo que contemplaron los personajes de esta novela sigue en gran parte en pie, y puede ser visitada y recorrida casi en la misma atmósfera que en aquellos románticos años cuarenta del siglo XIX.


TOLETUM

En una España herida de mediados del siglo XIX, una reliquia legendaria escondida en las misteriosas calles de Toledo será el detonante que enfrentará a nobles, regios y antiguas sociedades secretas, que no cederán ante nada ni nadie con tal de hacerse con el preciado tesoro.


El futuro de España está en juego.
El final de una estirpe se acerca.
Solo uno conseguirá la reliquia

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