¡Vuelta al cole! y una vida de color rosa

El día ha comenzado con cierta acumulación de sentimientos encontrados pues, por un lado, los niños comienzan ya a ir a la escuela y cierto vacío se cierne a mi alrededor. El mayor, Arturo, comienza ya tercero de primaria y, tan solo con ver los materiales que le piden para ir a clase, una ya se da cuenta de que se va haciendo mayor. Ya no hay lápices de colores de esos que se guardaban en aquellas cajas ya emblemáticas donde un ciervo observaba atento en la ladera de la montaña tras un letrero que rezaba: Alpino. Ya no hay hojas de colores, ni ceras. Todo ha cambiado y el compás, el cartabón y la calculadora serán de hoy en adelante sus compañeros. Por otra parte, la pequeña, tan solo dos años y medio, comienza en un lugar totalmente nuevo. Sé que lloraré yo más que ella, por suerte es una niña a la que jugar con otros pequeños le da la vida.

Al abrir la cafetería, el olor a libros y café me ha embriagado. Con los ojos cerrados he permanecido en la puerta disfrutando de ese bendito instante en el que solo yo, los libros y el café somos uno.

-Buenos días, Mireia.

La voz de Raúl, el repartidor de café, me sorprende. Es martes, día en el que los proveedores hacen su ruta para ofrecer a los clientes cuanto hubieran pedido.

-Buenos días, Raúl. ¿Qué me traes hoy?

-Cuatro de cada. ¿Te los entro?

-Sí, por favor.

El sonido de la persiana ha recorrido gran parte del lugar haciendo que pájaros y palomas alcen el vuelo. “Un día de éstos algún vecino me manda a gambar, verás”, pienso. Abro la puerta y le cedo el paso a Raúl. Entro tras él y enciendo las luces, no todas, solo las necesarias para no matarme entre las mesas y sillas del salón. La rutina siempre es la misma: encender los molinos de café, los hornos y la cafetera. Después, pasar la mopa por todo el salón, comprobar los centros de las mesas, encender los farolillos dispuestos en lugares estratégicos y pasar el plumero por las estanterías donde se encuentran mis preciados tesoros: los libros.

-¡Buenos días, cariño! -Mi madre acaba de llegar. Ella se encarga de la maravillosa repostería que servimos en el café.

-Buenos días, mamá. Hoy has llegado pronto.

-La suerte me ha acompañado y no ha habido nada de tráfico y, además, he aparcado en la puerta. -Sonríe y me saca la lengua mientras se pone el delantal blanco impoluto.

Le sonrío y, de pronto, recuerdo los años en los que toda mi familia trabajaba en el emblemático Mercado Central de Valencia. Casi no había vida fuera de él, pero en el Mercado la vida me parecía maravillosa. Era como una gran familia donde todos cuidaban de todos, la unión de los vendedores hacía que lo antiguo se convirtiera en clásico, en lugar indispensable de visita para los turistas e inexcusable lugar donde los mejores restaurantes de la provincia se abastecían. Los sábados ayudaba a mis padres en la parada y recuerdo que mi madre me hacía llevar el delantal, limpio, planchado y almidonado, sujeto entre mis brazos sin que se doblara lo más mínimo. Ni una arruga debía portar en el momento de abrir la parada. “Hay costumbres que nunca cambian”, sonrio.

-Por cierto, he traído flores -dice mi madre tras la barra-. Me las ha dado Amparo.

-¿Ya ha abierto?

-No, acababa de llegar. Imagino que estará preparando los ramos y centros de mesa para hoy. ¿Te las pongo en la barra con un jarrón?

-Sí, porfa.

Hace un par de horas que la cafetería ha abierto sus puertas y el local rebosa vida. Algunos de los presentes se han convertido en asiduos clientes, de entre ellos, una mujer de cierta edad que cada día se sienta en el mismo lugar, elije el mismo libro, un clásico de la literatura universal “Orgullo y prejuicio”, y toma el mismo desayuno: café con leche y una tostada con aceite. Nada más. Es una mujer agradable y solitaria. A veces, imagino que es la propia Jane Austin reencarnada que ha elegido este lugar para escribir su próxima obra.

En otro rincón, no muy alejado de ella, un hombre de excelente apariencia, se nota que se cuida a pesar de la edad. Un señor de los pies a la cabeza que gusta vestir siempre con traje y corbata, sombrero y bastón. Lleva tan solo un par de días viniendo al “Coffe and books” y, curiosamente, también pide para desayunar un café con leche y una tostada con aceite. Sin embargo, a él parecen gustarle las obras un tanto más duras y, entre sus manos, una conocida obra de Gisbert Haefs ocupa toda su atención.

-¡Buenos días, señoritas!

La puerta de la cafetería se abre y deja pasar a una elegante, pero informal, Vanessa. El tiempo aun permite que una figura como la suya pueda vestirse con un precioso vestido veraniego color rojo, a juego con sus zapatos y sus labios.

-Madre mía, pero que bien te veo, Vane. -Me acerco a ella para darle un abrazo y dos besos falsos de esos que las mascarillas nos han obligado a dar-. Te ha sentado bien el verano por lo que veo.

-Bueno, como a todos supongo.

-Ve, siéntate y ahora te llevo lo de siempre y me siento contigo un poco para ponernos al día. ¿Te parece?

Vanessa se va hasta una de las mesas situadas al lado del gran ventanal que ilumina la cafetería. La verdad es, que ese es otro de mis rincones preferidos. El ventanal se divide en dos grandes hojas de cristal resguardadas bajo sendos arcos de medio punto. En su base, un poyete hace las veces de banco vestido con un mullido y esponjoso cojín para comodidad de los clientes. Justo ahí, tres mesas para cuatro comensales se disponen en línea, aunque solo dos de ellas pueden beneficiarse de los cómodos poyetes.

Pronto me siento frente a Vanessa. Ella, como siempre, toma un croissant y una infusión de té negro con chocolate. Mientras, yo me conformo con una botellita de agua para no subirme por las paredes con tanta cafeína en el cuerpo.

-¿Cómo estás? -pregunta primero Vanessa.

-Pues, si quieres que te sea sincera, estoy un poco angustiada con eso del primer día de cole de la pequeña. Ya sabes, Arturo cuenta con ocho años y sigue en esa faceta en la que ir al colegio es lo mejor que le pasa en la vida. Sin embargo, Alexia, no sé cómo se tomará el cambio de cole.

-Estate tranquila, quedan en buenas manos. Confía en la labor educativa del centro y comprende que los peques pasan por un proceso de adaptación que lleva su tiempo -responde la profesora que lleva dentro.

-Ya, el problema está en que a tí te conozco y sé cómo tratas a los pequeños.

-Su “seño” será igual, no te preocupes.

-Sí, bueno, cambiemos de tema y no le demos más vueltas o me agobiaré más todavía. Por cierto, ¿estás leyendo algo nuevo?

-Novedad no es, pero acabo de terminar un libro que se titula El último día de nuestros padres.

-No la conozco.

-Es una novela de Joel Dicker y te diré algo, aún siendo de género bélico, contiene más amor puro que cualquier novela del género romántico.

-Le echaré un ojillo a ver qué tal, ya sabes que la romántica y yo no nos terminamos de llevar bien. Aunque, reconozco, a veces me veo atrapada en alguna historia de rosas y velitas.

-La romántica me da la sensación de que está ya muy saturada.

-Puede ser, pero sigue siendo el género literario que más se vende.

-Cierto. A la gente le sigue enganchando, pero creo que siempre que incluya algo más -dice antes de darle un sorbo al té-, ya sabes: drama, histórica, misterio, valores…

-Desde luego de este tema sabes más que yo. ¿Cuántas novelas tienes ya en el mercado? -pregunto. La verdad es que ya he perdido la cuenta entre relatos y obras publicadas.

-Pues, sin contar las que están en el cajón y las que están siendo reeditadas, creo que ocho. De hecho, mi favorita, El luto de la novia, está ahora en reedición.

-Creo que esa también es mi favorita junto a El amor es una… Esa historia entre el ayer y el presente, esa ambientación y el protagonismo de los maquis con el tacto con el que lo haces, es una historia preciosa.

-Y eso que también tiene su romance -bromea y reímos.

-Bueno, qué, ¿hay novela nueva en el horizonte?

-Uf, pues me he animado a escribir después de un año de parón. Probé con la novela infantil, ¿recuerdas? -Asiento antes de que ella continue-, pero es algo de lo que por el momento no puedo decir más.

-Que mala persona.

-No, es que no me gusta contar las cosas, ya sabes, por si se gafa.

-Exagerada eres. Menos mal que eres mi amiga y te quiero.

Reímos.

-Bueno, también voy a reeditar dos novelas que tenía un poco aparcadas y, además, ahora estoy en plena campaña con En algún lugar, haciendo ferias y demás. Estoy muy satisfecha con la acogida que está teniedo, la verdad.

-Pues me alegro mucho, es una historia cortita y muy cómoda para leer y llevar en el bolso. -Termino de beberme el agua del botellín. Por desgracia no puedo alargar más mi descanso-. Bueno, Vane, me tengo que mover. Ojalá pudiera estar contigo más rato, pero bueno, nos vemos mañana.

-Por supuesto.

Me levanto y me llevo conmigo el botellín de agua ya vacío. A Vanessa aún le queda por tomarse el croissant y acabar el té. Me dirijo a la barra para atender a unos nuevos clientes que acaban de ingresar en el local y veo a Vanessa sacar su inseparable cuaderno y anotar algo en él. “Pronto habrá una nueva historia”, pienso antes de prestar atención a quienes acaban de llegar.

Puedo oler el aroma a croissant recién hecho…

Hace apenas un par de horas que he terminado de organizar cuantos pedidos he recibido a lo largo de la semana. Estoy nerviosa, pronto llegarán mis primeros clientes, si así las pudiese llamar. En realidad, son muchos más que eso, son amigas. No de esas que se crean en la infancia, no, sino de aquellas que aún sin conocerse en persona consiguen traspasar esa barrera de la amistad.

Observo a mi alrededor. Es justo lo que quería, al fín llegó ese momento esperado en el que puedo ver a lectores enfrascados en libros mientras toman un aromático café, o un té, rodeados de cientos y cientos de volúmenes que esperan pacientes en las estanterías a que llegue su turno. El sonido de varios molinos de café eléctricos rompen el silencio y, aunque no suponen una molestia para el lector, echo de menos aquellos de antaño donde los granos del café se molían a fuerza de brazo. Los recuerdo en casa de mi abuela, eran preciosos, tal y como el que hoy muestro tras la barra de la cafetería salvaguardado en altura y sobre un precioso estante de forja.

El sonido de las campanillas en la entrada me avisan que alguien ingresa en el local. Miro nerviosa a ver quién ese nuevo cliente que traspasa el umbral y descubro con ilusión que son ellas, mis amigas. Sonrío a pesar del temor que supone mostrarles este nuevo pedacito de mí que apenas comienza su andar. Están radiantes y alegres.

Salgo de detrás de la barra para ir a saludarlas y darles un efusivo abrazo. Hace mucho que no hablamos y que estén hoy aquí es todo un acontecimiento para mí.

-Oh la la! -bromea Sandra al ver el local.

-Bienvenidas, chicas. Os he preparado una mesa muy especial.

Sandra y Olga me siguen hasta el lugar reservado para ellas. Es una preciosa mesa de cristal templado y forja en colores crema y hueso que contrastan con la oscuridad del parquet. Las sillas, tan antiguas como la belle epoque, son tan dispares y distintas que consiguen romper con la monótona y uniforme decoración de la cafetería. Todas y cada una de ellas están tapizadas en colores malva, lima y celeste y decoradas con cojines de tonos similares.

-Esta es vuestra mesa -les digo a la par que me inclino para imitar una exagerada reverencia-. Tomad, chicas, os dejo el menú de la cafetería y vengo enseguida.

-Puedo oler el aroma a croissant recién hecho.

Escucho que Olga comenta antes de marcharme.

Olga y Sandra toman asiento y las veo observar la carta con detenimiento mientras mantienen una divertida conversación.

No tardo en regresar con una bandeja donde llevo una preciosa cafetera, una jarrita de leche y tres juegos con tazas, platitos y cucharitas.

-Creo que pediré mi ambrosía favorita: éclair de chocolate. Aunque en mi Madrid querido se llamaría Pepito. Es como masticar distintas historias según el lugar en el que me encuentre -comenta Sandra.

-¿Ya está filosófica de buena mañana? -bromeo con Olga.

-Sí, hija sí.

Reímos.

-Escuchadme, que es interesante. Ya veréis -dice Sandra entre risas-. Veréis el éclair francés nació dulce, lo hizo en el siglo XIX y en castellano “éclair” significa “relámpago”. No porque, como podría alguno barruntarse, dura en la boca lo mismo que un relámpago, sino porque a tal recuerda su brillo cuando recibe la cobertura de chocolate.

»El pepito español, sin embargo, no puso pie en el mundo del yantar bañado en azúcares. Muy al contrario, fiel a estos parajes nuestros y a su gente, que es “la mar de salá”, lo hizo con sabor a sal, pues su mordida, lejos de derramar chocolate, regalaba carne. Y, en gustándome arrimar el ascua a mi sardina y la pluma a mi Madrid, me permito añadir que el pepito es tan gato como quien estas líneas suscribe.

»El pepito de carne nació en el café Fornos, uno de los lugares de condumio y tertulia más famosos del Madrid decimonónico, situado entre las calles Alcalá y Peligros, muy frecuentado por los grandes literatos del momento como Azorín, Galdós o Pío Baroja, y cuyo plato estrella era el “bistec a lo Fornos”, un filete de solomillo a la parrilla cubierto con una loncha de jamón serrano, todo servido sobre una tosta de pan frito en mantequilla y, a modo de guarnición, un balón de patatas soufflé.

»Tamaña sabrosura (con la que intuyo al lector salivando) se avió merced al éxito de otra menos elaborada pero igual de apetitosa ideada por José Martínez Fornos, un zagalillo a quien todos llamaban Pepito y cuyas tardes transcurrían en el café Fornos, porque su tío era José Fornos, regente del lugar. En aquellos años la infantería de babi, cartera y cartilla merendaba un bocadillo de fiambre, y tal recibía Pepito a diario en el café Fornos. Un día de frío, al muchacho se le ocurrió pedir un bocadillo caliente y el cocinero, más tirando de ocasión que de atención, satisfizo el antojo metiendo un filete en el pan.

»Para sorpresa del cocinero, su escasa atención triunfó, porque el invento gustó tanto al niño que, a partir de entonces, solo aceptaba merendar pan y filete. En cuanto los clientes del café¸ acostumbrados todos a verle zascandileando cada tarde por allí, descubrieron el novedoso manjar en sus manos, empezaron a pedir “un bocadillo como el de Pepito”, petitoria que fueron abreviando hasta acabar pidiendo “un pepito”.

»Los años pasaron y, cuando las usanzas galas afrancesaron Madrid, el chocolate y la crema afrancesaron nuestro pepito y de sus tripas se adueñaron. Entre marsellesa y chotis, regreso a mi desayuno en un café francés. Sin embargo, tras este deleitoso viaje en el tiempo, dudo si permanecer en el café soñando con mi éclair de chocolate o acercarme a la calle Alcalá, entrar en el café Fornos y pedir un pepito de carne. Caigo entonces en que, igual que Galdós y Azorín, el café Fornos tiene historia pero es historia y, donde otrora los madrileños solían mimar las muelas con un bocata español, ahora suelen minar la húmeda ante el café americano del Starbucks y tal franquicia funciona hoy en aquel lugar.

-Entonces, ¿te traigo un donut blanco? -bromeo.

-Sí, exacto. -Reímos y marcho de nuevo tras la barra para preparar cuanto falta en los desayunos. Antes de alejarme consigo escuchar a Sandra que con curiosidad le lanza una curiosa pregunta a Olga-. ¿Te imaginas que “Entre vinos hablaos” se convierte en una serie?

-Una serie… un maravilloso sueño!!! -responde Olga.

-¿Qué actores propondrías para los papeles de Juan, Fina y doña Soledad? Bueno, y a la banda sonora también es importante. ¿Qué canción seleccionarías?

-Si tuviera la varita mágica para conseguirlo o la varita viniera a mi, que igual da, creo que bien podrían ser: Eduardo Noriega para el papel de Juan, Inma Cuesta para Fina y para Soledad lo veo complicado.

-¿De qué habláis? -pregunto nada más llegar con la deliciosa bollería que tomaremos con el café y que sirvo de inmediato.

-Soñando con que mi novela se lleve a la pequeña pantalla.

-Bonito sueño -contesto.

-Decía que para el papel de Soledad no sabría que actriz proponer porque como todos sabéis, ella es mi personaje favorito, por eso me gustan varias actrices aunque no sabría por quién decidirme.

-Pues sí, es complicado. Yo no sabría qué elenco elegir en caso de que me dieran esa opción. ¡Por soñar que no quede!

-Exacto. ¿Y tú? -interviene Sandra.

-¿Yo qué? Que no me fio de ti.

-¿Qué acontecimiento del siglo XIX español te hubiera gustado presenciar en vivo y en directo?

-Pues casi seguro que ninguno. -Reímos-. Vivir en aquella época tan convulsa… No sé si me hubiera gustado. Sin embargo, sí hay un acontecimiento que me hubiera gustado. Uno muy romántico, por cierto. Me hubiera gustado ver la boda de Alfonso XII con María de las Mercedes.

-Uy, qué romántica.

-Un poquito.

-Por cierto, una pregunta que me ronda desde hace tiempo en relación a Libelo de Sangre. -Olga deja su café sobre la mesa y se dirige a Sandra sin contemplación sacando su faceta más periodística-. El Derecho tiene un gran protagonismo en Libelo de Sangre. Si no fueras abogada, sobre qué otra profesión hubiera tratado tú novela?

-Seguramente habría girado en torno a una de mis pasiones: el mar. Me gustaría dedicar una novela a aquellos marinos del pasado que, ansiosos de ampliar fronteras, aparcaban el miedo a lo desconocido y, abrazando el anhelo por conocer, se echaban a la mar buscando otras tierras, otras gentes, otros mundos. En particular, escribiría sobre Cristóbal Colón. Me parece un personaje fascinante del que hablamos mucho y, sin embargo, apenas sabemos nada. Un halo de misterio le rodea y toda su trayectoria, descubrimiento de América incluido, anda repleta de interrogantes. ¿Quién sabe? Quizá algún día…

-Jamás me lo hubiera imaginado -intervengo.

-¿No? ¿Por qué?

-No sé, supongo que te imaginaba más como esas mujeres de la historia que superaban con creces los conocimientos de los que debieran tener acceso. Que encuentran entre papeleos la pista que les lleve hasta algún tesoro olvidado. No sé, una especie de mujer de campo, pero obligada a ello, aunque luego viviera una de sus mayores aventuras. Algo así como la bibliotecaria de La Mommia, esa película de aventuras tan divertida y encantadora.

-No estaría mal tampoco, para qué engañarnos -sonríe.

-Y el ajedrez -murmulla Olga.

-¿Cómo? -pregunto con curiosidad.

-Sí, el ajedrez -afirma y vuelve a dirigirse directamente a Sandra-. El ajedrez nos deja grandes reflexiones en tu obra. Si fueras una pieza del tablero, ¿cuál serías?

-¡Toma ya! -intervengo involuntariamente. Me sorprende la pregunta, no vaya yo a negarlo ahora-. Te veo sacando papel y boli.

Olga se ríe.

-No, pero tengo mucha curiosidad.

-Ya veo, ya.

-Mi primer instinto es contestar lo que quizá contestarían muchos: la reina; no en vano es la única pieza con total libertad de movimiento. Sin embargo, tras darle una vuelta, prefiero el “peón coronado”, aquel que, cruzado todo el tablero escaque a escaque, llega al final y ya no puede avanzar más. Debe entonces cambiarse por otra pieza, menos un peón o el rey. Este logro se llama “coronación” y el peón victorioso recibe el nombre de “peón coronado”.

-Ah, pues tampoco apuntas alto -bromeo.

-¡Por supuesto! -Reímos-. Pero, yo quisiera ser un peón coronado convertido en reina, porque, en mi opinión, sabe mejor alcanzar la cumbre que nacer en ella. Quien nace en la cumbre tiene complicado valorar su suerte. Nunca experimentó la otra cara de la moneda, y, cuando existen dos vertientes y solo se conoce una, cualquier comparación fracasa. Sin embargo, quien corona la cumbre tras escalar la montaña disfruta cada momento; no en vano lo conquistado place más que lo regalado.

-Que bonita filosofía, la verdad.

-Desde luego. Esta mujer encandila a cualquiera que la escuche -dice Olga.

-Que tu no, ¿verdad? -respondo-. Bueno, yo que me he ganado el papel de moderadora le doy la palabra a Sandra que se lo ha ganado. ¡Revancha!

-Venga, pues si hubieras sido Juan, ¿qué crees que habrías hecho en el mismo momento en que Elías estaba asesinando a Gregorio?

Suspiro. Es una muy buena pregunta, personal y directa. Observo a Olga que toma un nuevo sorbo de café y suspira antes de contesatar.

-Si yo hubiera sido el Juan de 8 años en aquel preciso instante, estoy segura que hubiera sentido el mismo impulso que él sintió. El impetuoso deseo de cometer con el asesino el mismo acto que él estaba llevando a cabo. Sin embargo y por fortuna, el paso de los años nos imprimen madurez, la perspectiva del tiempo, templanza y la vida, aprendizaje. -Hace un pequeño alto e inspira profundamente antes de continuar. Se nota que es una historia tan personal que aún duele-. Juan nunca habló de ello, nunca dejó salir una palabra y muy bien que hizo porque, para qué hacerlo. Los planes se van modelando en función de lo que vives y no del primer impulso.

Las tres nos quedamos unos minutos en silencio pensando en cuanto se ha comentado y saboreando los últimos restos del desayuno. Termino mi café y las observo. Tan grandes y tan humildes. ¿Qué gran futuro les deparará la vida?

-Chicas, tengo que seguir. Mi descanso llega a su fin, pero me gustaría saber si tenéis alguna cita literaria en el futuro. Quizás pueda escaparme e ir a veros pues, ahora me toca a mí.

-Afortunadamente hay cerradas bastantes. Por delante, varias presentaciones, la Feria del libro de Madrid, Octubre Negro, varios clubs de lectura por diferentes provincias donde acudiré de forma presencial, Semana Novela histórica de Cartagena, Andújar, La Rioja, Alicante… Y varios encuentros más que iré anunciando poco a poco -responde Olga con ilusión.

-¡Genial! Buen panorama.

-Bueno, la verdad es que nos ha encantado el lugar y es probable que repitamos visita, pero creo que va siendo hora de marcharnos y dejarte trabajar -dice Sandra mientras coge su bolso.

-Ha estado genial, de verdad -interviene Olga.

-Muchísimas gracias, chicas, por haber venido a ver mi nuevo espacio y por pasar este rato tan maravilloso conmigo.

Nos despedimos entre abrazos y promesas. Las veo marchar y desaparecer tras la puerta.

“Ha sido un encuentro maravilloso”, pienso mientras recojo la vajilla de la mesa y paso un trapo limpio sobre ella.


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