1984 de George Orwell

Cuando todo el mundo se marcha y me quedo a solas en el café enciendo una pequeña lámpara de estilo Tiffany, un poco de incienso y me sirvo una gran taza de café tan aromático y amargo que solo puedo endulzarlo con un toque de nata y canela. Suelo elegir alguno de esos libros que protegen las diversas paredes, abro sus páginas y me sumerjo, durante un tiempo al menos, en la historia que el autor tuvo a bien narrar.

En esta ocasión fue un clásico. Uno de esos libros que, sin pretenderlo, se vuelven eternos y cuyas enseñanzas atemporales consiguen que una termine por releer algunos pasajes para asimilar que cuanto allí se cuenta parece real. Una de esas historias escritas antaño por visionarios que tras la excusa de la ficción consiguen dar lecciones a quienes les quieran escuchar y, queridos lectores, a veces debemos prestar atención a cuanto se nos narra en esos libros que caen en nuestras manos.

1984 llegó a mí hace ya muchos años, pero gracias a uno de esos clubs de lectura que tanto hacen por la literatura del ayer y de hoy, me lancé sin pensarlo. El club de lectura que, por cierto, se llama Descubriendo Historias, es un tanto atípico para mí. Es uno de esos que las nuevas tecnologías consiguen reunir a lectores de cualquier punto del mundo. Es un club que nació en Instagram, ya saben, la red social visual por excelencia. No pude participar tanto como quisiera, los nuevos proyectos acaparan tanto mi vida que es casi imposible participar en cualquier otro evento.

En fin, y aquí estoy. Sentada en un bonito sillón de terciopelo beige y reposapiés del mismo tono y material mientras me dirijo a vosotros para comentaros cuánto disfruté de esta clásica lectura. No debería irme más por las ramas.

Comienza con la historia de Winston Smith, un trabajador más en una región gobernada por el Partido y dirigida por el Hermano Mayor, un grupo social totalitario que mantiene, con mano férrea, lobotomizada a una sociedad dócil y manipulada. Allí cualquier tipo de libertad de expresión está totalmente prohibida, nadie se puede salir del orden establecido, ni siquiera haciendo un mal gesto puntual. Cualquiera que infrinja mínimamente las normas (o tenga un mal pensamiento que se manifieste por un gesto, tic, etc) es ajusticiado y desaparece para siempre, como si no hubiese existido. Todo el mundo puede ser un Espía y las múltiples cámaras se ocupan de que a nadie se le ocurra saltarse las reglas.

El protagonista decide, aun a riesgo de que lo descubran y lo asesinen, escribir un diario con sus vivencias y pensamientos para dejar un testimonio real de todo lo que está sucediendo.

«No creo que la sociedad que he descrito en 1984 necesariamente llegue a ser una realidad, pero sí creo que puede llegar a existir algo parecido», escribía Orwell después de publicar su novela. Corría el año 1948, y la realidad se ha encargado de convertir esa pieza -entonces de ciencia ficción- en un manifiesto de la realidad.

Elegí una frase de entre tantas que, quizás, enfatice aún más lo que acabo de comentar: “Y, después, algún cerebro privilegiado del Partido Interior elegirá esta o aquella versión, la redactaría definitivamente a su manera y pondría en movimiento el complejo proceso de confrontaciones necesarias. Luego, la mentira elegida pasaría a los registros permanentes y se convertiría en la verdad”

Sin darme cuenta mi hora de lectura y descanso ha terminado. Debo marchar ya a casa y disfrutar de una maravillosa familia que me espera para cenar.


Debido a las restricciones por Covid, no se atenderá sin cita previa.

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