Paseando por el Titanic 1912 (Relato)

Hace muchos años vi un trasatlántico como este, era precioso, pero no pude más que imaginar aquello que escondía al resguardo de cubiertas. Sabía del lujo que albergaba, de esas preciosas estancias en las que los más pudientes se deleitaban con charlas en el gran comedor o en desenfadadas tomas de té.

Sin embargo, justo hace un par de días, tuve el placer de embarcarme en el fabuloso Titánic. Solo verlo suponía un regalo para la vista, ¡era como si una ciudad entera se trasladara sobre las olas del mar, del inmenso océano!

-Bienvenidos al Titánic -dijo una suave voz masculina mientras nos invitaba a cruzar aquella pasarela de tablas de madera con un cordial gesto de su mano. Era un muchacho vestido con el oscuro uniforme que portaba la tripulación encargada del buen estado y ánimo de los pasajaros, por lo menos, de aquellos que viajarían en primera y segunda clase.

Respiré hondo y crucé sin mirar hacia abajo, mientras sentía bajo mis pies el vayven de las olas. Estaba entusiasmada, iba a ingresar al interior de aquel monstruo de madera y acero y olor salino del océano se convertía en el mejor aroma jamás sentido.

Anduve distraída, siguiendo a otros pasajeros que embarcaron antes que yo y, entonces, la vi, la escalera principal, esa que solo podían usar quienes se alojaran en primera clase. Era espectacular, poseía una enorme cúpula de cristal que dejaba pasar los rayos del sol y daba luminosidad y, por la noche, una preciosa araña de cristal, que colgaba en el centro, iluminaba cada peldaño. Los pasamanos y guirnaldas eran de un bronce tan brillante que uno no podía apartar su mirada de él. Estaba cuidadósamente decorada con paneles de roble en las paredes, esculturas talladas y unos delicados querubines de bronce en cada una de las cubiertas.

Un increíble pasillo decorado con celúreos y delicadas alfombras llevaban hasta las estancias, los camarótes en los que algunos se alojarían durante aquella travesía. Pequeñas arañas de cristal iluminaban los pasadizos dando tal luminosidad que uno sentía estar en el mísmísimo cielo. Un precioso hotel de lujo en alta mar.

El camarote era inmenso, algunos incluso decoraron sus paredes con lienzos traídos de su hogar para hacer de aquel viaje un hogar del que despedirse al llegar a su destino. Dijeron, algunos de los oficiales que acompañaban a los que recién embarcaban, que aquellas instancias no eran una igual a otra, sino que había hasta once estilos y decoraciones diferentes, donde los salones y las habitaciónes ocupaban estancias diferentes pero comunicadas entre sí. De este modo, algunos viajarían también a través del tiempo y regresarían al renacimiento italiano o la época imperial. 

Para los encuentros con otros pasajeros de igual o similar clase, se había dispuesto hasta cuatro grandes salones, cafeterías, bibliotecas y hasta unos baños turcos donde algunos pudieron evadir, por un momento, al mundo.

Decían, incluso, que aquellos que habían logrado viajar en tercera clase, se encontraban en instalaciones mucho más lujosas de lo habitual; que disfrutaban de tres comidas al día y aseos y baños superiores a los que aquellos trasantlánticos solían portar.

Los camarotes, aunque estrechos, contaban con cuatro camastros dispuestos en sendas literas, armario y lavabo con el que asearse en las mañanas. 

Aquel era un verdadero tesoro que navegaba veloz y seguro. Hasta que, una noche, en la madrugada, un enorme bloque de hielo fue el causante de la mayor desgracia conocida hasta entonces en cuanto a barcos de pasajeros se tratara.


Marcaba, el reloj, cerca de las tres de la madrugada del 15 de abril de 1912 cuando un frío y tenebroso océano se tragó aquel gigante de los mares. Fue en esa jornada que conocí a héroes anónimos que la historia intentó no olvidar, pero que el mundo, poco a poco, dejó escapar sus nombres y enterrarlos bajo las aguas. Padres que vieron partir por última vez a su mujer e hijos porque era lo que las leyes acordaban, otros que cedieron sus puestos a madres que portaban aun hijos lactantes, músicos que no cesaron en su tocar de religiosas sinfonías que intentaban aplacar el temor de aquellos que se sabían ya atrapados, tripulantes que a sabiendas de su destino no dejaron de ayudar a quienes debían desembarcar para sobrevivir y un capitán que no dudó en mantener su posición hasta el último instante.

Sentí mi corazón encoger, cuando al escapar de aquella pesadilla, un listado de fallecidos aumentaba y, de entre ellos, familias enteras que dejaron este mundo, niños que no lograron escapar cuando su vida no había hecho más que comenzar. La tragedia estaba escrita y el mundo se haría eco de aquel naufragio, más no por las vidas perdidas, sino por las grandes fortunas desaparecidas.

Entonces ocurrió, aquella misma voz que me invitó a embarcar en aquel Titanic, ahora me reclamaba y regresaba a este 2019 que ya acaba. 

El Titanic había regresado para enseñarnos su historia, para que jamás olvidemos a esas personas que viajaron a bordo de un sueño que nunca llegó a su destino, para honrar a quienes en el servicio de sus funciones fallecieron sin opciones.

El Titánic es y será un viaje que jamás nadie podrá olvidar, que seguirá levantando expectación allá a donde vaya su increíble exhibición. 

©2019 Mireia Giménez Higón