De historia, de novelas y de novedades literarias

Queridos amigos,

Hoy me vais a permitir cerrar el café por una semana. Las razones son más que maravillosas y quería compartirlo con todos vosotros como si de una charla se tratara. Es más, invito a quienes así lo deseéis a formular tantas preguntas tengáis que yo las responderé gustosa.

Me vais a permitir que desnude mi alma y que, por primera vez, haga público un temor que me asola a cada instante que pasa y me acerca al día “C”, de Cartagena. No puedo evitar compararme con cuantos escritores conforman el cartel de tan esperado evento y darme cuenta de la suerte que tengo al estar ahí siendo tan solo yo. Me tiemblan las piernas cada vez que veo imágenes de escritores a los que admiro que son el verdadero reclamo e interés de este acontecimiento maravilloso. La realidad es, que no sé expresar con palabras cuántos sentimientos se encuentran batallando en mi interior: miedo, admiración, ilusión, temor…

La Semana de Novela Histórica de Cartagena lleva más de veinte años celebrándose. Por sus mesas han pasado escritores tales como Luis Zueco, Antonio Garrido, Jesús Maeso de la Torre, Gonzalo Giner, Isabel San Sebastián, José Calvo Poyato… En fin, que yo solo espero estar a la altura y no defraudaros porque no sé si sabría sobrellevarlo.

Lo que sí puedo gritar al mundo entero es que estoy muy contenta por mi querida Sandra Aza, quien ha sido premiada con el premio Odilo, así como Luis Zueco que se alza con el galardón de XXII Semana de Novela Histórica de Cartagena. Que me hace especial ilusión ver a amigos presentar allí sus obras, porque les deseo una experiencia maravillosa.

No obstante, no todo son temores, también hay alegrías venidas de todos los que me habéis apoyado. De hecho, quería anunciaros que he sido “llamada a filas” por los administradores de un grupo llamado LLEC de casi 60 000 miembros amantes de la literatura independiente para aportar mi pequeño granito de arena. Desde esta semana llevaré una sección semanal, Novela e Historia, donde hablaré de la Novela Histórica, de sus variantes y subgéneros y, por supuesto, de obras escritas por autores independientes y nóveles. Hecho que me ha ilusionado muchísimo y, una vez más, espero que guste a cuantos lo sigan.

Y, por último, aunque no menos importante, aprovecharé el viaje, porque al día siguiente estaré en Murcia, en su preciosa Feria del Libro, firmando ejemplares de Toletum y me encantaría veros allí.

Muchísimas gracias por haber leído esta entrada en concreto pues, a veces, una necesita narrar más allá de risas y bromas, de relatos y entrevistas, de recomendaciones y reseñas literarias.

Nos vemos la próxima semana con una nueva reseña, no vayamos a perder costumbres ahora.

Los Bridgerton de Julia Quinn

Como cada atardecer, en el mismo instante en el que el café cierra sus puertas, apago todas y cada una de las luces que han iluminado cada charla, lectura y pasión. Tan solo unos cirios bien dispuestos y estrategicamente colocados, mantienen su cálida llama viva.

En mi rincón predilecto, ese que mantiene un aire victoriano donde un sillón oscuro se ve acompañado por una mesita auxiliar de ornamentada forja negra y mosaico. Sobre ella, una lámpara que ofrece una tenue luz, pero que es suficiente para mis lecturas.

Debo confesar que jamás pensé que me vería inmersa en un mundo donde el romance, las puestas de largo, la prensa de sociedad, las fiestas de máscaras y la rivalidad formaran parte. Sin embargo, aquí estoy, con mi kindle en el regazo e intentando, ya no asimilar, sino calibrar cuanto he leído. Me refiero a una saga que parece haber golpeado con fuerza entre el sector femenino gracias a una serie que Netflix estrenó hace apenas unos meses: Los Bridgerton. De nuevo, confieso que vi la serie no sin cierta reticencia a cuanto me fuera a encontrar y, sin embargo, quedé prendada desde el primer minuto. Es cierto que algunas escenas me sobran, casi un capítulo entero diría yo, pero, en general, la temporada llamó mi atención.

Cómo he llegado a leer toda la saga es algo que aún me tiene desconcertada. Todo empezó con una maravillosa oferta promocionada por Amazon donde los dos primeros meses de suscripción a kindle unlimited tenía un coste cero, bueno, tiene un coste cero por si alguien quisiera aprovechar. Por supuesto, me dediqué una tarde entera de domingo a buscar lecturas ofertadas en KU, no quería más lecturas históricas, quería algo cómodo y fácil de leer. Casualmente, mi amiga Vanessa, a quien conocísteis no hace mucho en este mismo café, me habló de la saga Bridgerton.

Esta saga se divide en ocho libros, uno por cada hermano que, por cierto, sus nombres van correlativos y en orden alfabético. Cada libro cuenta la historia de amor de cada uno de ellos: Anthony, Benedict, Colin, Dafne, Eloise, Francesca, Gregory y Hyacinth. También hay otros personajes con los que pronto empatizas y pronto comienzas a echar de menos, como es el caso de Penélope Featherington.

No voy a alagar demasiado esta saga, pero sí diré que es una lectura ágil y entretenida donde, en ocasiones, tanto merengue hacía que la lectura fuera más, digamos, vertical. Vuelven a sobrarme páginas, pero el resto de cada una de las historias era, de verdad, divertida. Julia Quinn, la escritora, a quien han comparado con Jane Austen, tiene un gran sentido del humor que ha sabido reflejar muy bien en esta saga tan divertida como romántica y es, quizás, lo que hiciera que leyera un libro tras otro.

Los contras, parece ser siempre la misma historia. Chico conoce a chica, hay cuatro o cinco contratiempos y, al final, perdices… El mejor de todos los libros, creo que los tres que hablan de los hermanos mayores. Divertidos y con una visión diferente y, por supuesto, el enigma de Lady Whistledown que sazona con algo de pimienta todas y cada una de las historias.

En fin, hasta aquí mis últimas lecturas que, como veis, han sido ocho. Creo que he tenido romance para siete meses y, ahora, me esperan la fantasía y la magia antes de regresar a la histórica.

Nos vemos pronto y, recuerda, si quieres visitar este café solo tienes que escribirme a mireiagimenezhigon.autora@gmail.com

Ríos de fuego y un futuro de Ciencia-ficción

Está siendo una semana extraña, parece que los elementos hayan despertado con un único fin: darnos el segundo aviso. Las lluvias no hacen más que intensificar su crudeza añadiendo los más aterradores rayos y los truenos más estruendosos, valga la redundancia. En el café casi todo sigue igual, pero muchos abandonan sus lecturas cuando en la televisión se escucha el nombre de La Palma, el nombre de Cumbre Vieja. Fue el pasado 19 de septiembre cuando, tras varios avisos, el volcán entró en erupción. Mentiría si dijera que no daba crédito a cuánto veía, estoy segura que he vivido otras erupciones fuera de España, pero en aquel instante no las recordaba. Tan lejos, tan cerca.

Observo el local y compruebo que todo está donde debe estar. Ramos de flores recién traídas de la floristería decoran los pequeños y grandes jarrones dispuestos por los rincones más acogedores del café aromatizando el ambiente ya de por sí cargado por el olor a café y repostería. En las mesas, un pequeño búcaro de barro y pintados a mano por un colegio de jóvenes con discapacidad ofrecen al café un toque divertido y desenfadado. Juanma, el director del centro, se acercó ayer por la tarde para traérmelos. Es un joven con una notable sensibilidad al que conocí hace ya un par de años, entonces ya me comentó que tenía un sueño. Uno en el que conseguía ayudar a quienes más lo necesitaran creándoles conciencia sobre su verdadera identidad. Ni eran especiales, ni eran únicos. Eran, simplemente, lo que quisieran ser. Solo debían trabajar para conseguir sus sueños y, mientras, por qué no, divertirse juntos creando y amasando arcilla. Quedé con él en que, una vez al mes, estaban todos invitados a una merienda en el café donde podríamos leer y comentar el libro que quisieran. Los búcaros fueron su pago.

-Aquí tienes las magdalenas de cerezas y bayas -dice mi madre con su singular sonrisa.

-Son cupcakes, mamá -contesto.

-Magdalenas de cerezas y bayas -recalca.

-Vale -sonrío-. Ponlas en la barra, anda.

-¿Cómo va el día?

-Extraño, mamá. El mal tiempo no acompaña, pero tenemos suerte de contar con nuestros habituales -contesto mientras observo a los presentes y busco a mi Jane Austen particular-. ¿Sabes? Creo que Jane ha cambiado de libro.

-¿Ya no lee Orgullo y prejuicio?

-No -respondí-. El otro día la vi que entablaba conversación con don Enrique y algo debió recomendarle pues, si no me equivoco, parece estar leyendo una de las novelas que tenemos en la sección de histórica.

-¿Tu crees?

-Sí. Antes de sentarse vi que se acercaba a la estantería y cogía de allí un volumen, pero no he conseguido advertir cuál es.

-¿Qué observáis con tanta atención?

Una voz masculina nos sobresalta. Miro en su dirección y descubro a un buen amigo y compañero que mira en la misma dirección que nosotras sin entender muy bien el por qué.

-¡Hombre! ¿Cómo tu por estos lares?

-He venido a probar a esos churros con chocolate de los que tanto he oído hablar.

-Marchando, pues.

David es un agente de policía a quien la ciencia-ficción y la fantasía le encantan. De hecho, es el culpable de que haya, por fin, decidio leer algo del primer género literario pues, a pesar de haber, incluso, realizado un buenísimo taller sobre la historia de la Ciencia-ficción de la mano del galardonado escritor Sergio Mars, jamás había leído nada parecido salvo las clásicas obras de Orwell y Wells.

-El otro día terminé, por cierto, 1984 -comento mientras le sirvo una taza de chocolate caliente y un plato de churros recién hechos.

-¿Y qué tal? -responde David.

-Demasiado revelador y actual -sonrío-. Por cierto, que me quede claro porque aún no estoy yo muy puesta en el tema. ¿Qué es eso de los mundos del Emperador?

-¿Aún estamos en esas?

-Sí, aún. Contesta que la culpa es tuya.

-A ver, los creé en su día, inspirados en otros universos que me encantan, y que me sirve para contar ciertas historias. A priori será una serie compuesta por libros con cierta independencia entre sí, pero que poco a poco irán desarrollando una metatrama cada vez más evidente y mayor -responde. Coge uno de los churros para comérselo antes de continuar en vista de que debo de tener una expresión que le indica que me he quedado igual-. Estas historias transcurren en su mayoría aproximadamente por el año 4000, en una época en la que los humanos han colonizado una pequeña parte de la galaxia, y estando dichos mundos gobernados por un Emperador, de ahí su nombre -dice haciendo especial hincapié en las últimas palabras.

-Vale, ahora sí. Un momento, voy a recoger un par de mesas y vuelvo que aún tengo que sonsacarte más del tema que me interesa.

El día es cada vez más oscuro. El cielo está cubierto por inmensas nubes que no auguran nada bueno. Decido encender las velas que hay dispuestas en algunas mesas y bancos auxiliares para dar más luz al interior del local.

-Ya estoy de vuelta. ¿Cómo vamos con los churros? ¿Merecen esa mención o no?

-Si me traes un poco de agua, igual, te contesto.

-Que majo -ironizo-. Aquí tienes el agua.

-De momento, la cosa va bien.

-Esto está bien -sonrío-. Seguimos con el tecer grado. El incidente de Cretta es un libro también ambientado en ese mundo que has creado, casi como un pequeño episodio dentro de ese universo. ¿Crees que funciona mejor libros de estas características, cortos y con “sorpresa”, que otros de mayor extensión?

-No necesariamente, aunque es cierto que hay lectores que prefieren historias más cortas. Mi teoría sobre el asunto es que hay más reticencia a lanzarse a por un autor indie nuevo si la novela es muy larga, y antes prefieren picotear algo más cortito, por si no acaba de gustarles su pluma. Estas novelas cortas van muy bien para darse a conocer, porque captas lectores que luego saltarán sin problemas a leer las largas. A día de hoy, mis novela más leída es la primera que saqué, “Los Mundos del Emperador: Auryn”, seguida de cerca de la siguiente de la serie, “Los Tecnoguardianes”, y ambas son dos “gorditas”.

-Hombre, a decir verdad, en mi caso fue un acierto leer primero El incidente de Cretta porque hizo que tuviera interés en saber más sobre ese futuro de ciencia-ficción que has creado. Todo sea dicho -comento-. ¿Estás trabajando en algo nuevo?

-Hace poco terminé una novela que estará ambientada en Maegtal, el juego de rol de Héctor R. A., que también es el ilustrador oficial de todos mis libros. Es un híbrido de aventuras, terror y fantasía oscura, que prometo que va a generar muchísima tensión en muchos lectores. Ahora mismo está en fase de corrección, en manos de Myriam Martos, que también está haciendo ciertos apuntes de cosas mejorables. Aún no tenemos fecha de publicación, porque es posible que, por esta vez, exploremos una vía no independiente. Aunque aún no hay nada decidido.

-¡Genial! Me parece un proyecto muy interesante. A veces, es necesario contar con el respaldo de un sello editorial, sobre todo, si es especializado y sabe moverse por los círculos adecuados.

-Eso es.

-Ah, una cosa antes de que te vayas. ¿Qué libro me recomendarías que no fuera muy denso?

-Cualquier cosa de Asimov se puede leer perfectamente. Hoy en día dicen de él que que fue un gran divulgador científico, porque era capaz de imaginar mundos increíbles y explicar ciencia muy avanzada, de forma muy cercana y asequible para cualquier lector medio.

-Creo que tengo alguno de relatos por ahí. Le echaré un vistazo y te cuento.

-Estupendo. Voy a ver si sigo que el tiempo no perdona.

-Dale un abrazo a tu mujer y a los peques.

-De tu parte -dice antes de desaparecer por la puerta del café.

“La nube de azufre del volcán de La Palma llegará a la Comunitat Valenciana”, escucho y pongo toda mi atención en los informativos televisivos:

“La erupción volcánica registrada en la isla de la Palma, en las Islas Canarias, también tendrá consecuencias para la Comunitat Valenciana. Las primeras simulaciones realizadas sobre la trayectoria de la nube de ceniza y dióxido de azufre que expulsa el volcán indican que podría llegar a la península ibérica a partir del próximo jueves por la tarde y que una de las primeras zonas que se vería afectada por esta nube sería el sur de la Comunitat Valenciana”.

“Querido amigos y amigas de Canarias, espero y deseo que pronto obtengáis la ayuda que necesitáis y sabed que intentaré donar y hacer cuanto esté en mi mano. Aguantad”, digo en un susurro casi inaudible.


Debido a las restricciones por Covid, no se atenderá sin cita previa.

Si quieres acercarte y visitarme en esta cafetería virtual, solo tienes que escribirme a mireiagimenezhigon.autora@gmail.com poniendo en el asunto “CITA TINTA CON OLOR A CAFÉ + NOMBRE”

1984 de George Orwell

Cuando todo el mundo se marcha y me quedo a solas en el café enciendo una pequeña lámpara de estilo Tiffany, un poco de incienso y me sirvo una gran taza de café tan aromático y amargo que solo puedo endulzarlo con un toque de nata y canela. Suelo elegir alguno de esos libros que protegen las diversas paredes, abro sus páginas y me sumerjo, durante un tiempo al menos, en la historia que el autor tuvo a bien narrar.

En esta ocasión fue un clásico. Uno de esos libros que, sin pretenderlo, se vuelven eternos y cuyas enseñanzas atemporales consiguen que una termine por releer algunos pasajes para asimilar que cuanto allí se cuenta parece real. Una de esas historias escritas antaño por visionarios que tras la excusa de la ficción consiguen dar lecciones a quienes les quieran escuchar y, queridos lectores, a veces debemos prestar atención a cuanto se nos narra en esos libros que caen en nuestras manos.

1984 llegó a mí hace ya muchos años, pero gracias a uno de esos clubs de lectura que tanto hacen por la literatura del ayer y de hoy, me lancé sin pensarlo. El club de lectura que, por cierto, se llama Descubriendo Historias, es un tanto atípico para mí. Es uno de esos que las nuevas tecnologías consiguen reunir a lectores de cualquier punto del mundo. Es un club que nació en Instagram, ya saben, la red social visual por excelencia. No pude participar tanto como quisiera, los nuevos proyectos acaparan tanto mi vida que es casi imposible participar en cualquier otro evento.

En fin, y aquí estoy. Sentada en un bonito sillón de terciopelo beige y reposapiés del mismo tono y material mientras me dirijo a vosotros para comentaros cuánto disfruté de esta clásica lectura. No debería irme más por las ramas.

Comienza con la historia de Winston Smith, un trabajador más en una región gobernada por el Partido y dirigida por el Hermano Mayor, un grupo social totalitario que mantiene, con mano férrea, lobotomizada a una sociedad dócil y manipulada. Allí cualquier tipo de libertad de expresión está totalmente prohibida, nadie se puede salir del orden establecido, ni siquiera haciendo un mal gesto puntual. Cualquiera que infrinja mínimamente las normas (o tenga un mal pensamiento que se manifieste por un gesto, tic, etc) es ajusticiado y desaparece para siempre, como si no hubiese existido. Todo el mundo puede ser un Espía y las múltiples cámaras se ocupan de que a nadie se le ocurra saltarse las reglas.

El protagonista decide, aun a riesgo de que lo descubran y lo asesinen, escribir un diario con sus vivencias y pensamientos para dejar un testimonio real de todo lo que está sucediendo.

«No creo que la sociedad que he descrito en 1984 necesariamente llegue a ser una realidad, pero sí creo que puede llegar a existir algo parecido», escribía Orwell después de publicar su novela. Corría el año 1948, y la realidad se ha encargado de convertir esa pieza -entonces de ciencia ficción- en un manifiesto de la realidad.

Elegí una frase de entre tantas que, quizás, enfatice aún más lo que acabo de comentar: “Y, después, algún cerebro privilegiado del Partido Interior elegirá esta o aquella versión, la redactaría definitivamente a su manera y pondría en movimiento el complejo proceso de confrontaciones necesarias. Luego, la mentira elegida pasaría a los registros permanentes y se convertiría en la verdad”

Sin darme cuenta mi hora de lectura y descanso ha terminado. Debo marchar ya a casa y disfrutar de una maravillosa familia que me espera para cenar.


Debido a las restricciones por Covid, no se atenderá sin cita previa.

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¡Vuelta al cole! y una vida de color rosa

El día ha comenzado con cierta acumulación de sentimientos encontrados pues, por un lado, los niños comienzan ya a ir a la escuela y cierto vacío se cierne a mi alrededor. El mayor, Arturo, comienza ya tercero de primaria y, tan solo con ver los materiales que le piden para ir a clase, una ya se da cuenta de que se va haciendo mayor. Ya no hay lápices de colores de esos que se guardaban en aquellas cajas ya emblemáticas donde un ciervo observaba atento en la ladera de la montaña tras un letrero que rezaba: Alpino. Ya no hay hojas de colores, ni ceras. Todo ha cambiado y el compás, el cartabón y la calculadora serán de hoy en adelante sus compañeros. Por otra parte, la pequeña, tan solo dos años y medio, comienza en un lugar totalmente nuevo. Sé que lloraré yo más que ella, por suerte es una niña a la que jugar con otros pequeños le da la vida.

Al abrir la cafetería, el olor a libros y café me ha embriagado. Con los ojos cerrados he permanecido en la puerta disfrutando de ese bendito instante en el que solo yo, los libros y el café somos uno.

-Buenos días, Mireia.

La voz de Raúl, el repartidor de café, me sorprende. Es martes, día en el que los proveedores hacen su ruta para ofrecer a los clientes cuanto hubieran pedido.

-Buenos días, Raúl. ¿Qué me traes hoy?

-Cuatro de cada. ¿Te los entro?

-Sí, por favor.

El sonido de la persiana ha recorrido gran parte del lugar haciendo que pájaros y palomas alcen el vuelo. “Un día de éstos algún vecino me manda a gambar, verás”, pienso. Abro la puerta y le cedo el paso a Raúl. Entro tras él y enciendo las luces, no todas, solo las necesarias para no matarme entre las mesas y sillas del salón. La rutina siempre es la misma: encender los molinos de café, los hornos y la cafetera. Después, pasar la mopa por todo el salón, comprobar los centros de las mesas, encender los farolillos dispuestos en lugares estratégicos y pasar el plumero por las estanterías donde se encuentran mis preciados tesoros: los libros.

-¡Buenos días, cariño! -Mi madre acaba de llegar. Ella se encarga de la maravillosa repostería que servimos en el café.

-Buenos días, mamá. Hoy has llegado pronto.

-La suerte me ha acompañado y no ha habido nada de tráfico y, además, he aparcado en la puerta. -Sonríe y me saca la lengua mientras se pone el delantal blanco impoluto.

Le sonrío y, de pronto, recuerdo los años en los que toda mi familia trabajaba en el emblemático Mercado Central de Valencia. Casi no había vida fuera de él, pero en el Mercado la vida me parecía maravillosa. Era como una gran familia donde todos cuidaban de todos, la unión de los vendedores hacía que lo antiguo se convirtiera en clásico, en lugar indispensable de visita para los turistas e inexcusable lugar donde los mejores restaurantes de la provincia se abastecían. Los sábados ayudaba a mis padres en la parada y recuerdo que mi madre me hacía llevar el delantal, limpio, planchado y almidonado, sujeto entre mis brazos sin que se doblara lo más mínimo. Ni una arruga debía portar en el momento de abrir la parada. “Hay costumbres que nunca cambian”, sonrio.

-Por cierto, he traído flores -dice mi madre tras la barra-. Me las ha dado Amparo.

-¿Ya ha abierto?

-No, acababa de llegar. Imagino que estará preparando los ramos y centros de mesa para hoy. ¿Te las pongo en la barra con un jarrón?

-Sí, porfa.

Hace un par de horas que la cafetería ha abierto sus puertas y el local rebosa vida. Algunos de los presentes se han convertido en asiduos clientes, de entre ellos, una mujer de cierta edad que cada día se sienta en el mismo lugar, elije el mismo libro, un clásico de la literatura universal “Orgullo y prejuicio”, y toma el mismo desayuno: café con leche y una tostada con aceite. Nada más. Es una mujer agradable y solitaria. A veces, imagino que es la propia Jane Austin reencarnada que ha elegido este lugar para escribir su próxima obra.

En otro rincón, no muy alejado de ella, un hombre de excelente apariencia, se nota que se cuida a pesar de la edad. Un señor de los pies a la cabeza que gusta vestir siempre con traje y corbata, sombrero y bastón. Lleva tan solo un par de días viniendo al “Coffe and books” y, curiosamente, también pide para desayunar un café con leche y una tostada con aceite. Sin embargo, a él parecen gustarle las obras un tanto más duras y, entre sus manos, una conocida obra de Gisbert Haefs ocupa toda su atención.

-¡Buenos días, señoritas!

La puerta de la cafetería se abre y deja pasar a una elegante, pero informal, Vanessa. El tiempo aun permite que una figura como la suya pueda vestirse con un precioso vestido veraniego color rojo, a juego con sus zapatos y sus labios.

-Madre mía, pero que bien te veo, Vane. -Me acerco a ella para darle un abrazo y dos besos falsos de esos que las mascarillas nos han obligado a dar-. Te ha sentado bien el verano por lo que veo.

-Bueno, como a todos supongo.

-Ve, siéntate y ahora te llevo lo de siempre y me siento contigo un poco para ponernos al día. ¿Te parece?

Vanessa se va hasta una de las mesas situadas al lado del gran ventanal que ilumina la cafetería. La verdad es, que ese es otro de mis rincones preferidos. El ventanal se divide en dos grandes hojas de cristal resguardadas bajo sendos arcos de medio punto. En su base, un poyete hace las veces de banco vestido con un mullido y esponjoso cojín para comodidad de los clientes. Justo ahí, tres mesas para cuatro comensales se disponen en línea, aunque solo dos de ellas pueden beneficiarse de los cómodos poyetes.

Pronto me siento frente a Vanessa. Ella, como siempre, toma un croissant y una infusión de té negro con chocolate. Mientras, yo me conformo con una botellita de agua para no subirme por las paredes con tanta cafeína en el cuerpo.

-¿Cómo estás? -pregunta primero Vanessa.

-Pues, si quieres que te sea sincera, estoy un poco angustiada con eso del primer día de cole de la pequeña. Ya sabes, Arturo cuenta con ocho años y sigue en esa faceta en la que ir al colegio es lo mejor que le pasa en la vida. Sin embargo, Alexia, no sé cómo se tomará el cambio de cole.

-Estate tranquila, quedan en buenas manos. Confía en la labor educativa del centro y comprende que los peques pasan por un proceso de adaptación que lleva su tiempo -responde la profesora que lleva dentro.

-Ya, el problema está en que a tí te conozco y sé cómo tratas a los pequeños.

-Su “seño” será igual, no te preocupes.

-Sí, bueno, cambiemos de tema y no le demos más vueltas o me agobiaré más todavía. Por cierto, ¿estás leyendo algo nuevo?

-Novedad no es, pero acabo de terminar un libro que se titula El último día de nuestros padres.

-No la conozco.

-Es una novela de Joel Dicker y te diré algo, aún siendo de género bélico, contiene más amor puro que cualquier novela del género romántico.

-Le echaré un ojillo a ver qué tal, ya sabes que la romántica y yo no nos terminamos de llevar bien. Aunque, reconozco, a veces me veo atrapada en alguna historia de rosas y velitas.

-La romántica me da la sensación de que está ya muy saturada.

-Puede ser, pero sigue siendo el género literario que más se vende.

-Cierto. A la gente le sigue enganchando, pero creo que siempre que incluya algo más -dice antes de darle un sorbo al té-, ya sabes: drama, histórica, misterio, valores…

-Desde luego de este tema sabes más que yo. ¿Cuántas novelas tienes ya en el mercado? -pregunto. La verdad es que ya he perdido la cuenta entre relatos y obras publicadas.

-Pues, sin contar las que están en el cajón y las que están siendo reeditadas, creo que ocho. De hecho, mi favorita, El luto de la novia, está ahora en reedición.

-Creo que esa también es mi favorita junto a El amor es una… Esa historia entre el ayer y el presente, esa ambientación y el protagonismo de los maquis con el tacto con el que lo haces, es una historia preciosa.

-Y eso que también tiene su romance -bromea y reímos.

-Bueno, qué, ¿hay novela nueva en el horizonte?

-Uf, pues me he animado a escribir después de un año de parón. Probé con la novela infantil, ¿recuerdas? -Asiento antes de que ella continue-, pero es algo de lo que por el momento no puedo decir más.

-Que mala persona.

-No, es que no me gusta contar las cosas, ya sabes, por si se gafa.

-Exagerada eres. Menos mal que eres mi amiga y te quiero.

Reímos.

-Bueno, también voy a reeditar dos novelas que tenía un poco aparcadas y, además, ahora estoy en plena campaña con En algún lugar, haciendo ferias y demás. Estoy muy satisfecha con la acogida que está teniedo, la verdad.

-Pues me alegro mucho, es una historia cortita y muy cómoda para leer y llevar en el bolso. -Termino de beberme el agua del botellín. Por desgracia no puedo alargar más mi descanso-. Bueno, Vane, me tengo que mover. Ojalá pudiera estar contigo más rato, pero bueno, nos vemos mañana.

-Por supuesto.

Me levanto y me llevo conmigo el botellín de agua ya vacío. A Vanessa aún le queda por tomarse el croissant y acabar el té. Me dirijo a la barra para atender a unos nuevos clientes que acaban de ingresar en el local y veo a Vanessa sacar su inseparable cuaderno y anotar algo en él. “Pronto habrá una nueva historia”, pienso antes de prestar atención a quienes acaban de llegar.

Puedo oler el aroma a croissant recién hecho…

Hace apenas un par de horas que he terminado de organizar cuantos pedidos he recibido a lo largo de la semana. Estoy nerviosa, pronto llegarán mis primeros clientes, si así las pudiese llamar. En realidad, son muchos más que eso, son amigas. No de esas que se crean en la infancia, no, sino de aquellas que aún sin conocerse en persona consiguen traspasar esa barrera de la amistad.

Observo a mi alrededor. Es justo lo que quería, al fín llegó ese momento esperado en el que puedo ver a lectores enfrascados en libros mientras toman un aromático café, o un té, rodeados de cientos y cientos de volúmenes que esperan pacientes en las estanterías a que llegue su turno. El sonido de varios molinos de café eléctricos rompen el silencio y, aunque no suponen una molestia para el lector, echo de menos aquellos de antaño donde los granos del café se molían a fuerza de brazo. Los recuerdo en casa de mi abuela, eran preciosos, tal y como el que hoy muestro tras la barra de la cafetería salvaguardado en altura y sobre un precioso estante de forja.

El sonido de las campanillas en la entrada me avisan que alguien ingresa en el local. Miro nerviosa a ver quién ese nuevo cliente que traspasa el umbral y descubro con ilusión que son ellas, mis amigas. Sonrío a pesar del temor que supone mostrarles este nuevo pedacito de mí que apenas comienza su andar. Están radiantes y alegres.

Salgo de detrás de la barra para ir a saludarlas y darles un efusivo abrazo. Hace mucho que no hablamos y que estén hoy aquí es todo un acontecimiento para mí.

-Oh la la! -bromea Sandra al ver el local.

-Bienvenidas, chicas. Os he preparado una mesa muy especial.

Sandra y Olga me siguen hasta el lugar reservado para ellas. Es una preciosa mesa de cristal templado y forja en colores crema y hueso que contrastan con la oscuridad del parquet. Las sillas, tan antiguas como la belle epoque, son tan dispares y distintas que consiguen romper con la monótona y uniforme decoración de la cafetería. Todas y cada una de ellas están tapizadas en colores malva, lima y celeste y decoradas con cojines de tonos similares.

-Esta es vuestra mesa -les digo a la par que me inclino para imitar una exagerada reverencia-. Tomad, chicas, os dejo el menú de la cafetería y vengo enseguida.

-Puedo oler el aroma a croissant recién hecho.

Escucho que Olga comenta antes de marcharme.

Olga y Sandra toman asiento y las veo observar la carta con detenimiento mientras mantienen una divertida conversación.

No tardo en regresar con una bandeja donde llevo una preciosa cafetera, una jarrita de leche y tres juegos con tazas, platitos y cucharitas.

-Creo que pediré mi ambrosía favorita: éclair de chocolate. Aunque en mi Madrid querido se llamaría Pepito. Es como masticar distintas historias según el lugar en el que me encuentre -comenta Sandra.

-¿Ya está filosófica de buena mañana? -bromeo con Olga.

-Sí, hija sí.

Reímos.

-Escuchadme, que es interesante. Ya veréis -dice Sandra entre risas-. Veréis el éclair francés nació dulce, lo hizo en el siglo XIX y en castellano “éclair” significa “relámpago”. No porque, como podría alguno barruntarse, dura en la boca lo mismo que un relámpago, sino porque a tal recuerda su brillo cuando recibe la cobertura de chocolate.

»El pepito español, sin embargo, no puso pie en el mundo del yantar bañado en azúcares. Muy al contrario, fiel a estos parajes nuestros y a su gente, que es “la mar de salá”, lo hizo con sabor a sal, pues su mordida, lejos de derramar chocolate, regalaba carne. Y, en gustándome arrimar el ascua a mi sardina y la pluma a mi Madrid, me permito añadir que el pepito es tan gato como quien estas líneas suscribe.

»El pepito de carne nació en el café Fornos, uno de los lugares de condumio y tertulia más famosos del Madrid decimonónico, situado entre las calles Alcalá y Peligros, muy frecuentado por los grandes literatos del momento como Azorín, Galdós o Pío Baroja, y cuyo plato estrella era el “bistec a lo Fornos”, un filete de solomillo a la parrilla cubierto con una loncha de jamón serrano, todo servido sobre una tosta de pan frito en mantequilla y, a modo de guarnición, un balón de patatas soufflé.

»Tamaña sabrosura (con la que intuyo al lector salivando) se avió merced al éxito de otra menos elaborada pero igual de apetitosa ideada por José Martínez Fornos, un zagalillo a quien todos llamaban Pepito y cuyas tardes transcurrían en el café Fornos, porque su tío era José Fornos, regente del lugar. En aquellos años la infantería de babi, cartera y cartilla merendaba un bocadillo de fiambre, y tal recibía Pepito a diario en el café Fornos. Un día de frío, al muchacho se le ocurrió pedir un bocadillo caliente y el cocinero, más tirando de ocasión que de atención, satisfizo el antojo metiendo un filete en el pan.

»Para sorpresa del cocinero, su escasa atención triunfó, porque el invento gustó tanto al niño que, a partir de entonces, solo aceptaba merendar pan y filete. En cuanto los clientes del café¸ acostumbrados todos a verle zascandileando cada tarde por allí, descubrieron el novedoso manjar en sus manos, empezaron a pedir “un bocadillo como el de Pepito”, petitoria que fueron abreviando hasta acabar pidiendo “un pepito”.

»Los años pasaron y, cuando las usanzas galas afrancesaron Madrid, el chocolate y la crema afrancesaron nuestro pepito y de sus tripas se adueñaron. Entre marsellesa y chotis, regreso a mi desayuno en un café francés. Sin embargo, tras este deleitoso viaje en el tiempo, dudo si permanecer en el café soñando con mi éclair de chocolate o acercarme a la calle Alcalá, entrar en el café Fornos y pedir un pepito de carne. Caigo entonces en que, igual que Galdós y Azorín, el café Fornos tiene historia pero es historia y, donde otrora los madrileños solían mimar las muelas con un bocata español, ahora suelen minar la húmeda ante el café americano del Starbucks y tal franquicia funciona hoy en aquel lugar.

-Entonces, ¿te traigo un donut blanco? -bromeo.

-Sí, exacto. -Reímos y marcho de nuevo tras la barra para preparar cuanto falta en los desayunos. Antes de alejarme consigo escuchar a Sandra que con curiosidad le lanza una curiosa pregunta a Olga-. ¿Te imaginas que “Entre vinos hablaos” se convierte en una serie?

-Una serie… un maravilloso sueño!!! -responde Olga.

-¿Qué actores propondrías para los papeles de Juan, Fina y doña Soledad? Bueno, y a la banda sonora también es importante. ¿Qué canción seleccionarías?

-Si tuviera la varita mágica para conseguirlo o la varita viniera a mi, que igual da, creo que bien podrían ser: Eduardo Noriega para el papel de Juan, Inma Cuesta para Fina y para Soledad lo veo complicado.

-¿De qué habláis? -pregunto nada más llegar con la deliciosa bollería que tomaremos con el café y que sirvo de inmediato.

-Soñando con que mi novela se lleve a la pequeña pantalla.

-Bonito sueño -contesto.

-Decía que para el papel de Soledad no sabría que actriz proponer porque como todos sabéis, ella es mi personaje favorito, por eso me gustan varias actrices aunque no sabría por quién decidirme.

-Pues sí, es complicado. Yo no sabría qué elenco elegir en caso de que me dieran esa opción. ¡Por soñar que no quede!

-Exacto. ¿Y tú? -interviene Sandra.

-¿Yo qué? Que no me fio de ti.

-¿Qué acontecimiento del siglo XIX español te hubiera gustado presenciar en vivo y en directo?

-Pues casi seguro que ninguno. -Reímos-. Vivir en aquella época tan convulsa… No sé si me hubiera gustado. Sin embargo, sí hay un acontecimiento que me hubiera gustado. Uno muy romántico, por cierto. Me hubiera gustado ver la boda de Alfonso XII con María de las Mercedes.

-Uy, qué romántica.

-Un poquito.

-Por cierto, una pregunta que me ronda desde hace tiempo en relación a Libelo de Sangre. -Olga deja su café sobre la mesa y se dirige a Sandra sin contemplación sacando su faceta más periodística-. El Derecho tiene un gran protagonismo en Libelo de Sangre. Si no fueras abogada, sobre qué otra profesión hubiera tratado tú novela?

-Seguramente habría girado en torno a una de mis pasiones: el mar. Me gustaría dedicar una novela a aquellos marinos del pasado que, ansiosos de ampliar fronteras, aparcaban el miedo a lo desconocido y, abrazando el anhelo por conocer, se echaban a la mar buscando otras tierras, otras gentes, otros mundos. En particular, escribiría sobre Cristóbal Colón. Me parece un personaje fascinante del que hablamos mucho y, sin embargo, apenas sabemos nada. Un halo de misterio le rodea y toda su trayectoria, descubrimiento de América incluido, anda repleta de interrogantes. ¿Quién sabe? Quizá algún día…

-Jamás me lo hubiera imaginado -intervengo.

-¿No? ¿Por qué?

-No sé, supongo que te imaginaba más como esas mujeres de la historia que superaban con creces los conocimientos de los que debieran tener acceso. Que encuentran entre papeleos la pista que les lleve hasta algún tesoro olvidado. No sé, una especie de mujer de campo, pero obligada a ello, aunque luego viviera una de sus mayores aventuras. Algo así como la bibliotecaria de La Mommia, esa película de aventuras tan divertida y encantadora.

-No estaría mal tampoco, para qué engañarnos -sonríe.

-Y el ajedrez -murmulla Olga.

-¿Cómo? -pregunto con curiosidad.

-Sí, el ajedrez -afirma y vuelve a dirigirse directamente a Sandra-. El ajedrez nos deja grandes reflexiones en tu obra. Si fueras una pieza del tablero, ¿cuál serías?

-¡Toma ya! -intervengo involuntariamente. Me sorprende la pregunta, no vaya yo a negarlo ahora-. Te veo sacando papel y boli.

Olga se ríe.

-No, pero tengo mucha curiosidad.

-Ya veo, ya.

-Mi primer instinto es contestar lo que quizá contestarían muchos: la reina; no en vano es la única pieza con total libertad de movimiento. Sin embargo, tras darle una vuelta, prefiero el “peón coronado”, aquel que, cruzado todo el tablero escaque a escaque, llega al final y ya no puede avanzar más. Debe entonces cambiarse por otra pieza, menos un peón o el rey. Este logro se llama “coronación” y el peón victorioso recibe el nombre de “peón coronado”.

-Ah, pues tampoco apuntas alto -bromeo.

-¡Por supuesto! -Reímos-. Pero, yo quisiera ser un peón coronado convertido en reina, porque, en mi opinión, sabe mejor alcanzar la cumbre que nacer en ella. Quien nace en la cumbre tiene complicado valorar su suerte. Nunca experimentó la otra cara de la moneda, y, cuando existen dos vertientes y solo se conoce una, cualquier comparación fracasa. Sin embargo, quien corona la cumbre tras escalar la montaña disfruta cada momento; no en vano lo conquistado place más que lo regalado.

-Que bonita filosofía, la verdad.

-Desde luego. Esta mujer encandila a cualquiera que la escuche -dice Olga.

-Que tu no, ¿verdad? -respondo-. Bueno, yo que me he ganado el papel de moderadora le doy la palabra a Sandra que se lo ha ganado. ¡Revancha!

-Venga, pues si hubieras sido Juan, ¿qué crees que habrías hecho en el mismo momento en que Elías estaba asesinando a Gregorio?

Suspiro. Es una muy buena pregunta, personal y directa. Observo a Olga que toma un nuevo sorbo de café y suspira antes de contesatar.

-Si yo hubiera sido el Juan de 8 años en aquel preciso instante, estoy segura que hubiera sentido el mismo impulso que él sintió. El impetuoso deseo de cometer con el asesino el mismo acto que él estaba llevando a cabo. Sin embargo y por fortuna, el paso de los años nos imprimen madurez, la perspectiva del tiempo, templanza y la vida, aprendizaje. -Hace un pequeño alto e inspira profundamente antes de continuar. Se nota que es una historia tan personal que aún duele-. Juan nunca habló de ello, nunca dejó salir una palabra y muy bien que hizo porque, para qué hacerlo. Los planes se van modelando en función de lo que vives y no del primer impulso.

Las tres nos quedamos unos minutos en silencio pensando en cuanto se ha comentado y saboreando los últimos restos del desayuno. Termino mi café y las observo. Tan grandes y tan humildes. ¿Qué gran futuro les deparará la vida?

-Chicas, tengo que seguir. Mi descanso llega a su fin, pero me gustaría saber si tenéis alguna cita literaria en el futuro. Quizás pueda escaparme e ir a veros pues, ahora me toca a mí.

-Afortunadamente hay cerradas bastantes. Por delante, varias presentaciones, la Feria del libro de Madrid, Octubre Negro, varios clubs de lectura por diferentes provincias donde acudiré de forma presencial, Semana Novela histórica de Cartagena, Andújar, La Rioja, Alicante… Y varios encuentros más que iré anunciando poco a poco -responde Olga con ilusión.

-¡Genial! Buen panorama.

-Bueno, la verdad es que nos ha encantado el lugar y es probable que repitamos visita, pero creo que va siendo hora de marcharnos y dejarte trabajar -dice Sandra mientras coge su bolso.

-Ha estado genial, de verdad -interviene Olga.

-Muchísimas gracias, chicas, por haber venido a ver mi nuevo espacio y por pasar este rato tan maravilloso conmigo.

Nos despedimos entre abrazos y promesas. Las veo marchar y desaparecer tras la puerta.

“Ha sido un encuentro maravilloso”, pienso mientras recojo la vajilla de la mesa y paso un trapo limpio sobre ella.


Debido a las restricciones por Covid, no se atenderá sin cita previa.

Si quieres acercarte y visitarme en esta cafetería virtual, solo tienes que escribirme a mireiagimenezhigon.autora@gmail.com poniendo en el asunto “CITA TINTA CON OLOR A CAFÉ + NOMBRE”

Entrevistas y reseñas

Buenos días,

Aunque en mi página de Facebook ya he compartido estas y otras reseñas y entrevistas, no lo he hecho por este medio. Es posible que lo tenga un poquito más abandonado, pero pronto pasará porque, además de éstas y otras entradas que tenía pendientes, se acerca una nueva sección que en Septiembre verá la luz. Una sección que contará con amigos invitados, con personas a quienes admiro y que formarán parte de un mundo maravilloso y que espero que os guste.

No me enrollo más, bueno sí, un poquito porque este sábado presentaré Toletum en una localidad maravillosa con la que siempre cuento y me arropan como si fuera hija de cada vecino del pueblo. Os hablo de Cárrica, sí, ese maravilloso lugar donde comienza mi anterior novela “El viaje que se convirtió en leyenda” y que, por supuesto, presenté allí también, en el mismo sitio en le que lo haré el sábado, hace justo un año. Sin más os invito a que os acerquéis y disfrutar juntos de un atardecer inolvidable.

ENTREVISTAS Y RESEÑAS

Este mes está siendo maravilloso. Jamás pensé que Toletum me daría tanto en tan poco tiempo y no sería lo mismo si no compartiera mi ilusión con todos vosotros pues, a fin de cuentas, sois los culpables de que todo esto suceda a un ritmo tan vertiginoso.

Todo comenzó con la noticia en la que se elegía Toletum como lectura conjunta en el Club de Lectura de Novela Histórica de Facebook donde me están regalando momentos inolvidables.

Después llegó familialectorade4.blogspot.com con una reseña espectacular suyo enlace os comparto a continuación:

RESEÑA TOLETUM

Por último, y en tan solo unas horas, llegaron dos grandes acontecimientos que me llenaron de júbilo. Por un lado, la revista The Citizen incluía mi novela entre las diez obras para leer este verano y, por otro lado, un maravilloso Manuel Avilés me entrevistaba para Onda Cero. Como no sabría explicar con palabras cuanto me aportaron, os comparto sendos enlaces para que lo leáis y escuchéis con vuestros propios sentidos.

TRAS LOS PASOS DE TOLETUM (III)

3 SITUACIÓN HISTÓRICA EN LA ESPAÑA DE 1841

Sé que os debo una entrada por el domingo pasado, pero las circunstancias, y que se trataba de un día señalado en el calendario, hicieron que se retrasara hasta hoy. En esta ocasión, no serán mis letras las que os acompañen en la lectura, sino las del historiador Jonatan Romero Perez, quien tuvo a bien escribir la contextualización histórica que acompaña a la novela. Creo que es un indispensable en cualquier obra que el lector comprenda y conozca las razones que llevan a los personajes, históricos o no, a realizar ciertas acciones. Del mismo modo, también creo que los lectores consiguen situarse mejor en el contexto cuando un tecnócrata en la materia expone de manera simple y adecuada los valores de una época en concreto.

CONTEXTUALIZACIÓN HISTÓRICA

El siglo XIX se inicia en España con una terrible guerra, cuyo efecto y consecuencias comienzan a resquebrajar las estructuras del Antiguo Régimen, dando paso a una nueva etapa caracterizada por el advenimiento y desarrollo del estado liberal. Este cambio, aparentemente revolucionario, será sin embargo el inicio de un camino lento, un sendero lleno de grandes contradicciones en los que la nueva organización sociopolítica convivirá con muchos elementos del régimen anterior y provocará un clima de conflicto social y político cuyas consecuencias se extenderán hasta bien entrado el siglo XX.

La España surgida de la Guerra de Independencia (1808-1814) es la de un país conmocionado, dividido y convulso. La guerra ha provocado una elevadísima mortandad en una sociedad preindustrial, la destrucción del tejido productivo, de infraestructuras, así como la desarticulación de la organización política y hacendística. Franceses e ingleses han combatido en su territorio sin cuartel dejando el país en unas condiciones miserables. Pero no solo ha sido una guerra contra una ocupación extranjera. Ha sido también una guerra civil, en la que absolutistas, moderados, liberales, afrancesados, han ido tomando posiciones y formando bandos que condicionarán la política española en las siguientes décadas.

El liderazgo de Fernando VII, rey de iure desde 1808, no ayuda a mejorar la situación. Ferviente defensor del absolutismo real, pero poco dotado para los asuntos de gobierno en un país arruinado y necesitado de dirección, ha de hacer frente la doble amenaza del creciente movimiento liberal y a las insurrecciones en los virreinatos americanos, que aprovechan su debilidad para iniciar el proceso irreversible hacia su independencia.

Los recursos son insuficientes para atajar la rebelión y, finalmente, el imperio americano se verá reducido a las posesiones antillanas, que se mantendrán hasta la guerra de cuba. Más suerte tuvo en su política interna en la que, con el apoyo de las potencias europeas extranjeras, pudo mantener el control a pesar de la oposición liberal y su breve triunfo durante el Trienio liberal (1820-1823).

Sus últimos años de reinado, aunque aparentemente fuertes, verán crecer las expectativas de los sectores más moderados del liberalismo. La necesidad de frenar la oposición y apuntalar a su sucesora frente a las aspiraciones del sector más conservador del absolutismo agrupado en torno a su hermano Carlos María Isidro, tejerán una alianza entre moderados de ambas tendencias, que serán el apoyo más firme de la regente María Cristina tras el fallecimiento del rey en 1833.

Una nueva guerra civil amenazaba España. El pretendiente Carlos se proclama rey y levanta gran parte del país contra el gobierno de su sobrina Isabel y de la regencia. La guerra, aunque localizada especialmente en ciertas regiones del norte, Mediterráneo y la Meseta norte, llega a amenazar la estabilidad del gobierno que, finalmente se ve obligado a ir más allá en las concesiones a los liberales y dotar a España de una Estatuto Real (1834) primero y, finalmente, de una segunda Constitución (1837).

La guerra supuso un gran esfuerzo. La hacienda real fue reorganizada y los recursos aumentados. La desamortización desmanteló rápidamente gran parte de las estructuras feudales existentes en el campo, pero empeoró paradójicamente la situación del campesinado, que perdieron sus derechos de explotación seculares, frente a los nuevos grandes terratenientes capitalistas, pasando en gran parte a la situación de jornaleros.

La burguesía, por su parte, floreció en las ciudades, sustituyendo y emparentando con la antigua nobleza terrateniente. Aparecieron grandes fortunas que comenzaron a dirigir los destinos del país, aunque el despegue industrial todavía fue lento e incompleto ya que en muchos casos se invirtió en tierras y grandes explotaciones agrícolas.

La guerra, aunque perdura en determinados territorios, termina de facto con el convenio de Vergara (1839), protagonizado por el general cristino Espartero y el general carlista Maroto. Espartero, encumbrado tras el conflicto, comienza a rivalizar con la regente en el poder dando finalmente un golpe de estado en 1840 sustituyéndola y provocando su exilio. Carlistas y partidarios de María Cristina, así como opositores al nuevo regente, han de optar, en muchos casos, por el exilio esperando un cambio de rumbo en la península. La madre de Isabel no cesó nunca en su empeño de recuperar una regencia que consideraba le correspondía por derecho y sus agentes en España conspiraron para tratar de contrarrestar el poder de Espartero aprovechando su tendencia a crearse enemigos internos.

Pero para la mayoría de los españoles, estas peleas escapaban a su comprensión y a sus problemas diarios, ya que, exceptuando la minoría dirigente e ilustrada, la mayor parte del país seguía viviendo en condiciones muy precarias. No obstante, las ciudades poco a poco crecían, y la burguesía urbana comenzaba a desplegar su poder como nueva oligarquía dominante, mostrando su riqueza e influencia en sus casas, en la vestimenta, en sus costumbres y hábitos, en sus reuniones sociales. Teatros, cafés y clubs políticos mostraban el pulso de nuevo tipo de sociedad, cada vez más alejada del Antiguo Régimen y cercana a las nuevas modas de la época industrial.

Toledo, ciudad imperial, antigua capital visigoda y urbe medieval, no vivía su mejor época. Como otras grandes ciudades medievales de la meseta castellana, su importancia había caído frente a las nuevas áreas industriales del Norte y el Mediterráneo y, sobre todo, frente al crecimiento de Madrid. Pero su pasado seguía vivo, y ese estancamiento permitió que gran parte de su patrimonio no desapareciera bajo los nuevos tiempos. De esta manera, la ciudad museo que contemplaron los personajes de esta novela sigue en gran parte en pie, y puede ser visitada y recorrida casi en la misma atmósfera que en aquellos románticos años cuarenta del siglo XIX.


TOLETUM

En una España herida de mediados del siglo XIX, una reliquia legendaria escondida en las misteriosas calles de Toledo será el detonante que enfrentará a nobles, regios y antiguas sociedades secretas, que no cederán ante nada ni nadie con tal de hacerse con el preciado tesoro.


El futuro de España está en juego.
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TRAS LOS PASOS DE TOLETUM (II)

2 LA ISLA DE LAS TORTUGAS

Uno de los primeros escenarios que aparecen en la novela es la llamada Isla de las Tortugas o Isla Tortuga que, a pesar de ser un escenario de paso, ha despertado cierto interés entre quienes ya leyeron “Toletum”. Estoy convencida de que la razón principal de que esto haya sucedido es gracias a las películas de Disney, la saga Los Piratas del Caribe, con Jhonny Depp al frente del elenco. En cualquier caso, creo que es un lugar repleto de leyendas y grandes historias dignas de rescatar.

Comenzamos su historia murmurando un nombre: Cristóbal Colón. Fue él quién declaró este pedazo de tierra violentada como parte de la corona española, quién arribó a su costa en diciembre de 1492 y, divertido por la forma que poseía, decidió llamarla Isla de la Tortuga. Imposible de tomar desde su zona norte (conocida por sus montañas infranqueables como Costa de Hierro) y dueña de un excelente refugio marítimo al sur, supuso un enclave estupendo para criar ganado vacuno durante los primeros años de posesión española. Tan pequeña, a partir de 1502 la isla formaba parte de la gobernación de La Española, bajo el control administrativo y militar de Nicolás de Ovando.

Ovando no era ningún genio. No tardó en perder el norte de La Española y la isla de la Tortuga a manos de colonos ingleses, franceses y renegados españoles procedentes de la isla de San Cristóbal. El combate fue violento y breve. España no volvería a tener el control de Tortuga hasta un siglo y medio después, aunque antes la intentaría recuperar en diversas ocasiones con catastróficos resultados.

Los bucaneros (individuos dedicados a la caza de carne para luego ahumarla a la bucán y venderla) se asentaron cómodamente en la isla y, plantando y vendiendo tabaco a la vez que la carne a los holandeses, consiguieron su protección frente al poderío militar del Imperio español. Para enfado de España, que había dejado claro que no toleraría el libre comercio en el Caribe español e hizo todo lo posible por evitarlo durante el siguiente siglo. Ya sabemos, sin éxito. También ocurrió una conquista británica en el año 1636, victoriosa durante cuatro años breves.

El reinado de Levasseur

Los árboles de Tortuga tiemblan al pronunciar el segundo nombre, temen que su dueño reaparezca con motivo de algún pacto que fraguó con las partes más profundas de su tierra hechizada. François Levasseur. Oficial de la Armada francesa bajo el mando del teniente general Philippe de Poincy y hostigador inmisericorde de los hombres santos.

Por órdenes de su superior, Levasseur arrebató la isla a los ingleses en un duro combate que terminó el 31 de agosto de 1640, fue nombrado gobernador de la misma y rápidamente trabó amistad con bucaneros y cultivadores de tabaco, además de los filibusteros (bucaneros llevados por el mal camino que atacaban desde pequeñas embarcaciones a los galeones españoles). Apoyado por estos, proclamó una especie de República independiente en la isla y se distanció del gobierno francés. Fue en este momento, susurran los árboles de Tortuga, cuando se abrió definitivamente el dique de la leyenda pirata entre nuestras ramas.

Filibusteros y bucaneros se aliaron con Levasseur para crear la Cofradía de los Hermanos de la Costa, algo así como la Hermandad de los Piratas que se menciona de manera ficticia en Piratas del Caribe. Las normas de esta despiadada cofradía eran simples: se compartían los botines a partes iguales entre todos sus integrantes y existía cierto orden democrático a la hora de elegir sus líderes. Levasseur tomó todas las medidas posibles para hacer de la isla una imposible de tomar, construyó una fortaleza llamada La Roca para defender los puertos vulnerables de la costa sur y en su interior situó una terrible cárcel donde encerrar a sus opositores. A esta cárcel la llamó El Purgatorio y a la terrible máquina que utilizaba para torturar a sus víctimas, El Infierno.

La ambición es sana hasta cierto punto. Cegado por las riquezas que los filibusteros traían a la isla, envalentonado por su poder y sediento de más, más riquezas y mucho más poder, terminó definitivamente toda relación con Francia y comenzó a enfrentarse a la Cofradía. El tirano murió acuchillado por su propio ahijado tras un motín en la isla.

La edad dorada de la piratería

Aprovechando la muerte de Levasseur y el revuelo del motín, el capitán general de Santo Domingo, Juan Francisco Montemayor, atacó la isla y consiguió conquistarla en nada más que ocho días. Era enero de 1654 pero esta pequeña victoria fue tan heroica como breve. No habría de pasar más de un año hasta que el gobernador de Santo Domingo retiró la guarnición española de Tortuga para proteger La Española de un posible ataque inglés, enterró los 40 cañones que la defendían y se dijo “si te he visto no me acuerdo”. Seis meses después los filibusteros ingleses y franceses regresaron a la isla.

Ingleses y franceses, ambos enemigos acérrimos de España en esta época, se dijeron que esta vez lo harían mejor. Decidieron gobernar la isla en conjunto con la Cofradía de los Hermanos de la Costa, en un macabro ménage à trois colonial que, tras nombrar gobernador a un viejo cofrade, permitió atacar con mayor precisión a los buques españoles. La guinda en el pastel vino cuando los españoles acabaron con el ganado de la zona norte de La Española, en un pésimo intento por expulsar a los bucaneros, lo que llevó a que los pocos que no se habían afiliado con el gobierno de Tortuga acudiesen para prestar sus servicios. Podría decirse que fue en este momento, al completarse el abrazo de los bucaneros con la vida del pirata que es la vida mejor, cuando comenzaron los famosos años de piratería en el Caribe. Con Tortuga como base.

En un movimiento perfecto, el gobernador de Tortuga, Bertrand d´Oregon, diluyó algunas de las ideas más incómodas de la Cofradía en su isla, abrió la puerta a la entrada de colonos franceses y mitigó la influencia británica casi hasta hacerla desaparecer. Puede decirse que la isla de la Tortuga no fue tanto un territorio anárquico ocupado por piratas de todo pelaje, como nos indican las películas, sino una colonia francesa ligeramente independiente desde la que salían peligrosos buques tripulados por renegados de todo el mundo. Con un objetivo fijo en mente: desestabilizar el dominio español en las Américas.

Uno podría pensar que este fue el origen de la Legión Extranjera, aunque solo fuera como idea.

No es país para viejos

A partir de este momento, se barajan las leyendas con la realidad. Piratas de nombre infame como Henry Morgan o François el Olonés, dueños de importantes flotas de hasta 40 embarcaciones y miles de hombres, salían desde Tortuga para masacrar a los españoles. Abordaban barcos cargados de perlas y regresaban victoriosos. Monarcas del Viejo Continente les otorgaban títulos nobiliarios. Famosos marinos sucumbían bajo el sabor áspero de sus cañones. Las aguas del Caribe no eran país para viejos.

Pero no eran más que un puñado de nombres. La realidad es que la vida pirata no era para nada la mejor, por esta razón necesitaban correr a esconderse de España en su pequeña isla. Se enfrentaban a una poderosa potencia militar con territorios repartidos por todo el mundo, sustentada con veteranos de tantas batallas, si no más, que las vividas por los piratas.

La vida de los infelices terminaba por lo general a manos del acero toledano o, en todo caso, alcoholizada como la de Morgan. Ni siquiera el Olonés se libró de una muerte terrible cuando fue descuartizado por indígenas en Panamá. La dificultad de sobrevivir para los piratas y las traiciones que llevaron a cabo entre ellos mismos, unidas a las disputas entre ingleses, franceses y holandeses por controlar Tortuga, llevó a que para finales del siglo XVII no fuera más que una sombra de lo que pudo ser. Descuartizada por sus propios hombres y rematada por España. Casi deshabitada porque sus paisanos colgaban de las sogas de Santo Domingo.

Así termina la historia que nos cuentan los árboles de la isla, todavía alertas al respirar aromas parecidos a la pólvora. Saben que esta época ha pasado pero también aprendieron, por los besos del fuego, que el ser humano puede ser una criatura avariciosa e impredecible. Lo cantan los árboles, como un lamento: nunca saben cuando volveremos a atacar.

Nos vemos la próxima semana con un nuevo artículo en Tras los pasos de Toletum

Fuentes:


TOLETUM

En una España herida de mediados del siglo XIX, una reliquia legendaria escondida en las misteriosas calles de Toledo será el detonante que enfrentará a nobles, regios y antiguas sociedades secretas, que no cederán ante nada ni nadie con tal de hacerse con el preciado tesoro.


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TRAS LOS PASOS DE TOLETUM (I)

1 VISITA AL TOLEDO DEL SIGLO XX Y SU HISTORIA

Hace apenas un mes que salió a la venta mi última novela: Toletum, una aventura de otra época. Sin embargo, quienes me siguen en redes la descubrieron hace ya mucho tiempo cuando, cada fin de semana, colgaba un fragmento de esta misma historia en mi página de Facebook. Al principio, Toletum, no era más que un relato que, poco a poco, fue tomando forma; pero esta es otra historia que ya os contaré. Lo importante de hoy es que, a la par que compartía estos fragmentos enlazados, también iba dando espacio a los diferentes escenarios y curiosidades que iban apareciendo en los mismos y, así, es como llegamos al día de hoy.

Desde hace unos días pensaba en recuperar esos escenarios y curiosidades en una serie de artículos que iré publicando en mi blog y que espero que sean de vuestro interés. Y, por supuesto, en caso de no haber leído la obra, os termine abriendo el apetito para devorar esta obra llamada: Toletum.

En esta ocasión, me gustaría comenzar con el último viaje que realicé a Toledo antes de que esta dichosa pandemia azotara a toda la humanidad y al estilo de vida hasta entonces conocido. Había entonces, y aún existe, una pulsera turística maravillosa con la que podías visitar hasta siete monumentos por tan solo 10€ (antes costaba 9€). Una opción estupenda para quienes queráis viajar y visitar esta ciudad, este museo al aire libre.

Era febrero de 2018 cuando…

“Hace apenas unos días que regresé de mi último viaje, en esta ocasión, uno de los destinos fue mi admirada Toledo, ciudad de las tres culturas. No hay año que no visite sus monumentos y recorra sus calles que suponen un verdadero placer para todos y cada uno de mis sentidos. La razón de este artículo es hablaros de una económica opción que nos permite por tan sólo nueve euros visitar hasta siete de sus emblemáticos edificios históricos, y de paso, describiros de manera muy escueta de qué os hablo exactamente.

Esta preciosa panorámica pude realizarla gracias al primer monumento del que os voy a hablar y que, por supuesto, podréis visitar con vuestra pulsera turística. Os hablo de la Iglesia de los Jesuitas, anteriormente conocida como la iglesia de San Ildefonso. Su construcción comenzó en el 1629 siguiendo un modelo de planta de sus hermanas jesuitas de Palencia y Alcalá de Henares. Esta iglesia podréis encontrarla enclavada entre las calles de San Román y Alfonso XII, siendo su fachada principal dirigida hacia la Catedral de Toledo. En esta ocasión, el motivo principal de la visita de este monumento es la subida a las torres, siendo el punto más alto de toda la ciudad y desde donde se puede contemplar más allá del propio callejero toledano.

De aquí nos dirigiremos a la antigua Mezquita del Cristo de la luz que fue construida en el año 999-1000 en la zona residencial del Toledo musulman y que perteneció a la época Califal. En su interior, doce arcos de herradura se entrelazan y descansan sobre las columnas creando una estancia en perfecta armonía con su fachada. En esta podemos ver inscripciones realizadas en ladrillo recortado ofreciendo el mejor documento histórico de la mezquita. Es un pequeño monumento donde podréis ver uno de los ábsides de origen Cristiano más antiguo que imitaron las restantes construcciones del mudéjar toledano. Y, para terminar sin contar más de la cuenta, os pediré que os fijéis en los arcos externos polilobulados con restos de policromía que embellecen la fachada noroeste de la mezquita.

No podía dejar pasar este monumento sin contaros la leyenda que se describe en él, más aún sabiendo mi predilección por las mismas. Como suelen comenzar estas narraciones quienes las cuentas os diré que… “Cuenta la leyenda, que el día que entró Alfonso VI en Toledo en 1085, su caballó hincó la rodilla en una losa blanca delante de la mezquita, entraron en el templo y vieron una luz que provenía de una pared. Excavaron y encontraron un cristo crucificado que había sido escondido allí, para protegerlo, junto con una lamparita que seguía ardiendo, así que le llamaron el Cristo de la Luz y, a la mezquita, Ermita del Cristo de la Luz.”

Terminada la visita del Cristo de la Luz, encaminaremos nuestros pasos hacia El Entierro del Señor Orgaz. En este lugar podremos admirar la obra más conocida y valorada de El Greco, pintor nacido en Creta en el año de 1541 y que se afincó en la ciudad de Toledo hacia el 1577. Aquí recibió el encargo de pintar la obra de la que hablamos por encargo del párroco de la Iglesia de Santo Tomé. Se trataba de representar una historia local, el milagroso entierro de don Gonzalo Ruiz, un piadoso caballero que falleció en el 1323 y que, al parecer, se distinguió por su generosidad para con los religiosos toledanos.

De aquí pasearemos por las pedregosas calles de Toledo hasta llegar a nuestro siguiente destino: la Iglesia del Salvador. Por desgracia, esta iglesia sufrió varios incendios, siendo el peor de todos el acontecido en 1823, donde tuvieron que rehacer parte de la iglesia, desapareciendo una de las arquerías y parte del edificio. En los años 50 se reconstruyeron ambas partes y la última restauración se realizó en el 2009. Es por ello que poco se puede ver de su origen, no obstante, hay una peculiaridad que sobrevivió a las desavenencias de la crueldad del tiempo. Una pilastra de época visigoda se mantiene en pie ofreciendo a los visitantes un testigo vivo de los siglos IV-VII.

Sinagoga Santa María la Blanca

Nos dirigimos ahora hacia el Real Colegio de Doncellas nobles donde dos son sus joyas. Por un lado nos encontraremos con el sepulcro del Cardenal Silíceo que falleció en el 1557; nacido en una familia humilde, estudió en París y fue autor de numerosas publicaciones. En el sepulcro queda representada primorosamente la figura yacente del cardenal con magníficos detalles en su vestimenta litúrgica. Por otro lado, no hay que dejar de visitar la Sala Rectoral de aspecto decimonónico que nos evoca el lugar donde se celebraron los actos más solemnes de la vida del Real Colegio.

Ahora sí, nos trasladamos ya a los dos grandes monumentos de esta opción turística de la que hablé al principio. La primera parada será en la Sinagoga de Santa María la Blanca.

Santa María la Blanca fue la antigua sinagoga mayor de la judería de Toledo, teniendo culto judío hasta el 1411 año en el que fue consagrada como templo cristiano. Como veréis en la foto anterior, la belleza de sus yeserías y la blanca luz que penetra en su interior, invitan al paseo y la meditación, mientras se disfruta del enorme bosque que forman sus columnas.

Y, por último, visitaremos el Monasterio de San Juan de los Reyes que fue construído como homenaje a la batalla de Toro y al nacimiento del hijo de los Reyes Católicos, Juan. En principio, esta edificación comenzó su construcción para ser mausoleo real allá por el año de 1477, sin embargo, la conquista del reino de Granada en 1492 hizo variar su primer propósito, ordenando ser sepultados en la nueva ciudad cristiana. En este monumento histórico podréis admirar tres grandes espacios: la Capilla Mayor, el Claustro bajo y el Claustro alto“.

Espero que este pequeño avance virtual de la ciudad, que es escenario principal de Toletum, os haya gustado pues os espero la próxima semana con un nuevo artículo en el que os hablaré de otro de los escenarios que, aunque tan solo aparece al principio de la historia, tiene un especial interés personal tanto por su historia como por cuántas leyendas se han creado a su alrededor.


TOLETUM

En una España herida de mediados del siglo XIX, una reliquia legendaria escondida en las misteriosas calles de Toledo será el detonante que enfrentará a nobles, regios y antiguas sociedades secretas, que no cederán ante nada ni nadie con tal de hacerse con el preciado tesoro.


El futuro de España está en juego.
El final de una estirpe se acerca.
Solo uno conseguirá la reliquia

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