LA ARQUEÓLOGA

El Sol de la mañana se filtraba entre las suaves cortinas malvas para iluminar con cierto sigilo el interior de la habitación. Noelia frunció el ceño al notar en su rostro esa luz tan molesta e intentó esconderse de su cálido visitante bajo las sábanas. Por desgracia, cierto aparato acomodado en su mesita consideró que era ya la hora perfecta para comenzar una nueva jornada.

Tras unos cuantos bostezos, estiramientos sin salir de la cama y una revitalizante ducha tibia, sólo quedaba enfundarse su traje de dos piezas y sus zapatos azul oscuro que tanto le gustaban. Por último, cogió su bolso y el maletín de trabajo y salió directa a la parada del metro que le llevaría hasta la mismísima entrada de la Universidad. El mismo edificio que le había acogido durante sus estudios de Geografía e Historia, el mismo que albergó el su máster en arqueología y el que le estaba ofreciendo la oportunidad de conseguir su tan ansiado doctorado. Pero, mientras, había conseguido un puesto interino que le permitía seguir trabajando en su proyecto y, además, dedicarle tiempo a la obsesión de su padre.

Según avanzaba por los pasillos de la facultad el pesado recuerdo de su progenitor se iba haciendo más y más patente. Decenas de vitrinas salvaguardaban las reliquias que su padre había donado tras sus expediciones arquitectónicas. Noelia siempre le imploraba para que le dejara ir con él, abogaba a la necesidad de trabajar en el propio campo pues consideraba que un buen arqueólogo no se forjaba entre libros polvorientos. Por desgracia, siempre obtenía una negativa por respuesta. Su padre jamás cedía ante su chantaje emocional y, siempre terminaba encomendándole alguna tarea de localización geográfica. No es que no le gustara la idea, pues aquellas cartas o mapas de siglos pasados le resultaban más que apasionantes. Pensar en las vicisitudes que debían haber solventado aquellos hombres de mar con la única misión de describir las costas terrestres le parecía, poco menos que, increíble. Tan ensimismada se hallaba que no recordó en qué momento había llegado hasta su despacho. No era exactamente suyo, sino más bien lo compartía con otros jóvenes y no tan jóvenes que, como ella, intentaban encontrar su hueco en el mundo de la docencia universitaria. No obstante, sí tenían su parcela y hacia ella se dirigió Noelia sin mayor entretenimiento. Aún no había llegado nadie más, así es que la joven dejó su bolso y maletín sobre su puesto de trabajo y se acercó hasta la máquina de café que tenían en la sala. Cogió su amarga y humeante bebida y regresó hasta su puesto de trabajo.

Tenía toda la mesa llena de carpetas y papeles sin un orden aparente que, gracias a Dios, ella sí entendía. En cualquier caso, decidió que era buen momento para organizar un poco todo aquel desorden. Apartó tanto bolso como maletín y, entonces, es cuando se dio cuenta de un paquete envuelto en tela vieja y atado con un cordón que habían depositado sobre su mesa. Lo cogió un tanto sorprendida y lo volteó en busca de alguna reseña que le indicara cuál era su origen. No había nada. Finalmente, decidió estirar de uno de los capos de la cuerda para deshacer el lazo que mantenía atado el paquete. Lo desenvolvió con cuidado y lo que descubrió en su interior hizo que se quedara petrificada.

Parecía un antiguo diario cuyos lomos olían a cuero estropeado por el paso de los años. Era de un color marrón con matices rojizos y quedaba cerrado por un delicado pasador de hierro carcomido y ennegrecido. Lo cogió con ambas manos observándolo con temor a que se desintegrara o quedara reducido a arena con sólo mirarlo. Dudó en abrirlo hasta que reparó en un sobre, también envejecido por el paso del tiempo, pero con notoria modernidad con respecto al cuaderno de cuero. Dejó a un lado el diario con sumo cuidado y cogió el sobre. Para su sorpresa aparecía escrito, con tinta azul, casi absorbida por completo en el papel, su propio nombre: Noelia Rosablanca Dorellana. Y, allí donde debía estar el remitente, había un sello de lacre marrón. No conseguía ver bien cuál era el dibujo que se marcaba en la cera; se acercó a la luz para comprobar que era fiel reflejo del anillo que su padre siempre llevaba en su mano derecha. Aquel paquete, fuera lo que fuera, lo había enviado él. El hombre que le había criado, le había inculcado su oficio y, después, había desaparecido dejándola completamente sola.

Con cierto temblor consiguió abrir el sobre sin romper el sello pues, por alguna razón, necesitaba mantenerlo intacto y guardarlo junto a ella para siempre. Como si aquello hiciera de su dolor, un sentimiento más llevadero. En cualquier caso, comenzó a leer en el silencio de la sala.

“Mi querida hija Noelia;

Siento que vuelvas a saber de mi existencia a través de esta misiva llena de nostalgia. Bien sabes que me encuentro en tierras suramericanas en busca de un gran hallazgo que nos llevará para siempre en los libros de historia. Te conozco y sé de tu valía y es por eso que encomiendo esta ardua tarea y a mí mismo en tu persona. Hija mía, debes hacer acopio de todo tu valor, de todos tus conocimientos adquiridos por el paso de los tiempos y seguir estas pequeñas directrices.

Deberás aguardar hasta llegar a un lugar seguro para leer el diario que te mando pues no es otro que los escritos escondidos de uno de nuestros grandes conquistadores que llegaron a estas tierras a las órdenes de Francisco Pizarro. Tienes que ir a la casa de tu viejo padre, allí encontrarás la llave. «Donde reposa la independencia de la luz y la sangre se esconde la clave.»

Hija mía, debo despedirme aquí y ahora, pues el volvernos a ver puede resultar imposible. He conseguido salvar el diario y hacértelo llegar por mediación de un mercader de la zona que accedió bajo una suculenta suma como recompensa.

Mi querida Noelia, no puedo contarte más de lo que ya viene escrito. Lo demás llegarás a conocer cuando recuerdes donde reposa la independencia de la luz y la sangre. Recuérdalo.

Eternamente orgulloso,

Tu padre.”

Un eléctrico escalofrío recorrió todo su cuerpo haciéndole reaccionar y guardando con avidez el diario en su envoltorio y escondiéndolo en el interior de su bolso. Cogió la carta para guardarla en el sobre donde venía y, en ese instante vio que había algo más en su interior. Abrió de forma exagerada el sobre y descubrió que contenía una especie de lámina dorada. La sacó con cuidado para examinarla mejor. Realmente parecía oro; sí, oro puro y sin tratar. Gravado en él había unas pequeñas señas, como runas. Parecían símbolos de la época precolombina, en los albores del siglo XIV. Por suerte era su época favorita, la cultura en la que esperaba especializarse.

Comprobó con cautela cada símbolo. Repitió hasta diez veces su lectura hasta estar completamente segura de lo que su mente intentaba renegar. ¿Sería posible? La duda llegaba a ofenderla, más por la fe declarada hacia su padre que por su propia idoneidad para comprender.

¿Habría localizado su predecesor el legendario pueblo de El Dorado?

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