Relato: La arqueóloga

Queridos amigos y seguidores;

Hoy os traigo un relato que escribí para una antología publicada en exclusiva para los asistentes a un evento literario al que asistí en Madrid. Lo he compartido en alguna ocasión en mi página de Facebook, pero sé que muchos de vosotros leeis en ebook porque resulta muchísimo más cómodo. El relato bien podría ser el inicio de una aventura. ¿Qué opinais? Espero vuestros comentarios 😉

Descárgate el relato en el siguiente enlace (formato pdf)

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EL BARBERO DE VALENCIA

LA VUELTA A ESPAÑA EN 80 LEYENDAS, es una sección en la que recorremos juntos todas y cada uno de las leyendas y grandes narraciones que acontecieron en tiempos remotos de nuestra historia. Una España repleta de grandes gestas, de mitos, de cuentos y pergaminos.

Hoy: El barbero de Valencia. Leyenda nº15

El barbero de Valencia

“Corrían los años setenta del pasado siglo. Yo solía visitar a un amigo de mis padres, el jurisconsulto Manuel Marqués Segarra quien poseía, en su casa de la plaza del Conde de Carlet, una nutrida biblioteca sobre historia local y derecho valenciano,  de  hecho  Marqués  había  escrito  dos  obras  sobre  derecho foral valenciano y también sobre poesía, además de bastantes artículos en revistas y publicaciones especializadas. Pertenecía al círculo humanista formado por amigos como Pedro de Valencia, Genaro Lahuerta, Domínguez Barberá, Rafael Duyos, Carreres Zacarés o Gil y Calpe, y era un entusiasta de la poesía de Garcilaso y Boscán. En  mis  visitas  siempre  hablábamos  de  arte,  de  historia  y,  sobre todo, de libros antiguos. Yo sentía curiosidad por aquellos antiguos que engrosaban su colección, los que principalmente se hallaban repartidos entre su despacho y una habitación forrada de estanterías. Marqués, por entonces,  rondaba  los  70  años,  no  tenía  hijos  y  vivía  con  su  hermana  Josefina  que,  recuerdo,  era  algo  mayor.  Un día me manifestó que le preocupaba dónde irían a para sus libros. Yo le comenté mi deseo de comprarlos pero pagándolos poco a poco ya que mi economía era limitada. Así sucedió. En cada visita separaba unas cuantas obras que el bibliófilo valoraba –tengo que confesar a un buen precio– y acompañado de Rafa, mi hijo, cargábamos las bolsas y cajas de cartón con destino a casa. Así, en el transcurso de dos o tres años, fui adquiriendo casi toda la biblioteca. Digo casi toda porque Marqués  Segarra  llegó  a  vender  a  un  librero  madrileño  los libros más importantes y caros, los que yo no podía adquirir en esos momentos. Fui testigo a pesar de no mirar.

Manuel  Marqués  escribió  varios  artículos  en  el Almanaque  de  las Provincias de los años 60. A mí ya me llamó la atención el referente a 1966 cuyo artículo tituló Cosas de la Valencia ochocentista, unas noticias aportadas en un diario manuscrito por un tal Pablo Carsí, obra que decía haber adquirido en los últimos años. Un día le pregunté por él y me dijo que sí, lo tenía, y que era una obra curiosa por la cantidad de datos que incluía sobre Valencia. Me lo mostró. Ávidamente me dispuse a ojearlo viendo que, efectivamente, se trataba de un dietario de carácter popular, escrito por alguien que quiso anotar una  parte  de  las  historias  que  había  vivido  en  nuestra  ciudad.  Me llamó la atención la extensa portada que ocupaba toda la primera página: Año de 1800. Cosas particulares, usos y costumbres de Valencia  todo son cosas que he visto yo, Pablo Carsí y Gil, para después detallar otras curiosidades que se hallaban en el manuscrito”.

De este modo comenzaba la lectura que aquel día tenía entre manos, no era por razones de obligado cumplimiento, sino más bien, por el mero hecho del disfrute de letras y textos. Soy persona curiosa, pero jamás creí encontrar entre aquellos escritos una historia real, en mi propia ciudad natal, en las calles que de joven pateaba portando carretillas de frutas y verduras que mi madre mandara repartir desde el maravilloso Mercado al que llaman Central.

Y, así, entre aquellas hojas manuscritas descubrí que hubo en siglos pasados: «…en la calle de Serrageros hay un corral que tiene puerta a la calle, que al otro lado y saliendo por el mismo una taberna abría sus puertas en la calle que llaman de la Pellería y que todo formaba una única casa. Encima de aquella puerta había tres cabezas de piedra de hombre de las que se cuenta que en otros tiempos había una barbería, y que los que entraban a afeitarse los mataban y robaban, y otros añaden que en la otra casa había una pastelería, y metían en los pasteles carne humana de aquellos que mataban».



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MUJERES DE BATALLA

Comparto con vosotros un pequeño relato a razón del concurso literario de Zenda donde las heroínas son las protagonistas.

Vítores y gritos de alarma recorrían las calles sin descanso ni tregua. Hombres y mujeres quedaban dispuestos bajos las órdenes de quienes el mando tomaban en desesperada actitud ante el ejército que les sitiaba. Habían oído hablar de él, de sus hombres uniformados, de aquellos soldados imperiales que habían sido instruidos para arrebatar la vida y las tierras de aquellos infelices que habían tenido la torpeza de ofrecerles asilo.

Decían que en la capital los ciudadanos habían salido sin miedos ni temores a luchar con cuanto tuvieran en sus hogares, daba igual trabucos que puñales, fusiles que espadas, pantalones que faldas.

Decían que habían caído centenares de franceses que en formación avanzaban hacia locales y fuertes, no importaba que fueran infantes, caballeros o artillería, que fueran soldados, oficiales o gallardías. La orden estaba dada y los imperiales así avanzaban.

Decían que en las aguas de los abrevaderos se formaban ondas al paso orquestado y certero de aquellas tropas francesas que de su uniforme hacían ostentación. Y, según narraban algunos, no era el derecho lo que movía aquel ejército, sino el deber de ver fuerte a su nación.

En aquellas vicisitudes se encontraban cuando de las murallas un aviso constante hizo presencia, ya estaban aquellos gabachos cerca. Comenzaron los ataques, las luchas, los fuegos y escaramuzas. La misión estaba clara, todo dependía de las murallas. Aquellas eran su escudo, su vida, su adarga.

Observó entonces María que el tiempo apremiaba, que las mujeres ofrecían poco o nada, que los hombres hasta la última gota de su sangre luchaban. Los franceses avanzaban, sin tregua, aquella era su estrategia. Un enorme regimiento de innumerables soldados instruidos y curtidos en batallas tales como lo fueron soldados españoles en las tierras de Flandes. Mas hubo quien dijo en una ocasión que somos tan valientes los españoles que, hasta sus mujeres saben pelear.

La munición comenzaba a escasear, los hombres empezaban a flaquear, el ánimo iniciaba su decadencia en el afán por luchar. Así fue, como María, una de aquellas mujeres que con sus manos intentaban ayudar, gritó a quien la quisiera escuchar:

—Señoras, ha llegado así nuestra hora. Ayúdenme a encontrar hierros y forjas de los que poder extraer metrallas y otros usos para nuestras murallas defender.

Sucedió que las mujeres y algunos hombres, arrancaron de las viviendas las barras y barrotes que las ventanas protegieran, arrebataron a los carros sus ruedas y de ellos consiguieron los hierros que necesitaban. Aquellas señoras que de alta cuna se consideraban, hicieron aquello que mejor se les daba. Cosieron. Cosieron sin descanso para crear sacas en las que ingresar los restos y fragmentos de las forjas destrozadas para guarnicionar las piezas de una artillería que ya escaseaba.

La noche fue dura, la jornada intensa; pero la victoria anhelada fue, al fin, algo más que una presencia. Los franceses retrocedieron, dejaron tranquila la plaza y, la capital levantina, entre vítores y gritos de alegría despertaba.

Puedes escuchar el audio en el siguiente enlace

MUJERES DE BATALLA Audiorelato

LA ARQUEÓLOGA

El Sol de la mañana se filtraba entre las suaves cortinas malvas para iluminar con cierto sigilo el interior de la habitación. Noelia frunció el ceño al notar en su rostro esa luz tan molesta e intentó esconderse de su cálido visitante bajo las sábanas. Por desgracia, cierto aparato acomodado en su mesita consideró que era ya la hora perfecta para comenzar una nueva jornada.

Tras unos cuantos bostezos, estiramientos sin salir de la cama y una revitalizante ducha tibia, sólo quedaba enfundarse su traje de dos piezas y sus zapatos azul oscuro que tanto le gustaban. Por último, cogió su bolso y el maletín de trabajo y salió directa a la parada del metro que le llevaría hasta la mismísima entrada de la Universidad. El mismo edificio que le había acogido durante sus estudios de Geografía e Historia, el mismo que albergó el su máster en arqueología y el que le estaba ofreciendo la oportunidad de conseguir su tan ansiado doctorado. Pero, mientras, había conseguido un puesto interino que le permitía seguir trabajando en su proyecto y, además, dedicarle tiempo a la obsesión de su padre.

Según avanzaba por los pasillos de la facultad el pesado recuerdo de su progenitor se iba haciendo más y más patente. Decenas de vitrinas salvaguardaban las reliquias que su padre había donado tras sus expediciones arquitectónicas. Noelia siempre le imploraba para que le dejara ir con él, abogaba a la necesidad de trabajar en el propio campo pues consideraba que un buen arqueólogo no se forjaba entre libros polvorientos. Por desgracia, siempre obtenía una negativa por respuesta. Su padre jamás cedía ante su chantaje emocional y, siempre terminaba encomendándole alguna tarea de localización geográfica. No es que no le gustara la idea, pues aquellas cartas o mapas de siglos pasados le resultaban más que apasionantes. Pensar en las vicisitudes que debían haber solventado aquellos hombres de mar con la única misión de describir las costas terrestres le parecía, poco menos que, increíble. Tan ensimismada se hallaba que no recordó en qué momento había llegado hasta su despacho. No era exactamente suyo, sino más bien lo compartía con otros jóvenes y no tan jóvenes que, como ella, intentaban encontrar su hueco en el mundo de la docencia universitaria. No obstante, sí tenían su parcela y hacia ella se dirigió Noelia sin mayor entretenimiento. Aún no había llegado nadie más, así es que la joven dejó su bolso y maletín sobre su puesto de trabajo y se acercó hasta la máquina de café que tenían en la sala. Cogió su amarga y humeante bebida y regresó hasta su puesto de trabajo.

Tenía toda la mesa llena de carpetas y papeles sin un orden aparente que, gracias a Dios, ella sí entendía. En cualquier caso, decidió que era buen momento para organizar un poco todo aquel desorden. Apartó tanto bolso como maletín y, entonces, es cuando se dio cuenta de un paquete envuelto en tela vieja y atado con un cordón que habían depositado sobre su mesa. Lo cogió un tanto sorprendida y lo volteó en busca de alguna reseña que le indicara cuál era su origen. No había nada. Finalmente, decidió estirar de uno de los capos de la cuerda para deshacer el lazo que mantenía atado el paquete. Lo desenvolvió con cuidado y lo que descubrió en su interior hizo que se quedara petrificada.

Parecía un antiguo diario cuyos lomos olían a cuero estropeado por el paso de los años. Era de un color marrón con matices rojizos y quedaba cerrado por un delicado pasador de hierro carcomido y ennegrecido. Lo cogió con ambas manos observándolo con temor a que se desintegrara o quedara reducido a arena con sólo mirarlo. Dudó en abrirlo hasta que reparó en un sobre, también envejecido por el paso del tiempo, pero con notoria modernidad con respecto al cuaderno de cuero. Dejó a un lado el diario con sumo cuidado y cogió el sobre. Para su sorpresa aparecía escrito, con tinta azul, casi absorbida por completo en el papel, su propio nombre: Noelia Rosablanca Dorellana. Y, allí donde debía estar el remitente, había un sello de lacre marrón. No conseguía ver bien cuál era el dibujo que se marcaba en la cera; se acercó a la luz para comprobar que era fiel reflejo del anillo que su padre siempre llevaba en su mano derecha. Aquel paquete, fuera lo que fuera, lo había enviado él. El hombre que le había criado, le había inculcado su oficio y, después, había desaparecido dejándola completamente sola.

Con cierto temblor consiguió abrir el sobre sin romper el sello pues, por alguna razón, necesitaba mantenerlo intacto y guardarlo junto a ella para siempre. Como si aquello hiciera de su dolor, un sentimiento más llevadero. En cualquier caso, comenzó a leer en el silencio de la sala.

“Mi querida hija Noelia;

Siento que vuelvas a saber de mi existencia a través de esta misiva llena de nostalgia. Bien sabes que me encuentro en tierras suramericanas en busca de un gran hallazgo que nos llevará para siempre en los libros de historia. Te conozco y sé de tu valía y es por eso que encomiendo esta ardua tarea y a mí mismo en tu persona. Hija mía, debes hacer acopio de todo tu valor, de todos tus conocimientos adquiridos por el paso de los tiempos y seguir estas pequeñas directrices.

Deberás aguardar hasta llegar a un lugar seguro para leer el diario que te mando pues no es otro que los escritos escondidos de uno de nuestros grandes conquistadores que llegaron a estas tierras a las órdenes de Francisco Pizarro. Tienes que ir a la casa de tu viejo padre, allí encontrarás la llave. «Donde reposa la independencia de la luz y la sangre se esconde la clave.»

Hija mía, debo despedirme aquí y ahora, pues el volvernos a ver puede resultar imposible. He conseguido salvar el diario y hacértelo llegar por mediación de un mercader de la zona que accedió bajo una suculenta suma como recompensa.

Mi querida Noelia, no puedo contarte más de lo que ya viene escrito. Lo demás llegarás a conocer cuando recuerdes donde reposa la independencia de la luz y la sangre. Recuérdalo.

Eternamente orgulloso,

Tu padre.”

Un eléctrico escalofrío recorrió todo su cuerpo haciéndole reaccionar y guardando con avidez el diario en su envoltorio y escondiéndolo en el interior de su bolso. Cogió la carta para guardarla en el sobre donde venía y, en ese instante vio que había algo más en su interior. Abrió de forma exagerada el sobre y descubrió que contenía una especie de lámina dorada. La sacó con cuidado para examinarla mejor. Realmente parecía oro; sí, oro puro y sin tratar. Gravado en él había unas pequeñas señas, como runas. Parecían símbolos de la época precolombina, en los albores del siglo XIV. Por suerte era su época favorita, la cultura en la que esperaba especializarse.

Comprobó con cautela cada símbolo. Repitió hasta diez veces su lectura hasta estar completamente segura de lo que su mente intentaba renegar. ¿Sería posible? La duda llegaba a ofenderla, más por la fe declarada hacia su padre que por su propia idoneidad para comprender.

¿Habría localizado su predecesor el legendario pueblo de El Dorado?

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Misiva de una vida

Valencia, S. XV

La luz tintineante del cirio se fuerza por iluminar esta estancia en la que me encuentro, más la brisa del mar compite en su afán por dejarme en la más absoluta oscuridad. No levantaré falso testimonio al jurar que este lugar, convertido ahora en mi hogar, sea el que una joven honrada deseara para sí. Sin embargo, debo confesar que estas paredes hicieron de mi existencia un poco más llevadera hasta alcanzar un poder que, hoy, quiero enmendar tomando escrito de aquello que me aconteció hace mucho tiempo atrás.

Siendo yo niña perdí a padre y madre, arrebatados ambos de la vida como consecuencia de los bulbos y pestes que acontecieron en mí ya lejana tierra. Fue entonces que un hombre, un marinero de corazón inalcanzable, fue piadoso para conmigo. Era amigo de mi fallecido padre y, como si de una vieja cuenta tuviera que hacer frente y saldar su deuda, consintió que viajara en su navío. Vistióme con ropas de muchacho y ató mi cabello. Nadie en aquella embarcación dudó en tratarme como un huérfano más al que mandar trabajos de servidumbre. Durante una larga travesía limpié tanto cocinas como letrinas.

La vida en alta mar no es como la imaginé de niña. Tanto entonces como ahora mi vida sucedía en las costas de la mar. Veía a hombres fuertes y rudos embarcarse en enormes navíos para viajar a lugares que no creí jamás llegar a conocer. Sin embargo, durante aquella travesía descubrí el frío y húmedo océano. Ninguna luz era autorizada por un obsesivo temor al fuego, era un mundo de oscuridad anclado en alta mar. Solo la claridad que penetraba débilmente en las cubiertas daba una pizca de calor y portaban algo de luminosidad; pero si el tiempo no acompañaba las portas quedaban selladas convirtiendo los entrepuentes en tenebrosas y lúgubres estancias. Aquellas alcobas, si así pudiese llamarlas, se encontraban siempre abarrotadas de marineros sucios y confinados, era un lugar nauseabundo que jamás quisiera volver a recordar. La suerte o la desgracia hizo que mi cuerpo comenzara a cambiar haciendo de mi feminidad una evidencia tal, que hasta el más escéptico de los marineros votó por abandonarme en el puerto más cercano. De poco sirvieron mis ruegos a quien un día fue mi salvador. “Una mujer trae mala suerte en el mar”, decían.

Llegados al puerto de una de las ciudades más influyentes del mediterráneo hispano donde debían atracar para comercializar con telas y otras mercaderías, aquel hombre que un día se apiadó de mi alma repitió su galantería. De sus dineros pagó ropas a una anciana mujer que las telas trabajaba y dejó que desvistiera de muchacho para volver a ser una pequeña dama, o ello creí yo muy equivocada. Ya no era pequeña y pronto dejaría de ser dama. Tras vestir aquellas prendas de la que iba a ser mi condición, comprobé que los hombres ya no apartaban su mirada. La mantenían mientras yo permanecía con la cabeza gacha.

Así, el marinero me llevó de su lado mientras recorría calles, callejones y otras vías hasta llegar a una gran muralla que en medio de la ciudad se alzaba. En ella había un portal de gruesa madera, abierta donde nada impedía su entrada. Al pasar el umbral pude ver como si de otra ciudad se tratara. Un hombre salió a nuestro paso preguntando quien se adentraba en aquella ciudadela mientras me miraba con tez serena y expresión extraña helando todo mi ser. Tras apenas unas palabras, el hombre que parecía custodiar el lugar nos dio acceso y señas que el marinero siguió con paso firme y mi premura detrás. Vi casas cubiertas de lindos colores que sus ventanas y entradas adornaban con flores y plantas. Algunas mujeres hablaban en sus portales vestidas con vistosos trajes de sedas y pocos hombres salían de ellos, algunos galantes otros menos.

Al fin llegamos al destino, un hombre de cierta condición recibió con halagos al marinero. Ambos consideraron que esperara fuera, sentándome así en un banco de madera que custodiaba aquella casa. Por la ventana vi a ambos tomar vinos y otras viandas mientras reían y señalaban allá donde yo me encontraba. Pronto descubrí lo que me ampararía en un próximo futuro. Sendos salieron a mi encuentro, el marinero de mí se despidió y jamás supe de su ventura; mientras, el hostaler, con dulces señas, me invitó a que lo acompañara. No fue que sin recelo fuera, mas no tenía otra disyuntiva. Sola y desamparada. Tras aquel hombre fui y aproveché para seguir observando el que sería mi nuevo hogar. Me llevó ante una de esas casas bajas donde dos mujeres charlaban de manera animada. Ambas, al ver al hostaler, se levantaron con cierta vehemencia. Éste brindó a una de ellas que marchara mientras me entregaba a la otra para que de mí fuera custodia.

Recuerdo aquel primer día en una casa extraña donde una mujer de pecho voluminoso y anchas caderas me sonreía de forma maternal. Dejó que pasara la primera noche junto a ella, sin apenas mediar palabra sentí su brazo rodear mis hombros cuando las lágrimas brotaron de mis ojos en la noche, aun cuando creía que ella dormía. Siseó algo en una lengua extraña para mí e intuí que me tranquilizaba a su manera y así terminé rendida en un profundo sueño.

El amanecer llegó a pesar de mi negativa por verlo. Desperté sola en el lecho pues la mujer de instinto maternal se encontraba ya calentando leche y tostando pan para que ambas pudiéramos desayunar.

—Bon día! —saludó con la misma sonrisa del día anterior. Mi rostro debió anunciar por mí que no entendía aquella lengua, por lo que la mujer repitió ya en castellano—. ¡Buenos días!

—¡Buenos días! —contesté.

—Ayer, don Jaume, no nos presentó. Mi nombre es Marieta, pero todos aquí me llaman Mare[1]. —Sonrió. — Supongo que por el tiempo que llevo aquí. El resto de Mulleres[2], vinieron más tarde o se fueron antes. Y tú, querida, ¿cómo te llamas?

Mare sirvió el desayuno en la mesa mientras intentaba que yo fuera capaz de pronunciar alguna palabra. No debía sorprenderle mi actitud, pues se mostraba paciente y amable a pesar de mis incesantes silencios. Aun no comprendía que se esperaba de mi persona, ni por qué en aquel lugar apartado de la ciudad, donde solo mujeres de desconocida ocupación vivían, había sido abandonada una vez más.

Unos golpes se oyeron desde la puerta, suaves en un principio, más bruscos al acabar. La dueña del hogar corrió a abrir la losa para dar entrada a quien llamaban don Jaume. No parecía encrespado como podía darse a entender tras los golpes, no obstante, la muller se apartó con premura para darle paso. El hombre quedó mirando hacia donde me encontraba con rostro lleno de incertidumbre. Se le veía altivo en mi presencia, pero como cordero ante mi anfitriona a quien sonreía de manera desmesurada y hablaba con susurros roncos, como un animal que, por extraña razón, desease ser devorado por su cazador. Tras la breve conversación, de la que poco o nada pude escuchar, la dama del hogar me invitó a dar paseos por el barrio y descubrir las calles que serían mi nuevo arrabal.

Salí en silencio, como había acostumbrado ya, mientras escuchaba las risas y gruñidos que dejaba atrás. Aun no comprendía esa relación que une a hombres y mujeres en lujurias y amores prohibidos, pero el tiempo corría pronto en su favor y haría que descubriera ciertos placeres en ocasiones y, en otras, mi tortura.

No pasaron más que unos días, apenas llegó a la decena, donde veía entradas y salidas de hombres que visitaban a las mujeres que habitaban aquel extraño lugar, cuando comprendí de sus servicios. Ya mantenía breves conversaciones con Mare y ésta había explicado que, hasta cierto punto, eran mujeres libres que por acontecimientos de la vida habían decidido huir hasta llegar adonde se encontraban hoy. Que no debía temer por los hombres que buscaran de mi compañía pues pocos serían aquellos que no fueran de buena cuna, que si fuera astuta comprendería como conseguir favores como lo había hecho ella.

Descubrí que Mare, era la única mujer hostelera del lugar. Que todos en aquel sitio respetaban, confiaban y atendían sin reproches ni otros males.

Así llegó una tarde en la que, tras ir a por recados ordenados por mi protectora, encontré una inesperada visita en mi regreso. Allí, en la tosca mesa de madera, se hallaban dos hombres, padre e hijo al parecer. El joven no parecía mayor que yo misma, estaba cabizbajo y con la mirada perdida, hasta que escuchó a Mare llamarme y obligarme a unirme a la charla. Aquellos ojos se posaron en los míos inundándome con su calor, eran castaños, profundos y mostraban cierto temor, el mismo que con toda probabilidad mostrarían los míos. Ninguno dimos cuenta del asentimiento que mostraban hostelera y padre, quienes debieron pactar un precio antes de marchar.

Esa misma tarde, Mare me trajo ropas nuevas, más suaves y que detonaban cierta provocación a la que aún no estaba acostumbrada. Soltó mi pelo y me mostró ante un gran espejo que guardaba en su alcoba. La seda caía suave mostrando las curvas que no creía poseer. Una sugerente cadera que dejaba atrás mi fina cintura y hacía de mi escote aún más incitante si cabía. Quemó el vello que cubría mis piernas para perfumar mi cuerpo después con aromas traídos de lugares lejanos que ciertos hombres le habían regalado por su buen servicio, y terminó su quehacer con un toque floral en mi cabello. No calzó mis pies ni cubrió mi intimidad bajo las ropas. Me miró como solía hacer, con su gesto maternal y su tierna mirada.

—Hoy, mi niña, te harás mujer. —Breves palabras que afianzaron aún más si cabe mi azoramiento ante lo venidero.

No tardó en llegar la visita que tanta alegría aportaba a Mare. Un par de suaves golpes en la entrada dieron el aviso y Mare no tardó instante alguno en darles entrada a quienes recién habían de solicitarla. Escuché desde mi adornada alcoba, llena de flores que embriagaban con su aroma la estancia. Si no fuera por lo que tanto temor me ansiaba, hubiera disfrutado aun más de aquellas galas.

Escuché sus voces, el hombre que acompañó al joven muchacho la última vez y otra voz más suave, aunque también masculina. Fue escaso el tiempo que tardaron en escucharse los pasos que ascendían hasta donde me hallaba. Recordé entonces lo que Mare me había aconsejado tan solo unos momentos antes y me senté en mi lecho, con piernas cruzadas que dejaban ver más allá de los tobillos desnudos y me recosté con las palmas de las manos apoyadas sobre la suave tela que cubría el catre.

Miré hacia el umbral de la puerta a tiempo de ver como Mare daba paso al joven de la mañana. Sentí sus ojos escudriñando mi rostro para después recorrer mi cuerpo con sumo descaro. La vergüenza del último encuentro en el que nuestras miradas se cruzaron por primera vez había desaparecido. En su lugar, una mezcla de deseo y capricho invadió su rostro. Aquella expresión hizo que cambiara mi postura provocadora y desenfadada para levantarme y huir instintivamente hacia la pequeña ventana que iluminaba, con cierta discreción, la estancia.

—No me temáis, os lo suplico —dijo el joven con una sonrisa encantadora—. Me llaman Rodrigo, ¿y a vos?

—Isabel. —Conseguí responder casi en susurros.

Rodrigo se acercó para tenderme su mano, por alguna razón decidí confiar y con un suave tirón consiguió acercarme a él, y sus ojos lograron apoderarse de los míos.

—Sé que soy el primero que se deleitará de tu esencia. Mi padre ha dado buena suma por ella. —Esperó, quizás para asegurarse de que le prestaba mi atención—. No debéis temerme, no sois la primera para mí —No comprendí hasta muchas jornadas después por qué suavizó su postura mientras hablaba—. No mal interpretéis mis palabras, ninguna es como sois vos. Son damas de alta cuna y con doble semblante. Doncellas, muchachas que no poseen ni la decencia ni el valor de hacer de su lujuria vuestra profesión.

Aún no había soltado mi mano y así aprovechó para llevarme hasta el lecho donde junto a mí se sentó. No apartó su mirada de la mía en ningún momento, ni su mano soltó de la mía. Se acercó con prudencia, observando mi reacción temblorosa. Sonrió con la misma dulzura y sus labios pronto se encontraron con los míos. Dejé que Rodrigo dirigiera cada paso y caricia. Su tacto era cálido e iba recorriendo la línea de mis ropas hasta descubrir el punto exacto que las desanudaba. No dejó de besarme mientras la seda caía dejando mi cuerpo desprotegido. Fue entonces cuando apartó labios y mirada para pedirme que me alzara ante él. Con cierto temor obedecí. Noté mis ropas desprenderse de mi cuerpo y observé con timidez su rostro, quería saber si lo que él veía era de su agrado.

—Eres muy bella, Isabel —susurró mientras volvía a atraparme en su abrazo.

Una reacción que no sabría explicar me empujó a ayudarle a quitarse sus ropas. Su piel era tersa y morena, cálida. Rodrigo volvió a besar mis labios, un ardor repentino recorrió todo mi cuerpo haciendo que temblara aún más. Mientras me dejaba caer, amparada por los brazos de aquel joven que con cierta destreza se colocó sobre mí. Sus caricias y besos continuaron recorriendo cada poro de mi tembloroso cuerpo hasta llegar a mi intimidad. Entre el placer y la angustia me encontraba cuando sentí acceder su dura masculinidad en mí.

Tras aquel primer encuentro, Rodrigo vino a verme en reiteradas ocasiones. Durante aquellas visitas, el tiempo corría en mayor medida. No solo esperaba de mí una relación de intimidad, también compartíamos charlas y recuerdos de tiempos pasados. Sin apenas darnos cuenta, nos encontrábamos sentados en el lecho, apoyada en su regazo mientras él acariciaba mi piel desnuda y nos sumergíamos en animadas conversaciones. Él contaba hazañas de empresas vividas, mientras preguntaba por mi niñez y las desventuras que me habían llevado a él. Rodrigo parecía desconcertado e intrigado a la par, más cuando supo de lo vivido en alta mar.

Poco a poco, esos encuentros se convirtieron en algo más. Mi corazón albergaba la ilusión de verlo cada vez en mayores ocasiones y, de sobra sé que él sentía el mismo pesar. El infortunio de la vida hizo que me quedara encinta y, aunque ambos nos encontramos en un estado de júbilo y creímos que sería un Don de nuestro Señor, lo cierto fue que nadie más lo compartió.

Rodrigo dejó de visitarme, nunca más supe de su proceder. En su lugar, un padre enojado esperó a que el milagro se obrase y me arrebató al niño de nuestro amor. Quedé en una profunda oscuridad, pero juré que volvería a encontrarle. Aquel niño era mi prueba de pasión y mi razón de vivir.

Dejé que otros hombres yacieran conmigo, aprendí a darles aquello que buscaban hasta que solo los más poderosos podían pagar mis servicios. Pronto, Mare comenzó a encomendar en mi persona sus quehaceres hasta que pude comprar mi propio hogar dentro del burdel. Me convertí en la muller más poderosa de aquel lugar. Hombres y mujeres venían a mí en busca de favores y trabajos. Conseguí un poder que ni los dineros pueden dar, conocía sus secretos. Los secretos de los hombres más poderosos de la ciudadela y de tierras lejanas.

Así descubrí donde os halláis, hijo mío. Y hoy, en mi lecho, donde la vida se me escapa, os escribo esta misiva y, junto a ella, os mando cuantos dineros puedo poseer. Sé que vuestro vivir tras los muros del monasterio está siendo fructífera, que aprendéis de lecturas y escrituras, pero siendo hijo de quién sois jamás prosperareis en su orden. Por ello, en la presente, os revelo el apellido de la sangre que os recorre y mando estos dineros. El sello que adjunto a esta epístola porta el emblema de vuestro predecesor.

Perdonadme, hijo mío. Siempre os llevé en el corazón.

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