TOLETUM. Una aventura de otra época (avance)

PRÓLOGO

Año 711 d.C. Toletum

Los pasos se escuchaban cada vez más cerca. Y el silencio, que hasta aquel momento había sido una paz efímera, se había volatilizado en el mismo instante en el que las voces de aquellos extraños soldados que el rey había visto en lienzos del pasado, habían descubierto su paradero.

—Debemos darnos prisa —sugirió el emisario del rey—. Tú —dijo a uno de los presentes que habían partido con él hacia esta misión Santa en la que, quizás, todos perderían la vida por salvar los reinos que caían bajo los yugos de aceros venidos de más allá de las aguas conocidas. Eligió al que parecía más joven, ágil y fuerte, pues solo un defensor de la causa con semejantes característica podría optar a la vida—, eres hoy el portador del sello cuya marca lacrará la nueva Orden. El secreto debe ser guardado por eternidad. Nada ni nadie deberá jamás abrir estas puertas bajo pena de perder la propia vida.

El joven a quien había sido entregada la férrea marca guardaba silencio ante el encargo que se le encomendaba. En su mirada podía verse la fatiga y la extenuación de la batalla. Un rostro joven, imberbe, manchado por los angostos terrenos atravesados, herido por las embestidas de ejércitos enemigos y quemado por las inclemencias del frío invierno.

—¿Aceptas, pues, soldado, la encomienda que se le otorga en virtud de su fe y el honor que profesa un hombre de Dios? —preguntó el emisario con entereza y un coraje inusitado ante quienes acortaban distancias para presentar batalla en breve.

—Acepto, mi señor —respondió el soldado sin vacilación. Alargó su brazo y extendió su mano para recibir el sello que acababa de ser empleado: con él se había dejado constancia de quiénes habían salvaguardado el tesoro abierto por codicias de un rey que ahora arrepentía su desdicha. Guardó el joven aquel metal en una pequeña talega hecha de pieles y lo escondió entre sus ropajes. Envainó la espada y desenfundó una antigua daga robada a un caído en batalla de los venidos de tierras lejanas y caído en batalla.

—¡Corre! —gritó el emisario extrayendo del cuero su propia espada y adoptando posición para luchar en su última contienda.

El joven soldado reaccionó ante la orden. Se escabulló por uno de aquellos pasajes que bajo la ciudad se esconden. Corrió sin mirar atrás, pues allí dejaba a quienes los tiempos de guerra había convertido en parentela. Amigos, hermanos que perecerían bajo la oscuridad de una tierra que se conocía ya maldita por una reliquia que jamás debió traspasar los límites del tiempo.

CAPÍTULO I

Año 1841 d.C. Toledo

“Sr. Joaquín Torres,

Mi estimado amigo, remito a Vd. una carta para su Señor que dudo reciba antes de acabado el mes, visto las dificultades que la correspondencia ofrece. Sé que algunas personas escriben directamente, poniendo desde aquí en el sobre a su señor, pero yo lo considero peligroso tratándose de una carta como la mía. Es aquí donde me dirijo, pues, a don Diego.

Mi oficio me obliga a mantener contacto con aquellos a quienes he tratado sus males y entregado medicinas para aliviar las enfermedades que les afligen. No obstante, es bien sabido que, desde que su adorada madre fuera postrada en el lecho de su propio hogar, no ha sido usted persona de salir a que los cálidos rayos del sol sanen su cuerpo. Y es, a mi entender, obligación de quien escribe rogarle que le otorgue cierta oportunidad a ese don natural que nuestro señor tuvo a bien entregar a quienes a su semejanza creó.

Debe entender que no está usted en situación de ofrecer resistencia a la ciencia, tal es así que he enviado junto a esta misiva ungüentos y jarabes que, de seguro, aliviarán los dolores y retrasarán su partida el tiempo que Dios y la naturaleza decidan.

Hágame caso, salga en fiestas de guardar a los campos y cigarrales que bordean esta nuestra querida ciudad de Toledo. Respire el aire de praderas y prados, camine y sienta en sus pies descalzos el alma de la tierra y la suavidad de la hierba. Déjese querer por la calidez del mediodía, cuando el sol se encuentra en plenitud y viva. Por el amor de Dios, viva y sea feliz. Por un tiempo al menos.

Tal es mi opinión leal hacia usted y su familia que jamás osaré contar más allá de lo que a mi oficio refiera.

Procuraré de aquí en adelante escribir con alguna frecuencia porque conviene que empiece a fijarse en las cosas que a su deber pertenece.

Reciba mi más sincero respeto.

Antonio Castillo”.

Diego de Rojas y Mendoza era un joven de pocas palabras, de amigos justos y necesarios. Era probable que ya no le quedara demasiados años de vida, incluso meses, quién sabe. Hacía apenas unos instantes que había recibido la misiva de aquel doctor que, más bien, parecía un curandero de prácticas extrañas y obsoletas. Sin embargo, era quien había tratado a su madre también y se sabía que ella había confiado siempre en el buen hacer del viejo Antonio.

—Don Diego, ¿necesita de mi servicio? —preguntó Joaquín, quien se mantenía erguido y en silencio a su lado. Le había entregado aquel papel que su joven señor leía con atención. Estaba seguro, por cartas anteriores, de que las palabras que contuviera quedarían olvidadas como muchas otras guardadas en las estanterías de aquella estancia en la que se encontraban.

—Mi querido Joaquín, ¿cuántos años presta ya sus servicios a esta familia que se desvanece?

—Toda una vida, señor —contestó el hombre mostrando su inconfundible sonrisa tierna y fraternal.

—Ha estado a mi lado durante demasiados años y aún muestras afecto y respeto en partes iguales. Créame, Joaquín, que es harto difícil encontrar estas cualidades de las que usted hace gala —Diego mantenía en su regazo la recién leída misiva mientras observaba el vaivén de las llamas. Se encontraba sentado en uno de los dos sillones que, forrados con terciopelos granate y cordón dorado, se situaban enfrentados a una enorme chimenea ofreciendo así calidez y comodidad—. Joaquín.

—Aquí estoy —respondió presto y acercándose, aun más, al joven De Rojas—. Dígame.

—¿Podría servir un par de tazas de café y sentarse junto a mí a charlar como lo hacen dos viejos amigos?

—Por supuesto.

Joaquín se acercó hasta la mesa camilla que separaba ambos sillones carmesíes. Sobre ella se hallaba una exquisita bandeja de plata con servicio de café en fina porcelana, que había sido traída de tierras demasiado lejanas, un candelabro tan grande y ostentoso que era difícil no posar las curiosas miradas en él y, por último, dos libros de especial interés para el dueño y señor de aquel hogar. Sirvió con pericia el café en sendas tazas y añadió la ración justa de azúcar con la que don Diego solía edulcorar aquel amargo brebaje.

—Aquí tiene, señor.

—Gracias, amigo mío —Don Diego aceptaba con gusto el servicio que se le entregaba y dejaba, con cautela, la carta en la mesa. Se acercó la taza hasta la nariz para inspirar con intensidad y sentir como el aroma del café recorría cada poro de su delicado cuerpo. Esperó con paciencia a que Joaquín tomara asiento, observó el imponente lienzo que se alzaba frente a ellos. Allí, entre el crepitar de los maderos que se consumen por el fuego y el baile de sombras que provocaba, un hombre, un guerrero, un soldado de antaño se alzaba con el porte y aspecto de su condición—. Diego de Rojas —susurró.

—¿Señor? —preguntó Joaquín al no entender aquello que don Diego nombraba.

—Diego de Rojas —dijo alzando su voz. Levantó su rostro para encarar su mirada con la retratada en el cuadro y advirtió que Joaquín guiaba también la suya hacia el lugar que le señalaba—. Era un hombre bienaventurado y de honor, ¿sabe? —Acercó la taza una vez más y saboreó aquel brebaje que aborrecía y adoraba a partes iguales. Era extraño, pero el sabor en poco o nada se parecía al cálido aroma que desprendía. No esperó a que Joaquín respondiera a su pregunta—. Con valentía formó parte de las expediciones que descubrieron aquel que llaman ahora Nuevo Mundo. Fue merecedor de grandes fortunas y espléndidas galas que jamás pudo disfrutar, pues falleció en aquellos viajes donde, según los que regresaron llegaron a narrar, un grupo de salvajes acertaron a dar con sus flechas emponzoñadas con venenos que solo ellos conocen en el mismo corazón de nuestro más glorioso hidalgo. Su historia ha sido contada y escrita con tintas en cuantos manuscritos alberga esta biblioteca.

Joaquín observaba sin mediar palabra; sabía que aquella estancia era la predilecta de quien ostentaba ahora el nombre de Diego de Rojas y, al igual que el antepasado que acababa de recordar, también gozaba de una valentía inaudita. Ambos se mantuvieron en silencio. Se sabían acompañados y las palabras solo serían ruido que apagaría el relajante sonido del crepitar de maderos que se consumen bajo el fuego.

Si bien era cierto que Joaquín se encontraba a su servicio, también lo era que había formado parte de su vida desde la niñez. Joaquín, el mayordomo de la familia, se había comportado casi como un padre tras la pérdida repentina de su progenitor y la eterna enfermedad que consumió a su estimada madre. Jamás olvidaba cuál era su lugar, pero quería a aquel muchacho como si su propio hijo fuera y así lo hacía constar cuando tenía la ocasión de mostrar su dedicación.

Unos suaves golpes en la puerta de la biblioteca despejaron sus pensamientos, no respondieron a la llamada, sabían perfectamente quién era aquella que la puerta golpeaba. Se trataba de María quien, junto a Joaquín, formaba el círculo de confianza del joven De Rojas.

. —Buenas tardes, don Diego —dijo la mujer tras abrir la puerta con cautela—. He mandado preparar ya la cena si lo veis bien.

—Gracias, María. Iré cuando la cena esté servida en el comedor—contestó don Diego y observó a la joven que cerraba la puerta no sin antes dirigir una cómplice mirada a Joaquín.

—¿Queréis que llame al servicio para que os ayude a levantaros? —preguntó, entonces, Joaquín quien ya había dejado atrás su actitud relajada para volver a ocupar su posición en aquel hogar.

—No —contestó el joven con mayor autoridad de la que pretendía.

Joaquín recogió el servicio y restos del café tomado y recorrió la larga biblioteca para salir de ella y ofrecer su ayuda a la joven María en sus quehaceres en la cocina.

Don Diego escuchó cómo Joaquín se marchaba cerrando tras de sí la puerta que le confinaba en aquel lugar repleto de obras de todos los tiempos.

Cerró los puños mientras se maldecía a sí mismo. Aquella enfermedad comenzaba a hacer verdaderos estragos en su vida diaria y él era una persona que jamás había solicitado ayuda alguna, que había labrado su nombre y futuro para que nadie olvidara que, aun siendo heredero de uno de los grandes de España, se encontraba en el lugar que le correspondía por merecido esfuerzo y constancia y no por apellidos de padres que ya no estaban. Guardó la misiva del doctor en el bolsillo interior de su chaleco y tomó un sorbo de aquel desagradable brebaje que Antonio llamaba jarabe. Se levantó como buenamente pudo y apoyó su peso en el bastón que sujetaba con su diestra. Sin prisa, pero sin pausa, comenzó a andar con cierta tranquilidad, la cena aún no estaba, podía pasear hasta llegar a la otra estancia. Se paró en el medio de aquella habitación y alzó la mirada al techo, una pequeña lámpara de araña colgaba del mismo a pesar de que jamás la encendiera. Pertenecía a su madre, la echaba de menos.

Entonces dirigió su mirada y atención a un enorme códice que se encontraba en el centro de una de las estanterías y protegido por puertas acristaladas. Hacía tiempo que no lo observaba, en él se encontraba la historia completa de su estirpe y, entonces, recordó un episodio del pasado. Su padre, que en paz descanse, le contó que entre aquellas páginas de cuero se encontraba un codiciado secreto, se sabía que, entre sus hojas manuscritas se hallaba la respuesta a cierto misterio. Lo extrajo de la estantería con sigilo y lo apoyó con cuidado en un atril cercano para ojear la primera página del códice familiar. Y, como si de una señal se tratara, vio de entre sus páginas salir una marca de seda púrpura.

Abrió el códice por dicha señal y ante sus ojos apareció no un misterio sino dos que desentrañar. Su familia era legendaria, incluso más de lo que el propio Diego albergaba. Había llegado la hora de retomar cierta promesa que sus antepasados promulgaran por él y que fuera pasando, de generación en generación, entre los primogénitos de su estirpe. No había cenas, ni tiempo, ni horas. Debía escribir una misiva de partida inmediata, pues, para su asombro, había alguien más cuyo secreto afectaba.

Cerró el enorme códice. Lo guardó de nuevo en el interior de la estantería elaborada de hermoso nogal, apoyó su espalda sobre las puertas que resguardaban el manuscrito y, con los ojos cerrados, intentó recuperar el tono calmado de su respiración. Y, no fue hasta que volvió a recobrar la calma, que observara para su reforzada tranquilidad la estancia en la que se encontraba. Era una habitación alargada donde las paredes de mayor medida se encontraban cubiertas por varias bibliotecas o estanterías que tan solo dejaban ver, con cierta timidez, el papel estampado que las cubría.

Tomó con decisión su bastón y se dirigió hacia la salida. Observó los lienzos de sus padres que custodiaban la puerta. Sus rostros eran agudos, serenos y, sin embargo, cálidos. Contempló la dulce mirada de su madre, incluso enferma, era preciosa por dentro y por fuera. Recordó su partida, cuando advirtió que el último halo de vida se escapaba de su hermoso y fatigado cuerpo. Sintió que se ahogaba, no podía marcharse todavía y, sin embargo, lo hizo. Aquello le obligó a cambiar por completo y tomar las riendas de una vida que apenas comenzaba a construirse. Advirtió una lágrima que, furtiva, se escapaba de sus ojos humedecidos. La secó con premura con el pañuelo que siempre portaba en un bolsillo. No tenía permiso para decaer, sentía el peso de la mirada paterna desde el cuadro que se alzaba a su diestra. No era temor lo que sentía, sino el extraño presentimiento de que aquel hombre, su padre, al que apenas conocía, se enorgullecía de la persona en la que su descendencia se convertía.

Solo había un temor en sus pensamientos, pues aquel a quien la misiva iba a ser entregada se encontraba en un lugar que creían ya abandonado. Mas de algunos era sabido, que del mismo modo que el oro seguía siendo un tesoro también lo era que, quienes lo codiciaban en alta mar, mantenían su labor contra voluntades de otros. De este modo escribiría la carta hacia aguas del Caribe, a unas tierras que se hacían llamar la isla de las Tortugas.

CAPÍTULO II

Isla de las Tortugas. 1841

—¡Edgar Vargas! —Un hombre de pelo cano y porte un tanto desaliñado clamaba a voces y sin descanso el nombre del tal Edgar Vargas sin recibir respuesta alguna. Por su expresión, era evidente que aquella situación comenzaba a desesperarle—. ¿Alguien ha visto a Edgar Vargas?

El gentío que había cubierto de pasos la plaza se encontraba ahora en silencio e intentaba cobijarse en cualquier negocio que hubiera aun con puertas abiertas. Sabían, por ocasiones anteriores, que nada bueno podría traer. El hombre de pelo cano se marchó no sin antes ofrecer una última advertencia.

—Encontraré a ese granuja de un modo u otro y pobre de aquél que le dé cobijo. Pueden estar seguros.

El joven Edgar Vargas, ajeno a cuanto hubiera pasado en la plaza, se encontraba a orillas del mar que bañaba la isla convertida en su hogar. En aquel lugar, a pesar de pasados en los que piratas habían frecuentado sus aguas, era ahora sitio de otro tipo de malas fortunas y tiempos de ciertas costumbres de dudosa reputación. Allí los juegos de azar eran más que simples pasatiempos: por ellos se cobraban vidas de los más osados hombres que, por ventura o desventura, hasta allí viajaran con intención de buscar fortuna.

Edgar, a quien llamaban el Español, había vivido allí desde que su madre lo parió en un local de mala muerte fruto de un romance con cierto corsario toledano. Fue criado en las costas del mar Caribe. Con el tiempo aprendió a nadar y a navegar cual antiguo lobo de mar. Era un joven robusto como el mismísimo Neptuno, resistente como un acantilado y ágil como un delfín bajo las aguas. El tiempo le había convertido en un marinero de secretos inconfesables, reservado y observador. Tenía cierto atractivo para con las mujeres. Las marcas de reyertas y otras batallas habían hecho de su rostro aún más varonil.

Así, se encontraba pues nuestro joven protagonista a orillas de arenas blancas y aguas cristalinas, sin camisas que taparan su torso y sin botas que ocultaran sus pies. El líquido salado bailaba tranquilo mientras jugaba con idas y venidas hasta los pies del Español, que gustaba de sentir el frescor del mar en su piel: relajaba su mente y curaba sus heridas.

Fue entonces que vio en el horizonte una nave que se acercaba a puerto, sabía bien de quién se trataba: era uno de esos comerciantes que hacían fortunas por diversos parajes. Solía frecuentar la isla, conocida por sus tabernas y comercios de diversión prohibida en otros centros. Decidió acercarse hasta el embarcadero, conocía bien a aquel bribón de agua dulce con quien había corrido más de una golfería.

—Ya pensaba que jamás volvería a veros, señor de comercios y otras labores que nunca osaré de confesar sin permiso previo —dijo el Español al ver a su camarada que comenzaba desembarcar desde su imponente nave.

—El joven Edgar, quién os ha visto y quién os ve. ¿Cómo van las cosas por estos parajes de malvivir?

—En poco o nada ha cambiado nuestra honra, ni ingresos, ni viandas, ni alcohol; bueno, miento, sí hay fortuna que ha variado el tiempo, mas eso es algo que os contaré a su debido tiempo.

—¿No me digáis que os habéis enamorado? ¡Tendréis una dama en cada puerto! —continuó Sancho, pues así se llamaba aquel marinero errante. Se acercó a su amigo para estrechar sus manos, señal de amistad de tiempos ya pasados—. Verás, amigo mío, necesito hablaros.

—Ya diréis.

—Aquí no. Los mares están repletos de perros hambrientos que buscan cualquier desgraciado del que alimentarse sin pudor ni remordimiento.

—Me tenéis intrigado —confesó Edgar quien, en vistas de la excitación mostrada por su compañero de farras, decidió encaminar sus pasos hasta la vieja pensión en la que se alojaba—. George, por favor, ¿podrías enviarme a una de tus chicas con una buena botella de ron? —dijo Edgar una vez habían llegado al establecimiento. George, el dueño del hostal, había consentido alquilar una de las habitaciones a Edgar.

—Claro que sí, su Real Majestad —respondió el hostalero con sorna—. Me debéis ya demasiadas noches y no me digáis que no tenéis monedas con las que pagar —Edgar le hizo un gesto para implorarle perdón, tal y como hacía desde niño. George, siguió renegando en voz baja mientras limpiaba con un viejo y sucio paño la barra del bar—. Si no fuera por tu madre, que en paz descanse, y que era un ángel, eso también, ya te habría echado a la calle. ¡Elena! —llamó a una de sus camareras—. Llévale a mi ahijado su maldito ron.

Edgar y Sancho habían subido ya por unas escaleras hechas de madera vieja que crujía con cada paso dejando al pobre George en su rezongueo particular. El pasillo se abría hacia la izquierda dando paso a una serie de puertas ya roídas por el paso del tiempo que se enfrentaban entre sí. Anduvieron hasta llegar a la más alejada de todas, no tenía número. Edgar la abrió sin mayor demora e invitó a Sancho a pasar en primer lugar.

—Así es que esta es tu casa —dijo el hombre un tanto asombrado—. Jamás imaginé que vivieras en semejantes condiciones.

—Es humilde, pero me cobija del frío y el posadero es como un abuelo para mí. Un buen hombre. Sentémonos. —La habitación era más amplia que el resto, tenía espacio suficiente para una cama, un viejo baúl, una mesa y un par de sillas—. Como ves, tengo todo lo que necesito. Y, bien. ¿Qué es esa información que con tanto recelo guardas? —dijo Edgar con cierta curiosidad e inquietud, pues no era normal que aquel hombre venido del mar se anduviera con remilgos.

—Verás, amigo mío, traigo noticias de España.

—Edgar, te traigo el ron —interrumpió una joven de cabellos cobrizos como el amanecer y ojos tan verdes como la selva que les rodea. Se acercó cual felino que acecha a su presa hasta Edgar y se dejó caer sobre sus piernas—. ¿Quieres que me quede?

—No, querida. En esta ocasión no podría ser el hombre que necesitas —respondió el chico sin contemplación.

—Creo que tu amigo no piensa lo mismo.

—Elena. Márchate —suplicó Edgar—. Ahora no. —Vio cómo la joven se iba sin mirar atrás. Estaba convencido que aquellas palabras le costarían más de lo que debieran, sin embargo, no era momento de sucumbir a los placeres de la noche—. Y, bien, ¿qué noticias son esas que tanto temor te causa?

—No, amigo mío, el temor no es por mí, sino por aquello que te debo contar. Siento que fantasmas del pasado regresen a tu memoria, pero la vida es, en ocasiones, cruel como la que más, y reaparece el ayer con misivas venidas del otro lado de este gran charco —dijo mientras extraía de su blusón un papel grueso, de colores marfil, que se había visto dañado por una travesía donde las inclemencias del tiempo y el mar se funden—. Verás, muchacho, este escrito que tengo entre las manos va dirigido al hijo de un hombre venido de España, que en el pasado fue bravo, valiente y heredero de apellidos que aún hacen temblar a quienes lo escuchan. Dicen que este hombre, desembarcó en esta isla hace dos décadas, contrajo nupcias con cierta joven de tabernas, preñó a la muchacha y desapareció en el mar.

Edgar no comprendía las razones por las que su amigo le encomendaba tal información, atisbó la duda de que aquel hombre afamado fuera, en verdad, el padre que le repudió y olvidó en aquellas tierras perdidas de la mano de Dios.

—El caso es, que cierto hombre, un señorito de buena familia conocido por cuantos toledanos inundan las calles, habló conmigo en una de esas noches en las que la luna se esconde. Creí que se trataba de un loco que buscaba sucumbir ante tentaciones que jamás osaría entregar, ni alma ni cuerpo, bien lo sabéis, pero me equivocaba. Tan solo era un muchacho, algo mayor que tú, amigo mío. Me dijo que estaba enfermo y que su familia había cometido un tremendo error, que era heredero de no se qué legendaria estirpe y que conocía el paradero del tesoro jamás encontrado en la ciudad de Toledo. Después me entregó esta misiva, como ves, sellada con el emblema de una acaudalada familia. Me dio una importante suma de dinero que doblaría si conseguía traer conmigo al joven a quien dirige estas palabras.

—Y, ¿crees que ese joven soy yo? —preguntó Edgar con cierta vacilación.

—No lo creo, lo sé. Verás, ese joven y tú, sois casi la misma persona, tenéis la misma mirada, el mismo rostro y, seguro estoy, que si quien me hizo entrega de esta misiva no se encontrara enfermo, tendríais ambos el mismo porte de soldado y marinero.

El Español sirvió sendos vasos con el ron que había pedido, ni siquiera brindó con su acompañante antes de beberse de un trago aquel brebaje de aguardiente. Después, se volvió a servir y, con la mirada clavada en la de su amigo, cogió la misiva que éste le entregaba. Bebió una vez más, de un trago, por supuesto. Aquella bebida sabía a rayos, pero sentaba bien una vez había llegado a un estómago acostumbrado.

—¡Diablos! Está bien. Le echaré un vistazo. Hablaré con George, sabes que yo no sé leer, quizás él pueda decirme qué contiene este pedazo de papel que tantos secretos esconde.

—Muy bien —Sancho bebió el ron servido por su amigo y se levantó de la silla para dirigirse a la puerta y marcharse—, pero debes saber que necesito la respuesta a esa misiva antes del segundo anochecer, pues regresaré a España en la madrugada.

Edgar hizo una señal de asentimiento con la mano y vio a su amigo desaparecer tras la puerta de aquella minúscula habitación. Observó por la ventana como Sancho se marchaba. Cogió con maña la botella de ron y bebió hasta que no quedó ni una sola gota de alcohol. Se sentó sobre el lecho cabizbajo con la botella de ron todavía entre sus manos, alzó la mirada tan solo un segundo y vio frente a ella el baúl que tantos recuerdos guardaba. Dejó la botella sobre la mesa con la mala fortuna que esta no quedó en equilibrio y rodó por ella hasta caer al suelo quebrándose en pedazos. Edgar no le prestó mayor atención, solo quería abrir aquel baúl y extraer todo cuanto contenía hasta encontrar aquello que buscaba. Un viejo medallón reposaba en el fondo del arcón, olvidado.

El joven lo cogió con decisión. Se arrodilló en el suelo y lo abrió con cuidado para descubrir en su interior una piedra de azul intenso. Nunca supo qué significaba aquello, solo que era regalo de un padre al que nunca conoció y que su madre guardaba siempre con recelo. Decidió que era momento de llevarlo consigo colgado al cuello.

—Quizás debiera recuperar el sueño —dijo para sí.

—¿Dónde está? —gritó alguien con demasiada cólera.

El estruendo de cacharros caídos y los gritos en la taberna que había bajo las habitaciones hizo que Edgar se despertara con los sentidos alerta; al menos, todo lo alerta que podían estar tras haber tomado tan ingente cantidad de alcohol. Una cosa era tener el estómago acostumbrado y otra, muy distinta, que aquello no afectara en absoluto a su visión y equilibro.

Salió de su habitación, no sin antes atarse bien los cordones de sus viejas botas y con un intento ridículo de asear su aspecto. Podría seguir con los efectos del ron bebido, pero no permitiría que nadie osara hablar e intimidar a su buen amigo y benefactor, George. Buscó entre sus ropajes la maldita daga que heredó de su padre y se dispuso a bajar sin mayor dilación para enfrentarse a cualquiera que buscara gresca en aquella pensión de mala muerte.

Observó la escena según bajaba las escaleras. En un rincón se encontraban los pocos clientes que no tenían hora para servirse una buena copa, o cien, quien sabe. Estaban aterrados, en silencio. Siguió sus miradas hasta encontrarse con aquel que llamaban Mago, no por sus grandes espectáculos repletos de magia e ilusión, sino porque hacia desaparecer a cualquier hombre que osara enfrentarse a él. Era un hombre de pelo cano, alto y fuerte. Sostenía al viejo George por las solapas de la camisa sucia y desgastada. No parecía tener muy buenas intenciones para con el hostelero y aquello le enfureció, seguramente, por la osadía que el alcohol le proporcionaba.

—¿Qué queréis, Mago? —preguntó Edgar desafiante desde el pie de la escalera.

—Tú. Aquí estás —dijo el otro dirigiéndose ahora hacia Edgar y soltando el pescuezo del pobre George cuyo rostro se mantenía aun azulado debido a la presión que ejercía la mano de su captor—. ¿Tú eres al que llaman Español?

—Sí, aquí me tenéis.

—Me debéis cierta mercancía que jamás arribó a mis barcos.

—No sé de qué me habláis.

—No os hagáis el tonto conmigo, muchacho —amenazó. Desenfundó su arma de fuego apuntó hacia el joven Vargas que la observaba sin apartar la mirada.

—No miento, señor. Yo no tengo aquello que buscáis —Esta vez alzó su rostro para fijar su mirada en los ojos de aquel hombre, eran oscuros como la noche, penetrantes. Quien los observara podía sentir como quedaba su alma atrapada en ellos como si del mismísimo diablo se tratara.

—Tienes una jornada para devolverme lo que es mío —El Mago no dio opción a réplica, no había más que discutir. Su sentencia estaba dada, tan solo un día para entregar su mercancía amada—. Señores, marchemos —ordenó a otros cuatro hombres de misma condición, grandes y fuertes. El Mago jamás iba solo, estaba comprobado.

—Muchacho, ¿qué has hecho? —preguntó George en cuanto aquellos hombres desaparecieron.

—No debes preocuparte, mi querido amigo. Jamás haría nada que pudiera perjudicarte.

—Pero…

—Yo me encargo —Le tranquilizó antes de marchar fuera del local. “¿Cómo sabía el Mago que he sido yo y no otro rufián el ladrón de sus mercancías?”, pensó. La respuesta llegó antes de lo esperado cuando vio a cierto compañero de usurpaciones y estafas charlar con uno de los hombres del Mago. Esperó en silencio, agazapado, a que terminaran de hablar para ir al encuentro de quien creía embustero—. ¿Qué hacéis por estos lares y a estas horas tan tempranas para vuestros desmadres?

—¡Español! —Ver a Edgar parecía suponer cierto desconcierto que avivaba más la desconfianza en el joven Vargas.

—¿Sois ahora amigo del Mago?

—En absoluto, solo buscaban información.

—¿Qué información?

—No les he contado nada, pero, sin embargo, te advertiré. No sois más que una rata.

—Como tú.

—Quizás, pero yo también debo sobrevivir.

—No entiendo que queréis decirme.

—Lo entenderéis —dijo aquel hombre sin ofrecerle aclaración ninguna.

Edgar regresó al hostal, el ocaso comenzaba a dar paso a la noche y con ella necesitaba olvidar, beber, disfrutar de los deseos carnales que algunas mujeres gozaban en dar. Ya se ocuparía mañana. Así era como actuaba.

—George, dame algo que me haga olvidar y vivir esta noche como si la última fuera.

—Muchacho, zanja cuantos tratos hayáis firmado y empezad de nuevo. Sois joven, pero no tanto como para perder vuestra vida en reyertas, saqueos y demás costumbres de hombres sin paradero.

—¿Sin paradero? —sonrió— ¿Recordáis que no tengo ni padre ni madre? ¿Qué fui fruto de la lujuria de un español que mancilló el honor de una muchacha de noble linaje y la olvidó en esta isla sin dignidad ni honra? ¿Qué fue mi madre quien tuvo que cambiar los lujos de un hogar por el trabajo en esta hospedería?

—No, no lo he olvidado.

—Pues, por favor, ayúdame a pasar la mejor noche de mi vida —imploró con falsa súplica. George, aunque se mantenía en sus ideales sobre la búsqueda de una vida mejor, decidió darle lo que le pedía y le entregó, no una, sino dos botellas de un vino que bien podría ser veneno para cualquier roedor—. Gracias —correspondió Edgar alzando sendas botellas con una mano. Después, giró su cuerpo sobre sus propios talones y gritó a quienes le quisieran escuchar—. Señoritas, ¿alguna quiere acompañar a este pobre hombre hasta su alcoba y ofrecerle el consuelo que una madre no le pudo dar?

—¿Me buscabas? —Una joven preciosa, pelirroja, que vestía un exuberante traje ya deteriorado por el tiempo se presentó frente a él.

—Mi bella Elena, tú nunca me abandonas. ¡Eres tan perfecta!

La joven robó una de las botellas que Edgar portaba en la mano, bebió con descaro y, tras parpadear con cierta sensualidad, agarró al joven Vargas del pantalón y le obligó a seguir sus pasos hasta el piso superior ante las carcajadas y vítores de otros hombres que allí se encontraban.

—Deberíamos seguir donde lo dejamos —Le susurró al oído con clara intención de provocar sus sentidos. Besó y mordisqueó su cuello. Edgar buscaba frenético el dichoso pomo que daba paso a su habitación y al lecho que ansiaba.

Edgar devolvió sus besos con mayor pasión, dejó caer la botella que portaba para poder cubrir con sus manos los senos de la joven que le obligaba a arder en una pasión desenfrenada. Ninguno de los amantes se percató de una visita inesperada que aguardaba con paciencia sentada en una de las sillas.

—Veo que ya estáis aquí —dijo aquella visita inesperada adoptando una postura algo más sugestiva ante la mirada incrédula de su anfitrión.

—¿Lara? —preguntó Edgar— ¿Qué hacéis aquí? Si vuestro padre se entera me matará, más de lo que ya pretende, por cierto.

—Quería pasar una noche contigo. Ha llegado a mis oídos cierta propuesta venida del viejo continente.

—¿Cómo habéis…?

—No hablemos, tu amiga parece desesperar.

La noche se sucedió entre alcohol y placeres hasta la extenuación. Sin duda, era cuanto Edgar necesitaba aquella jornada repleta de nuevas revelaciones. Cerró sus ojos y, arropado por la desnudez de ambas mujeres, quedó dormido con una única idea en su razón.

Unos golpes apalearon con fuerza la puerta de la habitación haciendo que quienes se encontraban en su interior se sobresaltaran, algunos con pudor y otra sin temor. La puerta se abrió con desmesurada energía, quien traspasara el umbral buscaba con fervor a quien creyera en su interior.

—Español, sal de entre esas sábanas roídas —exigió el Mago.

La silueta de una joven comenzó a aparecer bajo las sábanas para dar paso a la muchacha morena y de pelo castaño. Sus ojos oscuros se cruzaron con los que otros llamaban Mago.

—¿Padre?

El hombre quedó atónito al ver que quien asomaba no era otra que su hija, a quien protegía y salvaguardaba de pícaros y bribones como el Español. La ira fue creciendo en su interior al ver que no había solo una mujer, sino dos. Mandó a sus hombres arrasar cuanto hubiera en la habitación, buscar en otras que pudiera encontrarse aquel hijo del mil padres. Sin embargo, nada encontró.

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