Vencer o morir

LA VUELTA A ESPAÑA EN 80 LEYENDAS, es una sección en la que recorremos juntos todas y cada uno de las leyendas y grandes narraciones que acontecieron en tiempos remotos de nuestra historia. Una España repleta de grandes gestas, de mitos, de cuentos y pergaminos.

LEYENDA Nº19: VENCER O MORIR

Corría el año de nuestro señor de mil ochocientos ocho, cuando en el sexto mes hubo quien se alzase en calles y plazas de la hoy capital levantina. Fue que, un hombre de origen humilde consiguió con la sola fuerza de su puntería y fusil, que un ejército, el mejor de aquellos tiempos, retirara su ataque. Y es hoy que quiero contar su gloriosa historia.

Encontrábase, Miguel García, a lomos de su caballo. El anochecer había acabado con las embestidas del mariscal Moncey a la cabeza de su ejército imperial. No había en el mundo mayor empresa que la francesa, ni mejor General que aquel que llamaban Napoleón.

Hacía varias jornadas que habían tenido noticias del levantamiento de Madrid, de la gesta que los ciudadanos de la villa habían protagonizado. Sabían que su rey había entregado su corona al emperador francés y que, tras ser conocedor de las revueltas en el sitio de Valencia, Murat había dado orden de tomar la ciudad. Decían que más de diez mil soldados profesionales avanzaban hacia la que creían la única defensa de Valencia, sus murallas medievales. Así sucedió que soldados y reclutas, reforzados con los milicianos, armaron los muros y prepararónse para la batalla.

El corcel del miliciano, como si de su futuro fuera sabedor, relinchaba y golpeaba con su pata delantera la tierra sobre la que se encontraba. Miguel se mantenía erguido sobre la bestia, agarrada la trincha con la siniestra y el arma con la derecha. Respiró y alzó la mirada sobre la muralla, allí que vio al Padre Rico, quien fue artífice también del asalto a la Junta, pues querían rendir la ciudad, más los valencianos dijeron que no y así se hizo constar en la misiva enviada al mariscal.

Aun se oían gritos en calles y plazas alentando a la batalla, recorrían la línea animando y exhortando a la pelea desde la propia mañana de aquella intensa jornada, más embraveció tanto a la gente que ya no hubo más voz que la de vencer o morir. De aquel modo seguía el Padre, quien anduvo constante por los parajes de mayor riesgo y ayudaba a la defensa con gran energía y brioso porte.

Miguel, observó entonces a una mujer de vestido rasgado y rostro manchado de hollín y barro, supo que de otras había también en la batalla, pues no hubo distinción de sexo en la llamada, más recordó que en la mañana, cuando creyerónse sin munición ni metralla que unas mujeres de la más elevada clase arribaron a la línea. Los milicianos arrancaron verjas de las casas más cercanas, portaban útiles de hierro y, aquellas mujeres obraron con su saber a coser los saquillos en los que irían los hierros cortados a pedazos menudos para su uso como metralla.

El caballo relinchó, la puerta de Ruzafa era abierta, recobró, Miguel, el sentir y la razón de la batalla. El olor del salitre que acompañaba a los valencianos en el diario habitual se encontraba ya mezclado con el dejado por la pólvora. Espoleó a la bestia que, alzando ambas extremidades delanteras, se lanzó al galope a extramuros sin temores ni miedos que lo limitasen. Vencer o morir, aquél había sido y era el lema de aquellos que habían creído en la defensa de la ciudad y por ella luchaban hasta el último aliento, hasta la última gota de su sangre. En ello pensaba el jinete que agazapado montaba sobre su caballo, pero fue al llegar a líneas enemigas que alzó su torso, agarró con ambas manos su arma y disparó hasta cuarenta cartuchos con tremenda destreza y atino, robando con ello tantas almas francesas como tiros hubo ejecutado. Regresó con premura al interior de las murallas, más no sería la última salida pues le siguieron, al menos, cuatro más con idéntico resultado.

El clamor de sus congéneres aumentaba con cada regreso convirtiéndole así en uno de los héroes de la batalla. Pero, sucedió que en la última salida fue herido su caballo de gravedad y como glorioso valiente fue tratado hasta su muerte.

La batalla cesó en la noche salvo ataques aislados de los franceses que en nada dolieron a los valencianos y, llegado el amanecer, un vigía encomiado al campanario de la catedral dio noticia de replegada francesa. Apenas creyeron tal buena nueva, pero pronto verían marchar al enemigo. La alegría tomó formas de vítores y aplausos, de abrazos y cantos, pues ningún francés creyó jamás que la ciudad de Valencia se defendiera con mayor honor y heroicidad sin par.

De este modo se convirtió en leyenda un tal Miguel García, mesonero en la calle de San Vicente, que solo y a caballo realizó cinco salidas, disparó cuarenta cartuchos en cada una y segó tantas vidas gabachas como tiros salidos de su arma.


Puedes escuchar esta leyenda a través de mi programa de relatos. Aquí os dejo el enlace al programa y, por supuesto, a la leyenda: https://www.ivoox.com/vencer-o-morir-audios-mp3_rf_64267496_1.html


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