Gustavo Adolfo Bécquer

EL MONTE DE LAS ÁNIMAS

Gustavo Adolfo Bécquer fue, y es, un referente para mí, gracias a él descubrí mi afición por la leyenda, por el estudio de su historia y lo que ello pudiera suponer. Bécquer consiguió hacer de un sueño una realidad, consiguió que trabajara a fondo para convertir una afición en algo más que una profesión y, así, gracias a sus Rimas y leyendas, dediqué parte de mi vida como escritora a escribir leyendas nuevas de aquellos lugares recónditos de la geografía española cuya historia oculta tenía algo que contar. Comprendí el gran papel que ofrecen las leyendas como fuente de estudio hacia el conocimiento del folklore de un pueblo, de una España cuyas sombras buscan un pequeño haz de luz.

Hoy, en el aniversario de su cumpleaños, me gustaría compartir esa historia, esa leyenda que captó mi atención y me empujó a estudiar a quien en la actualidad beneramos como uno de los grandes literatos de nuestra historia.


EL MONTE DE LAS ÁNIMAS:

La noche de difuntos me despertó a no sé qué hora el doble de las campanas; su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria.

Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato me decidí a escribirla, como en efecto lo hice.

Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire frío de la noche.

Sea de ello lo que quiera, ahí va, como el caballo de copas.

I

-Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las ánimas.

-¡Tan pronto!

-A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.

-¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?

-No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré esa historia.

Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían la comitiva a bastante distancia.

Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:

-Ese monte que hoy llaman de las ánimas, pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla; que así hubieran solos sabido defenderla como solos la conquistaron.

Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos.

Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres, los lobos a quienes se quiso exterminar tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse.

Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las ánimas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche.

La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual, después de incorporárseles los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.

II

Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las ojivas del salón.

Solas dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y Alonso: Beatriz seguía con los ojos, absorta en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz.

Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.

Las dueñas referían, a propósito de la noche de difuntos, cuentos tenebrosos en que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel; y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste.

-Hermosa prima -exclamó al fin Alonso rompiendo el largo silencio en que se encontraban-; pronto vamos a separarnos tal vez para siempre; las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y patriarcales sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces, acaso por algún galán de tu lejano señorío.

Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo un carácter de mujer se reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios.

-Tal vez por la pompa de la corte francesa; donde hasta aquí has vivido -se apresuró a añadir el joven-. De un modo o de otro, presiento que no tardaré en perderte… Al separarnos, quisiera que llevases una memoria mía… ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la salud que vinistes a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu atencion. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo regaló a la que me dio el ser, y ella lo llevó al altar… ¿Lo quieres?

-No sé en el tuyo -contestó la hermosa-, pero en mi país una prenda recibida compromete una voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo… que aún puede ir a Roma sin volver con las manos vacías.

El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un momento al joven, que después de serenarse dijo con tristeza:

-Lo sé prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo ante todos; hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío?

Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la joya, sin añadir una palabra.

Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volviose a oír la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste monótono doblar de las campanas.

Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a anudarse de este modo:

-Y antes de que concluya el día de Todos los Santos, en que así como el tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? -dijo él clavando una mirada en la de su prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.

-¿Por qué no? -exclamó ésta llevándose la mano al hombro derecho como para buscar alguna cosa entre las pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro… Después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió:

-¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que por no sé qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?

-Sí.

-Pues… ¡se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un recuerdo.

-¡Se ha perdido!, ¿y dónde? -preguntó Alonso incorporándose de su asiento y con una indescriptible expresión de temor y esperanza.

-No sé…. en el monte acaso.

-¡En el Monte de las ánimas -murmuró palideciendo y dejándose caer sobre el sitial-; en el Monte de las ánimas!

Luego prosiguió con voz entrecortada y sorda:

-Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces; en la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendentes, he llevado a esta diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de mi juventud, todo el ardor, hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres; y he combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me ha visto huir el peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta noche…. esta noche. ¿A qué ocultártelo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren sus fosas… ¡las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento sin que se sepa adónde.

Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que cuando hubo concluido exclamó con un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía la leña, arrojando chispas de mil colores:

-¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de difuntos, y cuajado el camino de lobos!

Al decir esta última frase, la recargó de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga ironía, movido como por un resorte se puso de pie, se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza y no en su corazón, y con voz firme exclamó, dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar entreteniéndose en revolver el fuego:

-Adiós Beatriz, adiós… Hasta pronto.

-¡Alonso! ¡Alonso! -dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso o aparentó querer detenerle, el joven había desaparecido.

A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho que coloreó sus mejillas, prestó atento oído a aquel rumor que se debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último.

Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcóny las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.

III

Había pasado una hora, dos, tres; la media roche estaba a punto de sonar, y Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, cuando en menos de una hora pudiera haberlo hecho.

-¡Habrá tenido miedo! -exclamó la joven cerrando su libro de oraciones y encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmente murmurar algunos de los rezos que la iglesia consagra en el día de difuntos a los que ya no existen.

Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso.

Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de la campana, lentas, sordas; tristísimas, y entreabrió los ojos. Creía haber oído a par de ellas pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana.

-Será el viento -dijo; y poniéndose la mano sobre el corazón, procuró tranquilizarse. Pero su corazón latía cada vez con más violencia. Las puertas de alerce del oratorio habían crujido sobre sus goznes, con un chirrido agudo prolongado y estridente.

Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitación iban sonando por su orden, éstas con un ruido sordo y grave, aquéllas con un lamento largo y crispador. Después silencio, un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la media noche, con un murmullo monótono de agua distante; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que casi se sienten, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximación se nota no obstante en la oscuridad.

Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinillas y escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar: nada, silencio.

Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movían en todas direcciones; y cuando dilatándolas las fijaba en un punto, nada, oscuridad, las sombras impenetrables.

-¡Bah! -exclamó, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada de raso azul del lecho-; ¿soy yo tan miedosa como esas pobres gentes, cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura, al oír una conseja de aparecidos?

Y cerrando los ojos intentó dormir…; pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la cubría, escondió la cabeza y contuvo el aliento.

El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía con un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas del aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, otras distantes, doblan tristemente por las ánimas de los difuntos.

Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz. Al fin despuntó la aurora: vuelta de su temor, entreabrió los ojos a los primeros rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda del lecho, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados, cuando de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto sangrienta y desgarrada la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fue a buscar Alonso.

Cuando sus servidores llegaron despavoridos a noticiarle la muerte del primogánito de Alcudiel, que a la mañana había aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las ánimas, la encontraron inmóvil, crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca; blancos los labios, rígidos los miembros, muerta; ¡muerta de horror!

IV

Dicen que después de acaecido este suceso, un cazador extraviado que pasó la noche de difuntos sin poder salir del Monte de las ánimas, y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas horribles. Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de la oración con un estrépito horrible, y, caballeros sobre osamentas de corceles, perseguir como a una fiera a una mujer hermosa, pálida y desmelenada, que con los pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.


Y, sin más, también me atrevo a recomendar ese libro que escribí y del que algunos ya han comenzado a hablar. Un libro de leyendas, de historia, de aventuras, de arte… El viaje que se convirtió en leyenda.

Puedes conseguirlo firmado poniéndote en contacto conmigo a través del cuestionario que aparece en la página principal.

INCOHERENCIAS EN LA NARRACIÓN: QUÉ ES Y COMO EVITARLAS

En demasiadas ocasiones nos encontramos con un porcentaje elevado de incoherencias entre los libros de autores autopublicados o indies. Esto se debe al número, en mi opinión, excesivo de obras publicadas sin un mínimo de asesoramiento previo y profesional que ayude al nuevo autor en su viaje literario. Es más que evidente las facilidades que los autores independientes tienen a la hora de publicar su obra, lo que supone una triste realidad en cuanto a calidad literaria se refiere.

En esta ocasión me gustaría profundizar en una única cuestión que debe ser completada con otras lecciones de autopublicación: la incoherencia en la narración. En el último año he podido comprobar como en ciertas lecturas el autor no ha tenido en cuenta varios factores como puede ser la línea temporal haciendo que sus personajes no actuaran en consonancia con el tiempo transcurrido desde una acción a otra, o como han obviado los rasgos y aptitudes de sus personajes, lo que provocaba que una mujer de carácter dócil y educada tuviera una reacción alarmante, visceral y fuera de lugar ante una situación común de la actualidad, o como un chico que trabaja en un taller de coches de un barrio cualquiera decide regalarle un coche de segunda mano y arreglado por él mismo a una chica a la que apenas conoce desde hace mes y medio. Todas estas incoherencias en la narración provocan una repulsa directa del lector.

Un lector perdona casi cualquier cosa: alguna falta ortográfica que se haya escapado en la corrección, la gramática puede sorprenderle, etcétera; pero lo que jamás perdona es la incoherencia en sus lecturas.

Cuando un lector percibe este tipo de errores en su lectura, puede suponer una pérdida de interés inmediato ante una trama que, de otro modo, quizás hubiera alcanzado una muy buena crítica aportando, a su vez, mayores ventas y reconocimiento en este mundo de autopublicados donde el máximo exponente es el boca a boca y la difusión en redes sociales. Por ello, se considera de especial relevancia tomar conciencia de este problema que tantos autores y autoras indies arrastran.

Ahora bien, ¿cómo podemos evitar este tipo de incoherencias en nuestros textos?

En primer lugar, diferenciaremos entre autores de mapa y autores de brújula. Si usted se considera un autor novel le aconsejaría ser un autor de mapa. Le explico por qué. Un autor de mapa es aquel que se estructura, en mayor o menor medida, la historia que va a narrar, de este modo se asegura que toda la trama tiende hacia uno mismo fin y así se ahorra que haya incoherencias en cuanto al tiempo, relación de personajes e, incluso, intercambio de personalidades. Mientras que, un autor de brújula es aquel que directamente se lanza a escribir con una idea que ronda en su cabeza y que irá cartografiando según avance en su novela. Bien, en mi humilde opinión, hay que tener cuidado con aquellos autores nóveles que se autodeclaran de brújula, pues suelen ser los mismos que cometen este error: la incoherencia en la narración.

Es en este punto donde un escritor profesional y con experiencia en la materia puede atreverse a realizar o narrar una novela con el único esquema de su memoria, pues dota de veteranía, práctica y maestría refutada para una trama sin errores de coherencia.

Para cualquier autor, es de soberana importancia conocer en cada momento la situación de su novela y qué rumbo debe seguir con cada giro. Si usted no tiene clara la estructura, es más que aconsejable que realice una, un mapa en el que organizar la historia de principio a fin. Así, cualquier nuevo giro inesperado siempre podrá efectuarse de una manera más concreta y sin forzar situaciones que de otro modo no tendrían sentido. Por ejemplo, si está escribiendo una novela romántica y considera que, llegados a un punto, una pareja debe separarse tiene que haber un por qué y no forzar las reacciones de sus protagonistas.

Uno de los puntos más importantes, a raíz de lo descrito con anterioridad es, precisamente, la línea temporal. Es de vital importancia tener un control absoluto sobre el espacio-tiempo en la narración. El año pasado tuve la suerte de realizar un informe acerca de una novela de ficción, cuyo título y autor prefiero dejar al margen, en la que un virus desgarraba la sociedad transformando a seres humanos en zombis. En esta ocasión, el autor nos relataba que un profesor de nanorobots aplicados a la microbiología en cierta universidad les contaba a sus alumnos la importancia de una vacuna, que se inyectaba en los recién nacidos, hacía inmunes a los humanos de cierta edad ante la mayoría de las enfermedades comunes y que, gracias a ello, sus propios alumnos nunca habían enfermado. Esto no tendría mayor trascendencia si dos capítulos anteriores el autor no hubiera situado la invención de dicha vacuna a tan solo quince años atrás, por lo tanto, los alumnos universitarios jamás podrían haber sido vacunados puesto que su edad supera los diecisiete o dieciocho años. Por suerte, estos aspectos fueron subsanados por el novelista y hoy es una gran lectura que, para los que hayáis descubierto de qué novela hablo, recomiendo. En este punto solo cabe recalcar la importancia de dicha línea temporal para no realizar gazapos como el del ejemplo, fáciles de cometer y mucho más fáciles de reconocer por parte del lector.

Por otro lado, tenemos la eterna figura del “Deus ex machina” que se debe intentar evitar a toda costa, salvo que la trama así lo exija, cosa que no suele suceder y deja al lector con la sensación de haber sido engañado justo en la recta final. ¿Qué es el “Deus ex machina”? Es una figura que se usa para referirse a un elemento externo que resuelve la historia sin seguir su lógica interna. Por ejemplo, la aparición del héroe en el momento justo, la torpeza forzada del villano para estropear sus propios planes o la orden del soberano que libera al protagonista a tiempo justo antes de ser ejecutado. En este caso hay un ejemplo muy claro en la película Destino de caballero, cuando al protagonista, que ha sido descubierto en su falso legado de caballero, lo sentencian a muerte y aparece el Rey en el momento preciso, de incognito para que nadie lo reconozca, y libera al preso para nombrarle caballero de pleno derecho y ya que es su palabra soberana no puede ponerse en duda.

A pesar de ser una figura difícil de evitar hay maneras de eludirla utilizando los llamados planting y pay-off. Esto consiste en añadir en un momento determinado un elemento o varios en la trama de manera sutil (planting) para después rescatarlo a modo de evidencia para la resolución de la trama (pay-off). Aquí también hay que tener cuidado, pues los planting tienen que ser muy sutiles y tampoco poner demasiados o estaréis medio libro explicando las razones de enlace con el pay-off. De este modo, el lector recordará este elemento que ayuda al desenlace sin sentirse defraudado por una magia externa que, de pronto, resuelve toda la trama sin coherencia ni sentido alguno.

En tercer lugar, podríamos nombrar ya a los personajes. Aquí remarco la necesidad de realizar una ficha por cada uno de los personajes principales o que tengan un papel decisivo dentro de la trama a desarrollar. Los lectores deben sentir empatía con cada uno de los protagonistas ya sean héroes o villanos. Todo hombre o mujer tiene un pasado que le hace actuar de una manera u otra ante una situación, pues ese pasado ha forjado en ellos una personalidad que debe estar acorde con sus reacciones. Como ya comenté, una persona dócil y con educación jamás ensalzaría la voz ni actuaría de manera visceral ante una situación corriente. O, del mismo modo, un villano no puede querer la destrucción del universo conocido solo porque de pequeño un perro le quitó un caramelo. Aunque parezca absurdo, hay demasiadas ocasiones en las que el malo es malo porque sí, porque así lo ha decidido el autor y punto. Por ejemplo, hay cierto libro en el cual una chica odia a la protagonista por unos celos que jamás llegaron a esclarecerse en la novela ¿por qué le tiene celos a la protagonista? ¿Qué tiene ella que la otra no? ¿Qué le ha arrebatado que tanto le importa para tener esa clase de celos hasta el punto de hacerle la vida imposible? Tiene que haber un por qué. Siempre.

Otro ejemplo que también me sucedió en otra revisión es el tema de los acentos de los diferentes lugares o países del mundo. El autor en cuestión, situaba la trama en diferentes zonas del planeta y para que el lector tuviera una mayor visión global del lugar, esa fue su explicación, utilizó clichés o frases hechas de algunos lugares como “sho me shamo” en lugar de yo me llamo para referirse a Argentina o el intercambio de la L por la R cuando hacía referencia a la población china y, sin embargo, no lo hacía cuando hablaba un español de Córdoba con su peculiar acento. En esta ocasión, la solución era llana y simple, describir el lugar y situación de cada conversación, de este modo uno evita cometer errores de estilo.

Por último, algo que parece coherente pero que muchos olvidan. La narración, en general, o es en primera persona o en tercera, pero no en ambas. Reconocer al tipo de narrador puede resultar imposible al lector si el propio autor no consigue una armonía entre ambas personas. Si el narrador es omnisciente u observador, siempre se usará la tercera persona. En cambio, si el narrador es el propio protagonista o personaje secundario, se usará la primera persona para relatar los diferentes acontecimientos. Y, la segunda persona, se podrá usar cuando se quiera crear el efecto de estar contándose la historia a sí mismo o a un yo desdoblado.

Aquí me pondré yo misma como ejemplo. En mi novela, El juego de la verdad, uso dos tipos de narradores simultáneos. ¿La razón? El relator es una adolescente que está contando su historia, pero que debe contar también la de su mejor amiga para poder entender qué le sucedió. Al ser una novela a mitad camino del thriller y lo paranormal, el narrador está claramente diferenciado en cada uno de los diversos acontecimientos que se suceden en la novela.

En conclusión, la incoherencia en la narración es un mal que aparece con asiduidad en los escritos de los autores nóveles pero que, por suerte, es muy fácil de evitar con cuatro puntos clave:

1.- Usar un mapa o estructurar la novela.

2.- Realizar una línea temporal.

3.- Usar fichas de personajes.

4.- Decidir qué tipo de narrador llevará nuestra novela.