EL PACTO DE TEODOMIRO

Se hallaba, madre, trabajando en negocios de familia, donde el barro era, pues, el gran protagonista. Me encantaba de observar aquellas manos trabajar, a pesar de la crudeza del barro, de cortes y moratones, la agilidad en el movimiento hacían del tacto una suavidad tal, que tanto tinajas como útiles de guardar, parecían destacar de entre los más logrados artesanos.

Mientras, tras las murallas y fronteras de la tierra que nos protegiera, los hombres andaban con luchas y batallas contra quienes de más allá del mar vinieran a reclamar nuestros campos y viviendas. Eran hombres de aspecto singular, con ropas y bestias que no se hubieran visto jamás. Decían que habían venido cientos, miles, incluso más; que habían tantos que nobles cercanos habían perecido y entregado cuanto pudieran dar.

Fue así, que en la mañana de una jornada que comenzaba a despertar, el Señor de aquestas tierras no pudo más que reclamar a ancianos y mujeres que poder armar. La confusión estaba creada, el temor no hacía más que aumentar. ¿Qué pretensión y gloria podría haber en llevar a la lucha a quienes poco o nada pueden hacer? Mas las habladurías andaban erradas, no buscaba aquel Señor ninguna batalla.

Mandó a mujeres y ancianos vestir con ropas de hombres, atar sus cabellos y, a algunas, tapar su rostro con ellos. Que formaran línea de batalla en la colina que el pueblo salvaguardaba y que mantuvieran la posición hasta que él mismo la quebrantara. Armó a quienes allí estaban con cañas y palos, ante asombro de quienes aguardaban y, en silencio, acataban la orden de quien creían ya preso de locuras.

Así, don Teodomiro, bajó al llano montado en su corcel y con un tratado entre las manos. Cabalgó hasta líneas enemigas, solo, sin aliados. Mientras, los pocos del pueblo que aun quedaban en vida, se mantenían erguidos, expectantes, ante tal extraña situación. El sol avanzaba, al igual que el tiempo, y don Teodomiro seguía en el llano, solo, con el enemigo a tan solo dos pasos.

Vieron, entonces, el pueblo regresar a su Señor. Abrieron las puertas y, según anunciaba aquel acaudalado hombre, ¡estaban salvados! Las guerras, habían terminado y sus gentes habían ganado.

¿Qué había sucedido? Pregunté así a madre cuya sonrisa aparecía entre la timidez que la caracteriza.

-Mi niña, al parecer, don Teodomiro, ha hecho creer a aquellos que nuestras tierras amenazan, que estamos cubiertos y protegidos por un ejército de hombres armados; mas ellos no saben, que el ejército que temen, no somos más que mujeres y ancianos que con cañas y barro tenemos entre las manos.

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2 comentarios en “EL PACTO DE TEODOMIRO

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