CALPURNIA

LA VUELTA A ESPAÑA EN 80 LEYENDAS, es una sección en la que recorremos juntos todas y cada uno de las leyendas y grandes narraciones que acontecieron en tiempos remotos de nuestra historia. Una España repleta de grandes gestas, de mitos, de cuentos y pergaminos.

HOY: CALPURNIA. Leyenda nº 11

La joven que paseaba descalza por los bosques que protegían el asentamiento jamás llegaría a imaginar el final que le deparaba aquella jornada. Se sentía exhausta, el dolor que oprimía su pecho comenzaba a doler cada vez que intentaba inspirar una bocanada de aire. La visión se le nublaba, sentía que poco faltaba para arribar al poblado, tan solo unos pasos más; unos pasos que arrastraba casi sin fuerzas. Escuchaba las risas de algunos pequeños que jugaban alrededor de una hoguera, un fuego que anhelaba para calmar el titiriteo de su frágil cuerpo. Sentía que debía encomendarse a los dioses, que la muerte le acechaba. Estaba enfurecida consigo misma por no haber acatado aquello que le habían mandado, el reposo de un hogar hubiera sido una muerte placentera, al abrigo de su esposo e filios. Sin embargo, el solo hecho de verlos sufrir por una despedida inminente, hizo que huyera del hogar. Nadie podría ya salvarla, su esposo había gastado cuanto tenían por buscar una solución que jamás llegaba. Así fue como decidió escapar en el descuido, su familia debía vivir sin cargas que poco bien podrían hacer. Sintió sus piernas doblegarse. Faltaba tan poco. La visión comenzaba a nublarse. La oscuridad se hacía patente. El frío ya era una incuestionable en su devenir.

La noche había llegado y un halo cálido acarició su rostro y calmó su pesar. Abrió los ojos para descubrir que frente a ella había una figura etérea de una mujer que le sonreía como una madre sonríe a la criatura que acaba de parir. Como en un susurro escuchó una voz suave, melodiosa, que repetía su nombre, “Calpurnia”.

—¿Quién eres? —Consiguió preguntar la joven que aun permanecía tumbada en el frío y húmedo suelo del bosque.

—Calpurnia. —Repitió aquella fantástica aparición.

La joven, que seguía sin apenas poderse mover, intentó alzar un poco el torso. Observar mejor a quien parecía una creación de su propio imaginario, pero que, por alguna razón, parecía tan real. La etérea figura femenina comenzó a desaparecer en el interior del bosque aun mientras repetía el nombre de la joven. A su paso, unos extraños fuegos iban marcando el camino que la figura confeccionaba. Una extraña sensación de la que jamás creyó obtener fuerza, la empujaba a seguir el rastro de la aparición.

—Sin duda los dioses marcan ya el camino que mi espíritu sigue con temor —dijo la joven más para sí que para quien la pudiera escuchar, segura así, de que la vida se le escapaba al fin.

Llegó a un hermoso lago donde las aguas seguían clamando su nombre. Se acercó hasta la orilla al tiempo de ver como lo que creyó espectro cobraba vida. Una mujer, tan joven como ella, de cabellos dorados, piel tersa y ojos aguamarina, emergía de las profundidades como la divinidad que creía que era. Ofreció su mano a la joven aun enferma y ésta la aceptó no sin temor.

—Entra en las aguas. No temas a la naturaleza, ella te ama —decía aquella joven con su melodiosa voz ahora más potente.

Calpurnia, temerosa del destino, aceptó cruzar la línea que separa la tierra de aquel extraño líquido. Era agua, sí, pero cálida como nunca había sentido. Cerró sus ojos y dejó que aquella mágica criatura tumbara su cuerpo, relajara su mente y abandonara su cuerpo a la deriva de unas aguas candentes.

—¡Calpurnia!

—¡Calpurnia!

Los gritos venidos desde la lejanía quebraron aquel estado de bienestar en el que se encontraba ya relajada. Abrió sus ojos alarmada por el griterío que vociferaba su nombre. Observó como en la lejanía un grupo de hombres corrían hacia el lugar en el que se encontraba: un bosque oscuro donde ahora brillaba el sol, una tierra fría y húmeda que absorbía las frías gotas del rocío.

—¡Por los dioses! Al fin te encuentro —Advirtió que decía quien distinguió como su esposo.

La joven, cuyo color habían recobrado sus mejillas, cuyo calor había recuperado su cuerpo, se levantó con la agilidad perdida hacía tiempo ante los asombrados ojos de su esposo. Calpurnia, contó cuanto había sucedido en la noche y prometió que saldaría su deuda con cuantas ofrendas reclamaran las aguas.

*Dos mil años después, otra joven descubría en las piedras que cobijan las aguas candentes, una inscripción que decía: NYNPHEIS / CALPVRN/IA ABANA / AEBOSO / EX VISV / V S L


Puedes escuchar el relato a través del siguiente enlace: https://www.ivoox.com/calpurnia-audios-mp3_rf_60931089_1.html


Corona de fuego

LA VUELTA A ESPAÑA EN 80 LEYENDAS, es una sección en la que recorremos juntos todas y cada uno de las leyendas y grandes narraciones que acontecieron en tiempos remotos de nuestra historia. Una España repleta de grandes gestas, de mitos, de cuentos y pergaminos.

Hoy: CORONA DE FUEGO. Leyenda nº 1

Aquellos años que componían los siglos de los llamados medievos y en una de esas grandes villas y fortalezas de tierras leonesas que sucedió aquesta leyenda.

Sucediose que en aquellos lares de montes forte de las tierras de Lemos que se levantaban castillos y monasterios. Quiso pues que por ventura o desventura que ambos fueran unidos por paso escondido de los ojos del pueblo.

Mandaba entonces un señor de noble linaje cuya hija era de belleza tal que los hombres perdían por ella la razón. Así fue que el noble escondiera a la muchacha de caballeros y lores que su virtud pudieran profanar, mas no supo que de aquel cuyo honor y fe consideraba inquebrantables, surgirían codicias y lujurias.

El rey envió mandato real para con el Conde de Lemos, siendo su deseo que marchara a tierras lejanas con sus tropas para guerras de frontera. Así, el señor de aquellas tierras dejó a su hija y esposa al cuidado y amparo del abad del monasterio. Quiso los designios de un ángel caído que el clérigo quedara enloquecido de amor por la doncella, hija del Conde, cuya belleza nubló la razón del abad. El clérigo quiso luchar contra aquellos deseos carnales que la joven despertaba en su ser, más no lo logró y, en una noche de esas que llaman de fuego, de lunas rojas como el infierno, que el abad cruzó el paso que unía monasterio y castillo. Avanzó con cautela hasta alcanzar la alcoba de la joven quien dormía ajena a su condena. Fue así que el abad satisfizo sus deseos, pero el temor al castigo hizo que también se portara el último suspiro de la joven doncella.

Lloraron nobles y plebeyos la pérdida de la muchacha. Se hicieron misas por su alma desdichada. Mas nadie supo quien fue el autor del dolor que asoló las tierras del Conde.

Fue que a su regreso, el Conde supo de la tragedia y, tal fue el dolor, que no comió ni bebió en jornadas enteras. Más, una joven al servicio del castillo, testigo de lo que en la noche roja sucedió, habló a su señor de aquello que había visto.

El Conde, sabido de tal ofensa, invitó al abad con pretextos de tierras y otros temas de los que hablar. Mandó que se preparasen manjares, viandas de festividad en honores al clérigo de aquellas tierras por su devoción y buen hacer para con los que su protección reclamaban. El abad, caído en el engaño, comió y bebió a placer. Sucedió, entonces, que el señor del castillo pidió los postres para satisfacción y júbilo del clérigo; pero no fueron ni dulces ni postres lo que los pajes trajeron, sino una corona de hierro que habían calentado al fuego.

Entonces, mandó coronar al abad con pretextos de codicias por el título que ostentaba. Cayó así muerto, ante miradas de los allí presentes que nada dijeron.


Ahora puedes escuchar este y otros relatos en mi nuevo podcast en Ivoox “Relatos de Mireia Giménez”.

Te dejo el enlace a esta, mi primera leyenda: https://www.ivoox.com/corona-fuego-audios-mp3_rf_60610963_1.html


Anima non moriatur

LA VUELTA A ESPAÑA EN 80 LEYENDAS, es una sección en la que recorremos juntos todas y cada uno de las leyendas y grandes narraciones que acontecieron en tiempos remotos de nuestra historia. Una España repleta de grandes gestas, de mitos, de cuentos y pergaminos.

Hoy: ANIMA NON MORIATUR. Leyenda nº 13

—Señor, no me queda más que rezar por todos mis hermanos —comenzó a orar Fernando con su rodilla izquierda hincada en el pétreo suelo, su mano diestra empuñando una toledana que había previamente clavado en el suelo, cabeza gacha y la mirada ausente. El resto de los caballeros que allí estaban imitaron su gesto y con él unieron también su rezo—. Dios, mi señor, consigue con mi espada, que aquellos que te busquen te encuentren. Dame la fuerza para los desalentados, dame esperanza para los oprimidos, dame misericordia para los arrepentidos, sobre todo tormento para los perversos y ante todo da justicia a los excluidos. Ut deus, Magnum Magistrum Nostrum dominum…

Los golpes en la puerta de metal detuvieron los rezos de aquellos cuyos hábitos de guerrero aun vestían a pesar de las órdenes dadas por un Papa que había traicionado a Roma por un codicioso rey francés. Morirían en batalla o consumidos por las llamas per se, mas jamás verían sus ojos el sitio rendido ante un mandato francés.

—Entreguen la armas y tierras, renieguen de la Orden y salven sus vidas. —Las voces de quien capitaneaba aquel ejército venido de tierras lejanas resonaban más allá de los muros de una fortaleza que había visto la grandeza de quienes en la jornada habían sido asediados y acorralados, prisioneros en un apéndice de su propio castillo.

Los caballeros de Dios, los últimos templarios, herederos de aquellas cruzadas sagradas, no cesaron en su oración. Habrían caído presos, pero el hábito que con orgullo portaban, sería el sudario de su muerte. No hay caballero que muera arrodillado, ni templario caído sin batalla.

Abrieron pues, la losa de madera quienes habían llegado por órdenes del rey. Los caballeros de Dios se alzaron uno tras otro, alzaron su rostro, abrieron sus ojos, empuñaron sus armas y el último aliento sesgó sus almas. Derrotados en combate, muertos en batalla unos, sentenciados a muerte otros. La orden templaria había caído. Ya no quedaba nada.

Mas en el último aliento hubo quien recordó de las escrituras sagradas.

—Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem revertis. Anima non moriatur.

Caído el templario, selló con su sangre la sentencia grabada con acero. Los muros quedaron cerrados. No hubo misas, ni culto, ni ceremonias que honrasen las muertes de un episodio que aun prevalece. Los tiempos pasaron, mas las gentes de aquel lugar aun escuchan en el silencio, aceros de batalla y cascos de bestias que cargan con fuerza hacia una contienda lóbrega y espectral; pues el alma no muere, según sentenció un templario en la hora de su muerte.


Ahora puedes escuchar este relato en el nuevo canal Ivoox a través del siguiente enlace: https://www.ivoox.com/anima-non-moriatur-13-audios-mp3_rf_60262059_1.html

EL BARBERO DE VALENCIA

LA VUELTA A ESPAÑA EN 80 LEYENDAS, es una sección en la que recorremos juntos todas y cada uno de las leyendas y grandes narraciones que acontecieron en tiempos remotos de nuestra historia. Una España repleta de grandes gestas, de mitos, de cuentos y pergaminos.

Hoy: El barbero de Valencia. Leyenda nº15

El barbero de Valencia

“Corrían los años setenta del pasado siglo. Yo solía visitar a un amigo de mis padres, el jurisconsulto Manuel Marqués Segarra quien poseía, en su casa de la plaza del Conde de Carlet, una nutrida biblioteca sobre historia local y derecho valenciano,  de  hecho  Marqués  había  escrito  dos  obras  sobre  derecho foral valenciano y también sobre poesía, además de bastantes artículos en revistas y publicaciones especializadas. Pertenecía al círculo humanista formado por amigos como Pedro de Valencia, Genaro Lahuerta, Domínguez Barberá, Rafael Duyos, Carreres Zacarés o Gil y Calpe, y era un entusiasta de la poesía de Garcilaso y Boscán. En  mis  visitas  siempre  hablábamos  de  arte,  de  historia  y,  sobre todo, de libros antiguos. Yo sentía curiosidad por aquellos antiguos que engrosaban su colección, los que principalmente se hallaban repartidos entre su despacho y una habitación forrada de estanterías. Marqués, por entonces,  rondaba  los  70  años,  no  tenía  hijos  y  vivía  con  su  hermana  Josefina  que,  recuerdo,  era  algo  mayor.  Un día me manifestó que le preocupaba dónde irían a para sus libros. Yo le comenté mi deseo de comprarlos pero pagándolos poco a poco ya que mi economía era limitada. Así sucedió. En cada visita separaba unas cuantas obras que el bibliófilo valoraba –tengo que confesar a un buen precio– y acompañado de Rafa, mi hijo, cargábamos las bolsas y cajas de cartón con destino a casa. Así, en el transcurso de dos o tres años, fui adquiriendo casi toda la biblioteca. Digo casi toda porque Marqués  Segarra  llegó  a  vender  a  un  librero  madrileño  los libros más importantes y caros, los que yo no podía adquirir en esos momentos. Fui testigo a pesar de no mirar.

Manuel  Marqués  escribió  varios  artículos  en  el Almanaque  de  las Provincias de los años 60. A mí ya me llamó la atención el referente a 1966 cuyo artículo tituló Cosas de la Valencia ochocentista, unas noticias aportadas en un diario manuscrito por un tal Pablo Carsí, obra que decía haber adquirido en los últimos años. Un día le pregunté por él y me dijo que sí, lo tenía, y que era una obra curiosa por la cantidad de datos que incluía sobre Valencia. Me lo mostró. Ávidamente me dispuse a ojearlo viendo que, efectivamente, se trataba de un dietario de carácter popular, escrito por alguien que quiso anotar una  parte  de  las  historias  que  había  vivido  en  nuestra  ciudad.  Me llamó la atención la extensa portada que ocupaba toda la primera página: Año de 1800. Cosas particulares, usos y costumbres de Valencia  todo son cosas que he visto yo, Pablo Carsí y Gil, para después detallar otras curiosidades que se hallaban en el manuscrito”.

De este modo comenzaba la lectura que aquel día tenía entre manos, no era por razones de obligado cumplimiento, sino más bien, por el mero hecho del disfrute de letras y textos. Soy persona curiosa, pero jamás creí encontrar entre aquellos escritos una historia real, en mi propia ciudad natal, en las calles que de joven pateaba portando carretillas de frutas y verduras que mi madre mandara repartir desde el maravilloso Mercado al que llaman Central.

Y, así, entre aquellas hojas manuscritas descubrí que hubo en siglos pasados: “…en la calle de Serrageros hay un corral que tiene puerta a la calle, que al otro lado y saliendo por el mismo una taberna abría sus puertas en la calle que llaman de la Pellería y que todo formaba una única casa. Encima de aquella puerta había tres cabezas de piedra de hombre de las que se cuenta que en otros tiempos había una barbería, y que los que entraban a afeitarse los mataban y robaban, y otros añaden que en la otra casa había una pastelería, y metían en los pasteles carne humana de aquellos que mataban”.



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¿Dónde estás, Rodrigo?

El amanecer despertaba con un sol resplandeciente que ya aventuraba las altas temperaturas que se sufrirían, una jornada más, en el pequeño pueblo de Sotiel, allá por tierras onubenses. Donde los ríos se visten de rojo cobre y los hombres se internan en minas en busca de elementos del mismo nombre.

Era aun temprano cuando, Sebastián, un muchacho de apenas alcanzados los ocho años se levantaba con sigilo para no despertar a sus dos hermanos quienes, de edades más tiernas, permanecían sumidos en sueños. Solía esperar con ilusión en la madrugada a que sus padres dieran comienzo a la mañana, un nuevo día que afrontar. Ayudaba a su madre a preparar la mesa, un vaso de leche calentada en la lumbre y un chusco de pan que tostaba al fuego para calmar los estómagos de aquellos que aun estaban creciendo y de quien pronto iría a la mina a bregar. Una vez satisfechos los hombres del hogar, Sebastián gustaba de acompañar a su padre hasta la ermita que llamaban Virgen de España. En ella, predicaba entonces un cura de buena voluntad e intenciones que gustaba de charlar y ayudar a quienes sus puertas llamaran. Así fue que el muchacho, quien pronto sería tomador de comunión, había entablado amistad con quien él llamaba, Padre.

—Buenos días, Jose María —saludó el Padre Miguel.

—Buenos días tenga usted, Padre —contestó Jose María, padre de Sebastián—. Aquí le traigo al muchacho para las labores de la mañana.

—Es un buen chico, Jose María, debe estar orgulloso de él.

—Gracias, Padre. Me voy ya para la mina que los mandatarios no esperan ni avisan ni dan cuentas de quienes llegan tarde.

—Vaya usted con Dios.

—Igualmente.

Sebastián ingresó en el interior de la ermita junto al Padre Miguel quien le hacía entrega del cepillo para adecentar el templo de polvo y tierras que se hubieran colado con las brisas de la noche. En aquellos quehaceres se encontraba el muchacho cuando algo llamó de pronto su atención. Había pues entre las piedras que el suelo cubría, una abertura que antes no hubo o no creyó ver jamás. Golpeó con cautela con el palo del cepillo y, al sentir el hueco del vacío, se arrodilló con cierto pavor. Introdujo sus pequeñas manos por la rendija y tiró con energía hasta sentir que la losa cedía. Como si del diablo se tratara, echó la vista atrás en busca del Padre Miguel para que no le regañara, al no dar cuentas de él tiró con más fuerza esta vez. Consiguió, al fin, mover la piedra lo justo y preciso para descubrir en su interior un viejo pergamino. Intentó alcanzar el manuscrito, más aquel condenado se encontraba bastante alejado. Fue entonces que se tumbó por completo en el suelo, introdujo por la abertura el brazo entero y con las yemas de sus dedos consiguió al fin hacerse con aquel extraño objeto.

—¿Qué haces, muchacho? —preguntó asombrado el Padre Miguel al ver a Sebastián de aquella guisa en el suelo tirado, mas el asombro aumentó al ver lo que el niño extraía de aquel suelo casi olvidado de la madre de Dios.

—¿Qué es eso, Sebastián? —preguntó el Padre Miguel al ver el antiguo y deteriorado papel que el muchacho había conseguido extraer del suelo de la ermita.

—No sé, padre. Parece un antiguo escrito, es como de esos que usted tiene en su colección de libros viejos —contestó el chico.

—Misales, ¡animal! —corrigió Miguel al muchacho propinándole un suave capón en la coronilla—. Anda, déjamelo ver.

Sebastián le entregó el curioso objeto a quien regentaba aquella ermita, quien lo observó con verdadero asombro y estupefacción a la par que lo recibía como si del propio cuerpo de cristo se tratara. Miguel le hizo una señal al muchacho para que lo siguiera hasta el propio altar, donde desplegó con sumo cuidado aquella maravilla histórica. Aquel clérigo, de costumbres humilde y grandes conocimientos, dio fe de aquellas palabras escritas en el pasado y que hablaban y daban razón a lo que otro muchacho en el campo encontró por casualidad.

Una misiva que convertía una leyenda en realidad. Se quitó las lentes el viejo cura para limpiar sus ojos, esclarecer su mirada con el temor de que aquello que sostenía fuera a desaparecer. Limpió sus viejos anteojos también y los regresó al lugar que les compete para con máxima atención leer:

“Andados siete años del reynado del rey Rodrigo, que fue en la era de setecientos e cinquenta e siete años, quando andaua el año de la Encarnación del Señor de setecientos e cinquenta e diez e nueue años, que es aquesta storia scrita con tintas de sangre, e que narra no otra sino la storia de quien al amparo de tierras santas aguarda ya sin uida. Es que, tras la batalla, que pocos omes e uarias bestias corrieron acia el puente que llaman de tiempos pasados e que las aguas de colores cobrizos traspasa. Cavalgava, pues, nuestro rey herido de grauedad con intenciones de recobrar fuerzas que pudieran luchar en otras guerras que al norte se batallaban e que de su destreza fueran a necesitar, pues de todos, omes e mulleres, eran sabidas maestrías y habilidad del rey para con aceros e otras armas. Valeroso, osado e audaz; bravo e intrépido por demás.

Mas hubo en la batalla aquellos omes uenidos de otras tierras, de aquellas más allá de mares e aguas que solo otros de igual osadía pudieran considerar de cruzar. Eran acérrimos guerreros, con ropas xamas vistas ni conocidas por aquellos que luchámos. Mas sí hubo algo que no pudo más que marauillar a quienes en aquella contienda sufrimos, su bravura e gran habilidad para con las armas que portaban, aceros extraños y curvos, de afilada hoja que manejaban con la soltura de un soldado bien entrenado.

No habrá ome en aquestas tierras que en duda ponga la bravura e heroicidad de nuestras huestes, que sin temor a la muerte lucharon con fervor. Mas la fortuna no quiso abrazarnos e dexó caer a hijos de un Dios que escribió los designios para acercar sus almas a la saluación. Así, ordenó el rey cavalgar hacia tierras del norte con aquellos que la uida aun no les había sido arrebatada. Mas llegados a este templo por nuestro señor protegido, que el último suspiro de nuestro rey Rodrigo, se escapó por siempre. Es por ello que escribo aquestas palabras, donde dexar la constancia de que el cuerpo que las sostiene no es otro sino al que hacen llamar don Rodrigo”

*La carta no es real, es completamente ficticia y, a pesar de que en aquellos tiempos estaría escrita en latín, lo cierto es que he querido hacer un guiño a quienes años después, pocos años después, tradujeran estos escritos, imitando así, el léxico empleado en tiempos del medievo.


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Enlace a este relato: https://www.ivoox.com/donde-estas-rodrigo-audios-mp3_rf_60660890_1.html


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EL PACTO DE TEODOMIRO

Se hallaba, madre, trabajando en negocios de familia, donde el barro era, pues, el gran protagonista. Me encantaba de observar aquellas manos trabajar, a pesar de la crudeza del barro, de cortes y moratones, la agilidad en el movimiento hacían del tacto una suavidad tal, que tanto tinajas como útiles de guardar, parecían destacar de entre los más logrados artesanos.

Mientras, tras las murallas y fronteras de la tierra que nos protegiera, los hombres andaban con luchas y batallas contra quienes de más allá del mar vinieran a reclamar nuestros campos y viviendas. Eran hombres de aspecto singular, con ropas y bestias que no se hubieran visto jamás. Decían que habían venido cientos, miles, incluso más; que habían tantos que nobles cercanos habían perecido y entregado cuanto pudieran dar.

Fue así, que en la mañana de una jornada que comenzaba a despertar, el Señor de aquestas tierras no pudo más que reclamar a ancianos y mujeres que poder armar. La confusión estaba creada, el temor no hacía más que aumentar. ¿Qué pretensión y gloria podría haber en llevar a la lucha a quienes poco o nada pueden hacer? Mas las habladurías andaban erradas, no buscaba aquel Señor ninguna batalla.

Mandó a mujeres y ancianos vestir con ropas de hombres, atar sus cabellos y, a algunas, tapar su rostro con ellos. Que formaran línea de batalla en la colina que el pueblo salvaguardaba y que mantuvieran la posición hasta que él mismo la quebrantara. Armó a quienes allí estaban con cañas y palos, ante asombro de quienes aguardaban y, en silencio, acataban la orden de quien creían ya preso de locuras.

Así, don Teodomiro, bajó al llano montado en su corcel y con un tratado entre las manos. Cabalgó hasta líneas enemigas, solo, sin aliados. Mientras, los pocos del pueblo que aun quedaban en vida, se mantenían erguidos, expectantes, ante tal extraña situación. El sol avanzaba, al igual que el tiempo, y don Teodomiro seguía en el llano, solo, con el enemigo a tan solo dos pasos.

Vieron, entonces, el pueblo regresar a su Señor. Abrieron las puertas y, según anunciaba aquel acaudalado hombre, ¡estaban salvados! Las guerras, habían terminado y sus gentes habían ganado.

¿Qué había sucedido? Pregunté así a madre cuya sonrisa aparecía entre la timidez que la caracteriza.

-Mi niña, al parecer, don Teodomiro, ha hecho creer a aquellos que nuestras tierras amenazan, que estamos cubiertos y protegidos por un ejército de hombres armados; mas ellos no saben, que el ejército que temen, no somos más que mujeres y ancianos que con cañas y barro tenemos entre las manos.

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EL ÚLTIMO HOMBRE LOBO

Corría entonces el año de nuestro señor de 1852 y en las cercanías de la histórica ciudad de Toledo resultaba preso el último hombre lobo conocido en las Españas y aquesta no es otra que su historia.

“Fui nacido en las norteñas tierras de Ourense, hace cuarenta y dos años ha, que tal acontecimiento sucedió, mas no fue hasta que cumpliera la veintena que aquello que temiera se hiciera realidad. Fue una de esas noches en las que la luna completa su forma y se deja ver en su mayor esplendor que una llamada animal cobró forma humana. Aquellos aullidos que los hombres no entienden fueron, al fin, percibidos como el reclamo que eran. El temor y la zozobra cobraron fuerza en mi intelecto que se debatía por escapar.

Sucedió así, que la tortura hizo acto de presencia consumiéndome en un dolor tan intenso que caí desfallecido contra mi propia voluntad. Desperté en la mañana, sin ropas, sin recuerdo alguno que pudiera esclarecer cuales infortunios realizara en la noche. Solo tierra y sangre cubrían mi torso. Escuché las corrientes que el rio porta en sus aguas y limpié mi horror y vergüenza en ellas con la esperanza de purgar y purificar mi alma, si es que aquello fuera posible. Busqué con extrema celeridad las sendas que me guiaran hasta el hogar con claras intenciones de ser inadvertido por las gentes del pueblo. Fue, entonces, que escuché las voces que corrían como la pólvora hablando de la desdicha sufrida por madre e hijo que aventuraron de entrar en los bosques, pues ambos habían sido muertos por una bestia a la que llamaban lobos.


No hablé con familias, ni amigos, ni hombres de tabernas de aquella desventura sufrida en la noche de luna llena. Mas, cuando los días pasaron, en la víspera de la siguiente etapa que sufrí la visita de mi querida madre, quien para mi sorpresa despejó cuantas dudas portaba durante aquellas más de veintiocho jornadas. Invitióme a regresar al hogar materno con la promesa de correr ambos en la noche con la piel de la bestia. Intentó trocar y apaciguar aquello que en realidad era, mas no obtuvo el triunfo que albergaba. Con el pesar de aquella que deja marchar a quien más ama con el temor de ver partir al diablo, cedió en el empeño de mi marcha.

Por ello hoy confieso. Por esta que es mi maldición, he traído una vida errante y criminal, acometiendo en asesinatos y alimentándome con las carnes de quienes caían muertos. Era en ocasiones que viajaba en soledad, mas era en otras que, dos camaradas venidos de la capital levantina, compartían con quien suscribe, correrías. Éramos, pues, convertidos los tres en lobos, desnudábamos las ropas y, después, acometíamos y devorábamos a cualquier hasta que solo quedaran huesos”.

Fue por esto que llaman testimonio que las justicias pidieron la muerte del hombre lobo, mas jamás llegó dicha condena por orden de la que entonces era monarca, Isabel II.

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CORONA DE FUEGO

Hace tiempo que quería dar comienzo a una pequeña locura, tras el éxito alcanzado con El viaje que se convirtió en leyenda, he querido emprender un nuevo viaje; pero, esta vez, en compañía. ¿Te atreves a viajar conmigo y descubrir todas aquellas leyendas que recorren nuestra geografía? Leyendas que, sean ciertas o no, serán contadas a mi manera.

Prepara la maleta, porque nos vamos a conocer la primera de ellas 

CORONA DE FUEGO

“Aquellos años que componían los siglos de los llamados medievos y en una de esas grandes villas y fortalezas de tierras leonesas que sucedió aquesta leyenda.

Sucediose que en aquellos lares de montes forte de las tierras de Lemos que se levantaban castillos y monasterios. Quiso pues que por ventura o desventura que ambos fueran unidos por paso escondido de los ojos del pueblo.

Mandaba entonces un señor de noble linaje cuya hija era de belleza tal que los hombres perdían por ella la razón. Así fue que el noble escondiera a la muchacha de caballeros y lores que su virtud pudieran profanar, mas no supo que de aquel cuyo honor y fe consideraba inquebrantables, surgirían codicias y lujurias.

El rey envió mandato real para con el Conde de Lemos, siendo su deseo que marchara a tierras lejanas con sus tropas para guerras de frontera. Así, el señor de aquellas tierras dejó a su hija y esposa al cuidado y amparo del abad del monasterio. Quiso los designios de un ángel caído que el clérigo quedara enloquecido de amor por la doncella, hija del Conde, cuya belleza nubló la razón del abad. El clérigo quiso luchar contra aquellos deseos carnales que la joven despertaba en su ser, más no lo logró y, en una noche de esas que llaman de fuego, de lunas rojas como el infierno, que el abad cruzó el paso que unía monasterio y castillo. Avanzó con cautela hasta alcanzar la alcoba de la joven quien dormía ajena a su condena. Fue así que el abad satisfizo sus deseos, pero el temor al castigo hizo que también se portara el último suspiro de la joven doncella.

Lloraron nobles y plebeyos la pérdida de la muchacha. Se hicieron misas por su alma desdichada. Mas nadie supo quien fue el autor del dolor que asoló las tierras del Conde.

Fue que a su regreso, el Conde supo de la tragedia y, tal fue el dolor, que no comió ni bebió en jornadas enteras. Más, una joven al servicio del castillo, testigo de lo que la noche roja sucedió, habló a su señor de aquello que había visto.

El Conde, sabido de tal ofensa, invitó al abad con pretextos de tierras y otros temas de los que hablar. Mandó que se preparasen manjares, viandas de festividad en honores al clérigo de aquellas tierras por su devoción y buen hacer para con los que su protección reclamaban. El abad, caído en el engaño, comió y bebió a placer. Sucedió, entonces, que el señor del castillo pidió los postres para satisfacción y júbilo del clérigo; pero no fueron ni dulces ni postres lo que los pajes trajeron, sino una corona de hierro que habían calentado al fuego.

Entonces, mandó coronar al abad con pretextos de codicias por el título que ostentaba. Cayó así muerto, ante miradas de los allí presentes que nada dijeron”.

Audiorelato Corona de Fuego

©Mireia Giménez Higón
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LA VUELTA A ESPAÑA EN 80 LEYENDAS

Hace tiempo que quería dar comienzo a una pequeña locura, tras el éxito alcanzado con El viaje que se convirtió en leyenda, he querido emprender un nuevo viaje; pero, esta vez, en compañía. ¿Te atreves a viajar conmigo y descubrir todas aquellas leyendas que recorren nuestra geografía? Leyendas que, sean ciertas o no, serán contadas a mi manera.

Aquí os iré dejando los enlaces a todas a ellas que, además, tendrán al final el audiorelato para que podáis escucharlo tantas veces como gusteis 😉

  1. EL BARBERO DE VALENCIA
  2. ANIMA NON MORIATUR
  3. CORONA DE FUEGO
  4. ¿DONDE ESTÁS, RODRIGO?
  5. CALPURNIA
  6. EL SILLÓN DEL DIABLO
  7. EL GALLEGO DE BARCELÓS
  8. EL CALLEJÓN DEL DIABLO (Leyenda incluída en “El viaje que se convirtió en leyenda”)
  9. VENCER O MORIR
  10. EL PACTO DE TEODOMIRO