CAMPANAS

LA VUELTA A ESPAÑA EN 80 LEYENDAS, es una sección en la que recorremos juntos todas y cada uno de las leyendas y grandes narraciones que acontecieron en tiempos remotos de nuestra historia. Una España repleta de grandes gestas, de mitos, de cuentos y pergaminos.

LEYENDA Nº 10: CAMPANAS

Se encontraba, pues, el joven David a las puertas de la sala en la que jamás creería ver venganza tal que nunca más ningún señor y noble osara doblegar a un rey. Tan solo era un mozo, un sirviente de las más baja alcurnia, de aquellos que limpian con sus propias manos, si fuera menester, los suelos pétreos de fortalezas y castillos; mas aquella jornada se convertiría, además, en uno de los pocos elegidos para custodiar el secreto mejor guardado de un monje nombrado rey.

Sucedió que aquel que pasó a la historia como Ramiro II, el monje, subió al trono sin respetos ni juramentos de nobles que salvaguardaran su nombramiento. Las rebeliones se respiraban por doquier y las reyertas entre los señoríos suponía ya una constante en un reino que comenzaba a decaer. Mas, jamás creyó este rey monje que sus huestes menguaran con tal ligereza que su propia corona sufriera peligros inminentes.

Fue entonces que, el rey monje, pidió a cierto mensajero con pocos o nulos intereses que viajara junto a un par de sirvientes hasta una abadía lejana para entrega de cierta misiva al abad de la misma. Así fue como el joven David comenzó su promoción hacia un grupo selecto de hombres que pasarían a formar parte de los custodios del rey. Marchó David junto al mensajero y otro hombre también de su linaje y condición hacia el Monasterio consagrado a San Ponce.
Llegaron pues al destino fijado y, al dar aviso de por orden de quién venían, fueron rápidamente atendidos por el abad a quien entregaron la misiva del rey. Éste leyó con cautela las palabras manuscritas y selladas por el propio monarca quien, con el recelo del que teme por vida y corona, osó de escribir en secreto. Invitó pues, el abad, a los tres enviados a seguir sus pasos hasta el lugar donde los huertos se abren, agarró un cuchillo y, sin dar mayor aviso, segó todas y cada una de las coles mayores y dejó sin cercenar aquellas más chicas que se cobijaban bajo él. Ordenó pues, ante el asombro de quienes allí se encontraban, que narraran al rey cuanto hubieran visto.

Así fue que regresaron los dos hombres y el muchacho a pedir audiencia con el monarca y prestaron juramento de aquello que le relataban. Quedó el rey monje satisfecho con aquellas palabras, a pesar de que solo él las interpretara.
Mandó entonces el rey monje llamar a los más afamados y gloriosos nobles, a los principales hombres de las casas más importantes para que visitasen Huesca pues, según decían, el rey iba a mandar construir la campana más extraordinaria que jamás nadie hubiera osado de fundir. Aquellos hombres que con sornas recibieron la invitación, creyeron que las risas y burlas continuarían allá donde debían acudir. El rey monje, con muestra de gran placer por el éxito del llamamiento, recibió a los nobles con las galas de las que debían por condición y gallardía. Después, mandó que entrasen, uno por uno, en orden que él mismo marcó, a una sala un tanto oscura e insonora donde la sorpresa venía dada no por una campana, sino por el silbido de una guadaña que un verdugo empleaba para decapitar a cuantos por la puerta entraran. Hasta trece hombres cayeron.

Dictó así, el rey monje, colgar sus cabezas en orden. Que los hombres que sin saberlo fueron cómplices de tal hecho, limpiaran los suelos y guardaran los cuerpos. Así, una vez fueron sus mandatos concluidos, invito al resto de hombres a ingresar en aquella sala donde el hedor de sangre y muerte prevalecía y que contemplaran así, las cabezas de quienes, con sus faltas, habían supuesto revueltas en los dominios que regentaba.

Jamás regresaron las revueltas, ni la osadía, ni las faltas. Las casas que sobrevivieron a los hechos doblegaron sus rodillas y entregaron sus espadas, serían pues, vasallos de un nuevo rey. Y así contó la historia, un tal David de Mendoza, en unas crónicas olvidadas bajo las losas. 


Puedes escuchar esta leyenda a través de mi programa de relatos. Aquí os dejo el enlace al programa y, por supuesto, a la leyenda: https://www.ivoox.com/campanas-audios-mp3_rf_64885094_1.html


Reto Literup: “Valencia. 2218”

Una historia donde la protagonista ve por primera vez el cielo

La historia de hoy se me ha ido un poquito de las manos y no sé si cumplirá con el requisito. En cualquier caso, aquí os dejo esta historia de ciencia-ficción para aficionados, jaja.

VALENCIA, 2218

Las razones por las que la Tierra se encontraba en un estado más que decadente podían haberse evitado si los humanos que vivieron hace más de doscientos años hubieran tomado conciencia de lo que iba a deparar a la humanidad sus excesos. Ahora ya es demasiado tarde y los jóvenes que contamos con la capacidad y aptitudes necesarias para la búsqueda debemos partir sin demora.

La mayoría de las mujeres han perdido el don de la fertilidad y los hombres son cada vez más escasos, la humanidad se encuentra al borde de la extinción si los supervivientes no somos capaces de encontrar una solución a este descenso directo a la abolición humana. Mi nombre es Laika y soy la primera mujer menor de dieciocho años en ser enviada en una de las naves subacuáticas. Las aguas cada vez van cobrándose más y más zona terrestre y, los más ancianos, defienden la posibilidad de vivir bajo ellas con la tecnología apropiada. Dicen que hay ciudades enteras enterradas y que, de entre sus escombros, debe hallarse la respuesta.

Los pocos niños que consiguen sobrevivir al nacimiento son enviados a las colmenas, donde un personal cualificado los cría y protege hasta que su sistema inmunológico es capaz de trabajar en el exterior. Recuerdo cuando era tan solo una niña que crecía y alimentaba junto a los demás. Un día, hubo una alerta de GCD (Gas contaminante desconocido) justo en un instante en el que los cuidadores se encontraban fuera de sus funciones habituales dejándonos a solas. Muchos niños actuaron como cualquiera de su edad rompiendo a llorar sin control alguno, mientras que otros intentamos tomar las riendas de la situación. Vi que una de las puertas de seguridad se encontraba entreabierta y, tras comprobar que llevaba hasta los refugios, llamé la atención de los demás para que me siguieran. Esperé hasta que el último niño salió para incorporarme a la huida y cerrar tras de mí dicha puerta. Incité a todos a que corrieran sin mirar atrás hasta llegar a los bunkers donde albergaba la esperanza de que estuvieran ya algunos de los adultos. Por suerte, así fue. Dos de ellos se encontraban en la entrada hacia los subterráneos mientras comprobaban que estábamos todos y anotaban en sus cuadernos lo que fuera que debieran escribir. No pasó ni media hora cuando una mujer de unos treinta años, pelo castaño, ojos bicolor y complexión atlética entró en la estancia. Nos miró a todos inexpresiva y, con un chasquido de los dedos, uno de los adultos que nos custodiaban le entregó su cuaderno. Mientras leía lo que en él estuviera escrito, asentía con satisfacción. Yo no podía apartar la mirada de aquella mujer preguntándome quién sería y qué hacía allí sin mediar palabra. Nunca la habíamos visto y nunca más volveríamos a verla.

Entonces alzó su mirada y con una sonrisa indescriptible empezó a nombrar a un cierto número de niños. Llevaba cinco nombres cuando con la misma voz firma me nombró. Según éramos llamados debíamos de acercarnos a una primera línea. Aquella mujer nombró a un total de diez niños, todos varones menos yo. Todos mayores de diez años, excepto yo que tan solo contaba con siete. Después de aquello, nunca más la volvimos a ver. Abrieron la puerta para que los elegidos saliéramos en fila y en orden, nos dirigieron por un pasillo que jamás había visto o, por lo menos, no recordaba haberlo hecho antes. Llegamos a un hangar donde un camión militar nos esperaba y nos subieron a la caja donde nos sentamos sobre unos bancos de metal que caían de los laterales. Junto a nosotros, cuatro soldados armados nos flanqueaban sin saber aun si era para protegernos o para amenazarnos en caso de intentar huir.

Tras un trayecto lleno de baches y curvas que el conductor parecía coger con exceso de velocidad, llegamos a nuestro nuevo destino. Nos bajaron del camión sin mediar palabra para, después, guiarnos en silencio hasta la persona que sería nuestro nuevo custodio.

—Bienvenidos, reclutas. —Un hombre de avanzada edad, de pelo canoso y ojos claros nos recibía con una amplia sonrisa de dientes perfectos y blancos como nunca había visto hasta entonces—. Soy el Coronel jefe de esta Base en la que viviréis de hoy en adelante. No os asustéis pequeños, yo no seré quien os tutele, en mi lugar tendréis a las personas adecuadas que os ayudaran a forjaros como jóvenes soldados y depositará en vuestras manos nuestro futuro. Esperad aquí y pronto os llevarán a vuestras celdas.

Así fue como todo empezó. Con tan solo siete años me instruyeron para ser un soldado de obtención, de esos que arriesgan sus vidas en viejos submarinos en busca de resquicios humanos bajo las aguas, de tierras perdidas que un día fueron habitadas por nuestros congéneres antes de la gran explosión.

Hoy tengo dieciséis años, la edad mínima que se estipuló para activar a los nuevos soldados. Esta será mi primera misión, mi primer viaje. Conmigo vendrá Tomás, otro de los niños reclutados y con el que siempre he tenido una gran relación, quien me ha cuidado desde niños cuando llegamos a este lugar.

—¿Cómo vas? —Un suave golpecito en el hombro hace que me gire para encontrarme con los ojos pardos de mi mejor amigo—. ¿No estarás asustada?

—Esa palabra no entra en mi vocabulario, chaval. —contesto. Tomás ya es veterano en estos viajes, es la tercera salida que realiza y, por supuesto, su actitud es muchísimo más despreocupada que la que pueda tener yo.

—En serio, Laika, no te preocupes por nada. Eres de las mejores de la cosecha. Ellos lo saben y tú deberías aceptarlo.

—No sé, Tomás, me conoces demasiado para saber que no me gusta ir donde desconozco. ¿Qué tiene de especial esta misión para que me hayan activado ya? —pregunto. A pesar de ser la edad mínima de activación, era muy raro que llamaran a misión a los que acababan de cumplir los dieciséis. Lo normal sería que reclamaran primero a los mayores y los recién activados se dedicaran a trabajos de logística hasta alcanzar cierta madurez militar.

—No lo sé, pero no creo que tardemos mucho en averiguarlo. —Hizo un gesto con la cabeza para señalar que algo pasaba tras de mí—. Ponte el casco, viene la Jefa.

—Señores, atención. —Frente a nosotros se encontraba la Comandante Werner, todos sabían de su capacidad en acciones especiales. En su niñez mostró grandes dotes de liderazgo que fue aumentando con el tiempo hasta convertirse en uno de los activos más codiciados de nuestro ejército—. Como verán, nos encontramos en una situación especial en la que muchos os preguntaréis cómo es que hay niñatos en las filas. Bien, esos niñatos son los mejores de su promoción y por ello se ha decidido activarlos en esta ocasión, digamos, especial. Los servicios de nuestra inteligencia han detectado lo que parece una de las mayores zonas arqueológicas sin explorar. Parece que no ha sido explotada y necesitamos que adquiráis el mayor número de documentación que podáis. También sabemos que los piratas se encuentran al tanto de esta situación y, es por ello, que hemos decidido mandar la mayor flota hasta el momento. No podemos perder nada. Lo necesitamos todo.

Poco después nos encontrábamos todos los elegidos para la misión subidos en diversos submarinos. Los nervios y, lo que podría llamarse ilusión, se mezclaban en mi interior. Observaba al resto de soldados con esa actitud desenfadada que tanto les gusta mostrar cuando el servicio se lo permite. Voces y risas enérgicas llenaban el cascarón de metal y ocultaban el sonido de los motores. Una sirena y la luz tintineante de color rojo anunciaban que procedíamos a la inmersión. Esperé a que la nave se estabilizara para acercarme a una de las diminutas ventanas. No podía verse demasiado por la poca luz filtrada del exterior, aunque, en ocasiones, algún animal acuático despistado o curioso cruzaba la visión oceánica.

Tras una semana, con sus siete días y siete noches, llegamos a una zona que, al parecer era del todo desconocida. Todos nos acercamos hacia las pequeñas y redondas ventanillas para ver de primera mano qué era aquello que tanto alarmaba a los altos mandos que nos acompañaban.

Ante nosotros una visión extraordinaria se abría camino. Ninguno podíamos creer lo que ante nuestros propios ojos se abría camino. Era una ciudad viva bajo el agua. Una enorme cúpula llena de luz, de edificios y seres que andaban por calles muy similares a las de la superficie.

Sin apenas darnos cuenta, uno de los submarinos que nos acompañaba estalló en pedazos. Señal inequívoca de que aquellos seres nos estaban atacando. La alerta sonó con fuerza y todos nos preparamos para un nuevo ataque inminente, más bajo las aguas poco podíamos hacer salvo esperar que los misiles subacuáticos surtieran el efecto deseado.

La suerte o la desgracia provocó que todas las naves cayeran excepto aquella en la que me encontraba. Fuimos capturados y arrastrados hasta el interior de la cúpula donde nos separaron y nos llevaron a diferentes celdas o habitaciones. La sorpresa fue mayor cuando pudimos ver que quienes nos arrestaban en seres humanos como nosotros que habían logrado construir una ciudad subterránea en la que vivir lejos de la polución.

Desde la habitación en la que me hallaba podía ver parte del exterior. Parecía una ciudad cualquiera, de esas que habían estudiado en libros de historia. Justo frente a la diminuta ventana por la que me asomaba había una heladería típica de esas que tenían un toldo de colores rosa y blanco, con algunas mesas de metal y sillas a juego que flanqueaban la entrada. Las personas que circulaban por la calle lo hacían andando o en bicicleta, no me pareció ver coche alguno o vehículo a motor. Llamaba mi atención los niños que allí veía, corrían y reían sin temor.

El sonido del pasador de la puerta de mi celda llamó mi atención. Entró un hombre armado con lo que parecía una especie de ballesta y, tras él, otro hombre aún mayor con una bandeja con comida. Ninguno pronunció una palabra. No sé con exactitud el tiempo que permanecí encerrada, sola, sin saber del resto de mis compañeros; pero llegó el día en el que, al fin, me dejarían salir para hablar con quien debía ser el contacto o el mediador que habían designado.

Me encontraba en una habitación un poco más acogedora. Estaba vacía por completo, salvo por tres sillones tapizados en telas granate que iban a juego con los acolchados de las paredes. También había una mesa vacía. Quien me acompañó me invitó a sentarme mientras esperaba a quien fuera con quien me iba a entrevistar. No tardó más que unos instantes en volver a abrirse la puerta para dar entrada a un hombre de unos cuarenta años, de traje oscuro y piel blanquecina, como todos en aquel lugar.

—Laika, ¿verdad? —preguntó el susodicho que, ante mi asentimiento, prosiguió—. Yo soy Marcus, estoy aquí para hacerte entender la situación en la que te encuentras y explicarte nuestra existencia. —Realizó una breve pausa antes de proseguir con su alocución—. Debo informarte de que nuestra existencia debe permanecer en total secreto, jamás debe llegar noticia alguna de nuestra presencia a los terrestres, es decir, a tus congéneres del exterior. No sé si comprendes por donde voy. —Quería creer que sí sabía qué era aquello a lo que me enfrentaba, pero la inseguridad hizo que mi reacción no fuera la esperada. A pesar de ello, el tal Marcus, decidió ser más concreto—. No podemos acogeros a todos los que habéis sobrevivido a nuestro ataque, sin embargo, tu, querida niña, eres uno de los elegidos para quedarte si así lo deseas. En caso contrario, tu cuerpo será expulsado de la cúpula.

—¿Dónde están los demás? Mis compañeros, ¿qué ha pasado con ellos? —pregunté con la esperanza de recibir una respuesta que pudiera digerir.

—Algunos han sido ya expulsados y otros han aceptado nuestra oferta. Podrás quedarte, tendrás un trabajo como todos los que estamos en este lugar y que deberás realizar religiosamente.

—¿Por qué yo puedo quedarme?

—Sencillo. —contestó mi interlocutor con una medio sonrisa que ya anunciaba parte del sentido a la respuesta—. Eres mujer y joven. A diferencia de lo que sucede en la superficie, aquí las mujeres cada vez escasean más. —Sin mayor argumentación, Marcus se levantó para marcharse de la sala dejándome con más dudas de las que había podido entender; pero antes de salir me dio una última directriz—. Decide pronto cuál va a ser tu respuesta. Mañana comenzará tu nueva vida en caso de que decidas quedarte.

Llevaba cerca de una semana ya en aquel lugar, nunca supe que pasó con Tomás, aunque lo pude imaginar. Otros sí corrieron la misma suerte que yo, casi todos eran de los nuevos activos, jóvenes como yo. Me habían asignado una chica de mi edad para que me guiara en mi nuevo trabajo e informara de mi actitud hasta estar seguros de que podían confiar en mí y dejar que viviera en alguna de las casas disponibles.

No podía ver la totalidad de la ciudad, pero al encargarme de la limpieza de las calles, podía observar al resto de las personas que me miraban con desconfianza. Todos allí eran bastante pálidos, aunque saludables. Podían cultivar la mayoría de las hortalizas y frutas gracias a un sistema de calor que simulaba las estaciones del año y la luz solar. Del mismo modo, en el resto de la ciudad, fuera de aquel invernadero, el día y la noche eran marcados por grandes luces ancladas a media altura de la cúpula. Y, el oxígeno, conseguían introducirlo del exterior con un enorme tubo que subía hasta la superficie y que era limpiado antes de introducirlo de nuevo en la bóveda de cristal.

Me encontraba entretenida en mi trabajo de limpieza cuando reparé que una chica, al otro lado de la calle, me observaba con atención. No pude verle el rostro con claridad, pero el corazón me dio un vuelco cuando nuestras miradas se cruzaron. Aquella noche no pude dormir pensando en aquella joven que había visto el día anterior, sin saber que al día siguiente la volvería a ver.

Cuando la chica volvió al lugar en el que me encontraba, sentí el valor de acercarme hasta ella. La muchacha ni se inmutó, se mantenía firme ante mi acercamiento. Entonces todo sucedió demasiado rápido. Un agente de la autoridad que ninguna vimos llegar atrapó a la joven mientras otro me retenía y me trasladaba de nuevo a mi celda. No podría jurar lo que aquel día pude ver, pero estaría loca si no asegurara que aquella joven era exacta a mí. ¿Cómo podía ser? De pronto, decenas de imágenes comenzaron a sucederse en mi mente recordando a las personas que había visto desde el día de mi llegada. Muchos de ellos me resultaban conocidos. Una de las veces me pareció ver a Tomás, pero por más que lo llamaba él no me contestó y pensé que me había confundido. Recordé haber visto a una mujer mayor, de pelo cano y ojos bicolor que me resultaba muy familiar, aunque de otra época.

Llamé con fuerza al custodio, quería hablar con Marcus. Él era quien debía responder, desde que había llegado charlaba todas las tardes con ese hombre para ver como iba adaptándose y, de paso, solventarme las dudas existentes.

—¿Qué sucede, Laika? —preguntó mientras se desabrochaba uno de los botones de la chaqueta para sentarse en el sillón aterciopelado que se encontraba frente a mí.

—Quiero saber quiénes sois.

—No entiendo a qué te refieres.

—Hace unos días vi a una chica que era exacta a mí y, cuando fui a preguntarle quien era, dos de tus hombres nos separaron. —Sentía la respiración entrecortada por la adrenalina que me empujaba a escupir cada palabra—. He visto a varias personas que, por casualidad, se parecen demasiado a las gentes que conozco, que recuerdo del exterior.

—Eso es imposible, querida. —contestó con una tranquilidad que me desquiciaba.

—Sé que las personas que viven aquí son iguales a las que sobreviven en la superficie y quiero saber por qué. —Insté.

—Si te respondo a esa cuestión, es muy probable que nuestro trato se rompa. ¿Lo comprendes?

—No me importa. ¿Quiénes sois? —Grité sin pretenderlo.

—¿Estás segura de que quieres conocer nuestros secretos?

—Por supuesto.

—Deseo concedido. —Con aquella sonrisa que me desquiciaba comenzó su confesión—. Verás, nosotros somos los verdaderos humanos. Los supervivientes. El problema es, que no podemos vivir en la superficie por razones que bien conoces. —Hizo una pausa para reclamar la atención del asistente que se encontraba de pie junto a la puerta y que siempre nos acompañaba—. ¿Puedes traer un par de copas de vino? —Le dijo y, después, regresó a mí—. Entonces, nuestros científicos, consiguieron la forma de crear seres exactos a nosotros con un único defecto, no podéis procrear y, es por ello, que debemos mandar más de un ser a la superficie para que haya el suficiente número de seres capaces de afrontar las inclemencias del exterior. Al principio, os creamos con la intención de que trabajarais en un plan de saneamiento de la Tierra, pero, poco a poco, comenzasteis a tener una mayor conciencia de conservación y, por ello, debimos escondernos y borrar todo rastro de nuestra existencia. —La puerta de la estancia se abrió dando paso al asistente que portaba una bandeja con sendas copas repletas de vino tinto que depositó en la mesa—. Por favor, Laika, toma esta copa mientras seguimos con nuestra charla. —Ante mi repulsa, Marcus insistió—. Te vendrá bien para digerir toda esta información…

Lo cierto es que ya no recordé nada más. Tan solo un sorbo de aquel brebaje hizo que sucumbiese y despertara de nuevo en mi celda. Y es por esto que escribo a media luz en este diario todo aquello que recuerdo. Mañana intentaré descubrir más, intentaré escapar.

Valencia, año 2258

—Sí, señor. Este diario ha sido encontrado a orillas del mar. —Un soldado le mostraba a su superior el cuaderno encontrado en una carcomida botella de cristal.


EL PACTO DE TEODOMIRO

LA VUELTA A ESPAÑA EN 80 LEYENDAS, es una sección en la que recorremos juntos todas y cada uno de las leyendas y grandes narraciones que acontecieron en tiempos remotos de nuestra historia. Una España repleta de grandes gestas, de mitos, de cuentos y pergaminos.

LEYENDA Nº 5: EL PACTO DE TEODOMIRO

Se hallaba, madre, trabajando en negocios de familia, donde el barro era, pues, el gran protagonista. Me encantaba de observar aquellas manos trabajar, a pesar de la crudeza del barro, de cortes y moratones, la agilidad en el movimiento hacían del tacto una suavidad tal, que tanto tinajas como útiles de guardar, parecían destacar de entre los más logrados artesanos.

Mientras, tras las murallas y fronteras de la tierra que nos protegiera, los hombres andaban con luchas y batallas contra quienes de más allá del mar vinieran a reclamar nuestros campos y viviendas. Eran hombres de aspecto singular, con ropas y bestias que no se hubieran visto jamás. Decían que habían venido cientos, miles, incluso más; que habían tantos que nobles cercanos habían perecido y entregado cuanto pudieran dar.

Fue así, que en la mañana de una jornada que comenzaba a despertar, el Señor de aquestas tierras no pudo más que reclamar a ancianos y mujeres que poder armar. La confusión estaba creada, el temor no hacía más que aumentar. ¿Qué pretensión y gloria podría haber en llevar a la lucha a quienes poco o nada pueden hacer? Mas las habladurías andaban erradas, no buscaba aquel Señor ninguna batalla.

Mandó a mujeres y ancianos vestir con ropas de hombres, atar sus cabellos y, a algunas, tapar su rostro con ellos. Que formaran línea de batalla en la colina que el pueblo salvaguardaba y que mantuvieran la posición hasta que él mismo la quebrantara. Armó a quienes allí estaban con cañas y palos, ante asombro de quienes aguardaban y, en silencio, acataban la orden de quien creían ya preso de locuras.

Así, Teodomiro, bajó al llano montado en su corcel y con un tratado entre las manos. Cabalgó hasta líneas enemigas, solo, sin aliados. Mientras, los pocos del pueblo que aun quedaban en vida, se mantenían erguidos, expectantes, ante tal extraña situación. El sol avanzaba, al igual que el tiempo, y Teodomiro seguía en el llano, solo, con el enemigo a tan solo dos pasos.

Vieron, entonces, el pueblo regresar a su Señor. Abrieron las puertas y, según anunciaba aquel acaudalado hombre, ¡estaban salvados! Las guerras, habían terminado y sus gentes habían ganado.

¿Qué había sucedido? Pregunté así a madre cuya sonrisa aparecía entre la timidez que la caracteriza.

-Mi niña, al parecer, nuestro señor Teodomiro, ha hecho creer a aquellos que nuestras tierras amenazan, que estamos cubiertos y protegidos por un ejército de hombres armados; mas ellos no saben, que el ejército que temen, no somos más que mujeres y ancianos que con cañas y barro tenemos entre las manos.


Puedes escuchar esta leyenda a través de mi programa de relatos. Aquí os dejo el enlace al programa y, por supuesto, a la leyenda: https://www.ivoox.com/pacto-teodomiro-audios-mp3_rf_64512155_1.html


Vencer o morir

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LEYENDA Nº19: VENCER O MORIR

Corría el año de nuestro señor de mil ochocientos ocho, cuando en el sexto mes hubo quien se alzase en calles y plazas de la hoy capital levantina. Fue que, un hombre de origen humilde consiguió con la sola fuerza de su puntería y fusil, que un ejército, el mejor de aquellos tiempos, retirara su ataque. Y es hoy que quiero contar su gloriosa historia.

Encontrábase, Miguel García, a lomos de su caballo. El anochecer había acabado con las embestidas del mariscal Moncey a la cabeza de su ejército imperial. No había en el mundo mayor empresa que la francesa, ni mejor General que aquel que llamaban Napoleón.

Hacía varias jornadas que habían tenido noticias del levantamiento de Madrid, de la gesta que los ciudadanos de la villa habían protagonizado. Sabían que su rey había entregado su corona al emperador francés y que, tras ser conocedor de las revueltas en el sitio de Valencia, Murat había dado orden de tomar la ciudad. Decían que más de diez mil soldados profesionales avanzaban hacia la que creían la única defensa de Valencia, sus murallas medievales. Así sucedió que soldados y reclutas, reforzados con los milicianos, armaron los muros y prepararónse para la batalla.

El corcel del miliciano, como si de su futuro fuera sabedor, relinchaba y golpeaba con su pata delantera la tierra sobre la que se encontraba. Miguel se mantenía erguido sobre la bestia, agarrada la trincha con la siniestra y el arma con la derecha. Respiró y alzó la mirada sobre la muralla, allí que vio al Padre Rico, quien fue artífice también del asalto a la Junta, pues querían rendir la ciudad, más los valencianos dijeron que no y así se hizo constar en la misiva enviada al mariscal.

Aun se oían gritos en calles y plazas alentando a la batalla, recorrían la línea animando y exhortando a la pelea desde la propia mañana de aquella intensa jornada, más embraveció tanto a la gente que ya no hubo más voz que la de vencer o morir. De aquel modo seguía el Padre, quien anduvo constante por los parajes de mayor riesgo y ayudaba a la defensa con gran energía y brioso porte.

Miguel, observó entonces a una mujer de vestido rasgado y rostro manchado de hollín y barro, supo que de otras había también en la batalla, pues no hubo distinción de sexo en la llamada, más recordó que en la mañana, cuando creyerónse sin munición ni metralla que unas mujeres de la más elevada clase arribaron a la línea. Los milicianos arrancaron verjas de las casas más cercanas, portaban útiles de hierro y, aquellas mujeres obraron con su saber a coser los saquillos en los que irían los hierros cortados a pedazos menudos para su uso como metralla.

El caballo relinchó, la puerta de Ruzafa era abierta, recobró, Miguel, el sentir y la razón de la batalla. El olor del salitre que acompañaba a los valencianos en el diario habitual se encontraba ya mezclado con el dejado por la pólvora. Espoleó a la bestia que, alzando ambas extremidades delanteras, se lanzó al galope a extramuros sin temores ni miedos que lo limitasen. Vencer o morir, aquél había sido y era el lema de aquellos que habían creído en la defensa de la ciudad y por ella luchaban hasta el último aliento, hasta la última gota de su sangre. En ello pensaba el jinete que agazapado montaba sobre su caballo, pero fue al llegar a líneas enemigas que alzó su torso, agarró con ambas manos su arma y disparó hasta cuarenta cartuchos con tremenda destreza y atino, robando con ello tantas almas francesas como tiros hubo ejecutado. Regresó con premura al interior de las murallas, más no sería la última salida pues le siguieron, al menos, cuatro más con idéntico resultado.

El clamor de sus congéneres aumentaba con cada regreso convirtiéndole así en uno de los héroes de la batalla. Pero, sucedió que en la última salida fue herido su caballo de gravedad y como glorioso valiente fue tratado hasta su muerte.

La batalla cesó en la noche salvo ataques aislados de los franceses que en nada dolieron a los valencianos y, llegado el amanecer, un vigía encomiado al campanario de la catedral dio noticia de replegada francesa. Apenas creyeron tal buena nueva, pero pronto verían marchar al enemigo. La alegría tomó formas de vítores y aplausos, de abrazos y cantos, pues ningún francés creyó jamás que la ciudad de Valencia se defendiera con mayor honor y heroicidad sin par.

De este modo se convirtió en leyenda un tal Miguel García, mesonero en la calle de San Vicente, que solo y a caballo realizó cinco salidas, disparó cuarenta cartuchos en cada una y segó tantas vidas gabachas como tiros salidos de su arma.


Puedes escuchar esta leyenda a través de mi programa de relatos. Aquí os dejo el enlace al programa y, por supuesto, a la leyenda: https://www.ivoox.com/vencer-o-morir-audios-mp3_rf_64267496_1.html


El Orgullo Del Dragón

Os dejo mi opinión sobre El orgullo del dragón.

En clave literaria

Hoy os traigo una lectura diferente a lo que os tengo acostumbrados. Una novela de corte steampunk escrito por las autoras: Iria G. Parente y Selene M. Pascual.

Tal y como dice la sinopsis, esta novela nos plantea un mundo donde hombres y mujeres siguen en clara lucha por la supremacía social. Por un lado, en Viria, nos encontramos un mundo donde los hombres son los dueños y señores de la tierra y, por otro, en Gineyka es justo al revés. Es una historia coral repleta de diversos personajes con sus inquietudes, deseos y baches que superar. Personajes que no se conforman con la realidad que les ha tocado vivir y que buscan ser algo más dentro de una sociedad que los desplaza.

Sin embargo, no es solo la razón de sexo la que separa ambos mundos, no. También lo es la ciencia. En Viria los avances científicos crecen…

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El callejón del diablo

“El callejón del diablo” es una leyenda que se incluye en mi novela “El viaje que se convirtió en leyenda” y que he querido compartir en esta primera entrada de la temporada. En esta ocasión, no seré yo quien narre en el programa de radio esta leyenda, sino que lo harán dos grandes profesionales que, seguro, darán un toque muy especial a esta historia llena de amor, traición, miedo y oscuridad.

Leyenda especial: El callejón del diablo (El viaje que se convirtió en leyenda)

“Dicen que allí donde la Catedral toledana descansa, hay una puerta maldita que las almas débiles atrapa.

En una ocasión hace ya muchos años, hubo una joven despreocupada que, ora sí, ora no, a un muchacho burlaba con juegos del amor. Sucedió que otro de casa no muy lejana, había puesto sus miras en aquella joven despreocupada y, en vistas de los juegos contraídos, decidió adelantarse al muchacho que burlaban. Fue entonces hasta la casa del padre de la joven y solicitó la mano de ésta a cambio de una suculenta promesa, éste aceptó y la mano de chica quedó prometida.

Pobre la muchacha cuando a su hogar llegó y descubrió que a quien amaba ya no iba a ser su protector, ella estaba prometida a otro hombre que de poco o nada conocía. Se echó a llorar en su privado y la madre consolarla intentó, mas todo esfuerzo fue en vano ya que la muchacha de llorar no cesó.

Al día siguiente no hubo más que darle al burlado a quien un corazón femenino y joven pertenecía, la buena nueva. Ya no sería esposado con su compañera de juergas. Ya no habría risas, ni burlas, ni juegos, ni excusas.Desolado el burlado paseó por las calles de la noche toledana y, al pasar por la puerta de la que se habla, escuchó la voz en susurro de alguien que le tentaba. Sólo una cosa le pedía a cambio: el corazón virgen de una muchacha. Éste cuyo amor le cegaba, decidió en la madrugada esperar paciente cerca de la plaza a una joven ilusa que por esos lares paseara. Así escuchó la risa inocente de una joven y, esperándola en la oscuridad de un portal, salió a su acecho en el momento justo de clavarle un puñal. La joven desgraciada cayó de espaldas y el burlado huyó a su casa.

Pronto el día alcanzó su plenitud y los gritos y lloros inundaron Toledo. El burlado regresó al callejón del diablo y, con el corazón destrozado comprobó que quien había allí postrado no era otra que su amor.

Decenas de historias cuentan relatos similares de quienes temiendo la perdida futura escucharon la voz de un susurro donde depués ya no había nada. Algunos hablan de esa puerta maldita por la que el diablo se escapa, busca a su víctima y, en el callejón de su nombre, termina su hazaña”.


Puedes escuchar el podcast a través del siguiente enlace: https://www.ivoox.com/callejon-del-diablo-audios-mp3_rf_63863510_1.html


TOLETUM. Una aventura de otra época (avance)

PRÓLOGO

Año 711 d.C. Toletum

Los pasos se escuchaban cada vez más cerca. Y el silencio, que hasta aquel momento había sido una paz efímera, se había volatilizado en el mismo instante en el que las voces de aquellos extraños soldados que el rey había visto en lienzos del pasado, habían descubierto su paradero.

—Debemos darnos prisa —sugirió el emisario del rey—. Tú —dijo a uno de los presentes que habían partido con él hacia esta misión Santa en la que, quizás, todos perderían la vida por salvar los reinos que caían bajo los yugos de aceros venidos de más allá de las aguas conocidas. Eligió al que parecía más joven, ágil y fuerte, pues solo un defensor de la causa con semejantes característica podría optar a la vida—, eres hoy el portador del sello cuya marca lacrará la nueva Orden. El secreto debe ser guardado por eternidad. Nada ni nadie deberá jamás abrir estas puertas bajo pena de perder la propia vida.

El joven a quien había sido entregada la férrea marca guardaba silencio ante el encargo que se le encomendaba. En su mirada podía verse la fatiga y la extenuación de la batalla. Un rostro joven, imberbe, manchado por los angostos terrenos atravesados, herido por las embestidas de ejércitos enemigos y quemado por las inclemencias del frío invierno.

—¿Aceptas, pues, soldado, la encomienda que se le otorga en virtud de su fe y el honor que profesa un hombre de Dios? —preguntó el emisario con entereza y un coraje inusitado ante quienes acortaban distancias para presentar batalla en breve.

—Acepto, mi señor —respondió el soldado sin vacilación. Alargó su brazo y extendió su mano para recibir el sello que acababa de ser empleado: con él se había dejado constancia de quiénes habían salvaguardado el tesoro abierto por codicias de un rey que ahora arrepentía su desdicha. Guardó el joven aquel metal en una pequeña talega hecha de pieles y lo escondió entre sus ropajes. Envainó la espada y desenfundó una antigua daga robada a un caído en batalla de los venidos de tierras lejanas y caído en batalla.

—¡Corre! —gritó el emisario extrayendo del cuero su propia espada y adoptando posición para luchar en su última contienda.

El joven soldado reaccionó ante la orden. Se escabulló por uno de aquellos pasajes que bajo la ciudad se esconden. Corrió sin mirar atrás, pues allí dejaba a quienes los tiempos de guerra había convertido en parentela. Amigos, hermanos que perecerían bajo la oscuridad de una tierra que se conocía ya maldita por una reliquia que jamás debió traspasar los límites del tiempo.

CAPÍTULO I

Año 1841 d.C. Toledo

“Sr. Joaquín Torres,

Mi estimado amigo, remito a Vd. una carta para su Señor que dudo reciba antes de acabado el mes, visto las dificultades que la correspondencia ofrece. Sé que algunas personas escriben directamente, poniendo desde aquí en el sobre a su señor, pero yo lo considero peligroso tratándose de una carta como la mía. Es aquí donde me dirijo, pues, a don Diego.

Mi oficio me obliga a mantener contacto con aquellos a quienes he tratado sus males y entregado medicinas para aliviar las enfermedades que les afligen. No obstante, es bien sabido que, desde que su adorada madre fuera postrada en el lecho de su propio hogar, no ha sido usted persona de salir a que los cálidos rayos del sol sanen su cuerpo. Y es, a mi entender, obligación de quien escribe rogarle que le otorgue cierta oportunidad a ese don natural que nuestro señor tuvo a bien entregar a quienes a su semejanza creó.

Debe entender que no está usted en situación de ofrecer resistencia a la ciencia, tal es así que he enviado junto a esta misiva ungüentos y jarabes que, de seguro, aliviarán los dolores y retrasarán su partida el tiempo que Dios y la naturaleza decidan.

Hágame caso, salga en fiestas de guardar a los campos y cigarrales que bordean esta nuestra querida ciudad de Toledo. Respire el aire de praderas y prados, camine y sienta en sus pies descalzos el alma de la tierra y la suavidad de la hierba. Déjese querer por la calidez del mediodía, cuando el sol se encuentra en plenitud y viva. Por el amor de Dios, viva y sea feliz. Por un tiempo al menos.

Tal es mi opinión leal hacia usted y su familia que jamás osaré contar más allá de lo que a mi oficio refiera.

Procuraré de aquí en adelante escribir con alguna frecuencia porque conviene que empiece a fijarse en las cosas que a su deber pertenece.

Reciba mi más sincero respeto.

Antonio Castillo”.

Diego de Rojas y Mendoza era un joven de pocas palabras, de amigos justos y necesarios. Era probable que ya no le quedara demasiados años de vida, incluso meses, quién sabe. Hacía apenas unos instantes que había recibido la misiva de aquel doctor que, más bien, parecía un curandero de prácticas extrañas y obsoletas. Sin embargo, era quien había tratado a su madre también y se sabía que ella había confiado siempre en el buen hacer del viejo Antonio.

—Don Diego, ¿necesita de mi servicio? —preguntó Joaquín, quien se mantenía erguido y en silencio a su lado. Le había entregado aquel papel que su joven señor leía con atención. Estaba seguro, por cartas anteriores, de que las palabras que contuviera quedarían olvidadas como muchas otras guardadas en las estanterías de aquella estancia en la que se encontraban.

—Mi querido Joaquín, ¿cuántos años presta ya sus servicios a esta familia que se desvanece?

—Toda una vida, señor —contestó el hombre mostrando su inconfundible sonrisa tierna y fraternal.

—Ha estado a mi lado durante demasiados años y aún muestras afecto y respeto en partes iguales. Créame, Joaquín, que es harto difícil encontrar estas cualidades de las que usted hace gala —Diego mantenía en su regazo la recién leída misiva mientras observaba el vaivén de las llamas. Se encontraba sentado en uno de los dos sillones que, forrados con terciopelos granate y cordón dorado, se situaban enfrentados a una enorme chimenea ofreciendo así calidez y comodidad—. Joaquín.

—Aquí estoy —respondió presto y acercándose, aun más, al joven De Rojas—. Dígame.

—¿Podría servir un par de tazas de café y sentarse junto a mí a charlar como lo hacen dos viejos amigos?

—Por supuesto.

Joaquín se acercó hasta la mesa camilla que separaba ambos sillones carmesíes. Sobre ella se hallaba una exquisita bandeja de plata con servicio de café en fina porcelana, que había sido traída de tierras demasiado lejanas, un candelabro tan grande y ostentoso que era difícil no posar las curiosas miradas en él y, por último, dos libros de especial interés para el dueño y señor de aquel hogar. Sirvió con pericia el café en sendas tazas y añadió la ración justa de azúcar con la que don Diego solía edulcorar aquel amargo brebaje.

—Aquí tiene, señor.

—Gracias, amigo mío —Don Diego aceptaba con gusto el servicio que se le entregaba y dejaba, con cautela, la carta en la mesa. Se acercó la taza hasta la nariz para inspirar con intensidad y sentir como el aroma del café recorría cada poro de su delicado cuerpo. Esperó con paciencia a que Joaquín tomara asiento, observó el imponente lienzo que se alzaba frente a ellos. Allí, entre el crepitar de los maderos que se consumen por el fuego y el baile de sombras que provocaba, un hombre, un guerrero, un soldado de antaño se alzaba con el porte y aspecto de su condición—. Diego de Rojas —susurró.

—¿Señor? —preguntó Joaquín al no entender aquello que don Diego nombraba.

—Diego de Rojas —dijo alzando su voz. Levantó su rostro para encarar su mirada con la retratada en el cuadro y advirtió que Joaquín guiaba también la suya hacia el lugar que le señalaba—. Era un hombre bienaventurado y de honor, ¿sabe? —Acercó la taza una vez más y saboreó aquel brebaje que aborrecía y adoraba a partes iguales. Era extraño, pero el sabor en poco o nada se parecía al cálido aroma que desprendía. No esperó a que Joaquín respondiera a su pregunta—. Con valentía formó parte de las expediciones que descubrieron aquel que llaman ahora Nuevo Mundo. Fue merecedor de grandes fortunas y espléndidas galas que jamás pudo disfrutar, pues falleció en aquellos viajes donde, según los que regresaron llegaron a narrar, un grupo de salvajes acertaron a dar con sus flechas emponzoñadas con venenos que solo ellos conocen en el mismo corazón de nuestro más glorioso hidalgo. Su historia ha sido contada y escrita con tintas en cuantos manuscritos alberga esta biblioteca.

Joaquín observaba sin mediar palabra; sabía que aquella estancia era la predilecta de quien ostentaba ahora el nombre de Diego de Rojas y, al igual que el antepasado que acababa de recordar, también gozaba de una valentía inaudita. Ambos se mantuvieron en silencio. Se sabían acompañados y las palabras solo serían ruido que apagaría el relajante sonido del crepitar de maderos que se consumen bajo el fuego.

Si bien era cierto que Joaquín se encontraba a su servicio, también lo era que había formado parte de su vida desde la niñez. Joaquín, el mayordomo de la familia, se había comportado casi como un padre tras la pérdida repentina de su progenitor y la eterna enfermedad que consumió a su estimada madre. Jamás olvidaba cuál era su lugar, pero quería a aquel muchacho como si su propio hijo fuera y así lo hacía constar cuando tenía la ocasión de mostrar su dedicación.

Unos suaves golpes en la puerta de la biblioteca despejaron sus pensamientos, no respondieron a la llamada, sabían perfectamente quién era aquella que la puerta golpeaba. Se trataba de María quien, junto a Joaquín, formaba el círculo de confianza del joven De Rojas.

. —Buenas tardes, don Diego —dijo la mujer tras abrir la puerta con cautela—. He mandado preparar ya la cena si lo veis bien.

—Gracias, María. Iré cuando la cena esté servida en el comedor—contestó don Diego y observó a la joven que cerraba la puerta no sin antes dirigir una cómplice mirada a Joaquín.

—¿Queréis que llame al servicio para que os ayude a levantaros? —preguntó, entonces, Joaquín quien ya había dejado atrás su actitud relajada para volver a ocupar su posición en aquel hogar.

—No —contestó el joven con mayor autoridad de la que pretendía.

Joaquín recogió el servicio y restos del café tomado y recorrió la larga biblioteca para salir de ella y ofrecer su ayuda a la joven María en sus quehaceres en la cocina.

Don Diego escuchó cómo Joaquín se marchaba cerrando tras de sí la puerta que le confinaba en aquel lugar repleto de obras de todos los tiempos.

Cerró los puños mientras se maldecía a sí mismo. Aquella enfermedad comenzaba a hacer verdaderos estragos en su vida diaria y él era una persona que jamás había solicitado ayuda alguna, que había labrado su nombre y futuro para que nadie olvidara que, aun siendo heredero de uno de los grandes de España, se encontraba en el lugar que le correspondía por merecido esfuerzo y constancia y no por apellidos de padres que ya no estaban. Guardó la misiva del doctor en el bolsillo interior de su chaleco y tomó un sorbo de aquel desagradable brebaje que Antonio llamaba jarabe. Se levantó como buenamente pudo y apoyó su peso en el bastón que sujetaba con su diestra. Sin prisa, pero sin pausa, comenzó a andar con cierta tranquilidad, la cena aún no estaba, podía pasear hasta llegar a la otra estancia. Se paró en el medio de aquella habitación y alzó la mirada al techo, una pequeña lámpara de araña colgaba del mismo a pesar de que jamás la encendiera. Pertenecía a su madre, la echaba de menos.

Entonces dirigió su mirada y atención a un enorme códice que se encontraba en el centro de una de las estanterías y protegido por puertas acristaladas. Hacía tiempo que no lo observaba, en él se encontraba la historia completa de su estirpe y, entonces, recordó un episodio del pasado. Su padre, que en paz descanse, le contó que entre aquellas páginas de cuero se encontraba un codiciado secreto, se sabía que, entre sus hojas manuscritas se hallaba la respuesta a cierto misterio. Lo extrajo de la estantería con sigilo y lo apoyó con cuidado en un atril cercano para ojear la primera página del códice familiar. Y, como si de una señal se tratara, vio de entre sus páginas salir una marca de seda púrpura.

Abrió el códice por dicha señal y ante sus ojos apareció no un misterio sino dos que desentrañar. Su familia era legendaria, incluso más de lo que el propio Diego albergaba. Había llegado la hora de retomar cierta promesa que sus antepasados promulgaran por él y que fuera pasando, de generación en generación, entre los primogénitos de su estirpe. No había cenas, ni tiempo, ni horas. Debía escribir una misiva de partida inmediata, pues, para su asombro, había alguien más cuyo secreto afectaba.

Cerró el enorme códice. Lo guardó de nuevo en el interior de la estantería elaborada de hermoso nogal, apoyó su espalda sobre las puertas que resguardaban el manuscrito y, con los ojos cerrados, intentó recuperar el tono calmado de su respiración. Y, no fue hasta que volvió a recobrar la calma, que observara para su reforzada tranquilidad la estancia en la que se encontraba. Era una habitación alargada donde las paredes de mayor medida se encontraban cubiertas por varias bibliotecas o estanterías que tan solo dejaban ver, con cierta timidez, el papel estampado que las cubría.

Tomó con decisión su bastón y se dirigió hacia la salida. Observó los lienzos de sus padres que custodiaban la puerta. Sus rostros eran agudos, serenos y, sin embargo, cálidos. Contempló la dulce mirada de su madre, incluso enferma, era preciosa por dentro y por fuera. Recordó su partida, cuando advirtió que el último halo de vida se escapaba de su hermoso y fatigado cuerpo. Sintió que se ahogaba, no podía marcharse todavía y, sin embargo, lo hizo. Aquello le obligó a cambiar por completo y tomar las riendas de una vida que apenas comenzaba a construirse. Advirtió una lágrima que, furtiva, se escapaba de sus ojos humedecidos. La secó con premura con el pañuelo que siempre portaba en un bolsillo. No tenía permiso para decaer, sentía el peso de la mirada paterna desde el cuadro que se alzaba a su diestra. No era temor lo que sentía, sino el extraño presentimiento de que aquel hombre, su padre, al que apenas conocía, se enorgullecía de la persona en la que su descendencia se convertía.

Solo había un temor en sus pensamientos, pues aquel a quien la misiva iba a ser entregada se encontraba en un lugar que creían ya abandonado. Mas de algunos era sabido, que del mismo modo que el oro seguía siendo un tesoro también lo era que, quienes lo codiciaban en alta mar, mantenían su labor contra voluntades de otros. De este modo escribiría la carta hacia aguas del Caribe, a unas tierras que se hacían llamar la isla de las Tortugas.

CAPÍTULO II

Isla de las Tortugas. 1841

—¡Edgar Vargas! —Un hombre de pelo cano y porte un tanto desaliñado clamaba a voces y sin descanso el nombre del tal Edgar Vargas sin recibir respuesta alguna. Por su expresión, era evidente que aquella situación comenzaba a desesperarle—. ¿Alguien ha visto a Edgar Vargas?

El gentío que había cubierto de pasos la plaza se encontraba ahora en silencio e intentaba cobijarse en cualquier negocio que hubiera aun con puertas abiertas. Sabían, por ocasiones anteriores, que nada bueno podría traer. El hombre de pelo cano se marchó no sin antes ofrecer una última advertencia.

—Encontraré a ese granuja de un modo u otro y pobre de aquél que le dé cobijo. Pueden estar seguros.

El joven Edgar Vargas, ajeno a cuanto hubiera pasado en la plaza, se encontraba a orillas del mar que bañaba la isla convertida en su hogar. En aquel lugar, a pesar de pasados en los que piratas habían frecuentado sus aguas, era ahora sitio de otro tipo de malas fortunas y tiempos de ciertas costumbres de dudosa reputación. Allí los juegos de azar eran más que simples pasatiempos: por ellos se cobraban vidas de los más osados hombres que, por ventura o desventura, hasta allí viajaran con intención de buscar fortuna.

Edgar, a quien llamaban el Español, había vivido allí desde que su madre lo parió en un local de mala muerte fruto de un romance con cierto corsario toledano. Fue criado en las costas del mar Caribe. Con el tiempo aprendió a nadar y a navegar cual antiguo lobo de mar. Era un joven robusto como el mismísimo Neptuno, resistente como un acantilado y ágil como un delfín bajo las aguas. El tiempo le había convertido en un marinero de secretos inconfesables, reservado y observador. Tenía cierto atractivo para con las mujeres. Las marcas de reyertas y otras batallas habían hecho de su rostro aún más varonil.

Así, se encontraba pues nuestro joven protagonista a orillas de arenas blancas y aguas cristalinas, sin camisas que taparan su torso y sin botas que ocultaran sus pies. El líquido salado bailaba tranquilo mientras jugaba con idas y venidas hasta los pies del Español, que gustaba de sentir el frescor del mar en su piel: relajaba su mente y curaba sus heridas.

Fue entonces que vio en el horizonte una nave que se acercaba a puerto, sabía bien de quién se trataba: era uno de esos comerciantes que hacían fortunas por diversos parajes. Solía frecuentar la isla, conocida por sus tabernas y comercios de diversión prohibida en otros centros. Decidió acercarse hasta el embarcadero, conocía bien a aquel bribón de agua dulce con quien había corrido más de una golfería.

—Ya pensaba que jamás volvería a veros, señor de comercios y otras labores que nunca osaré de confesar sin permiso previo —dijo el Español al ver a su camarada que comenzaba desembarcar desde su imponente nave.

—El joven Edgar, quién os ha visto y quién os ve. ¿Cómo van las cosas por estos parajes de malvivir?

—En poco o nada ha cambiado nuestra honra, ni ingresos, ni viandas, ni alcohol; bueno, miento, sí hay fortuna que ha variado el tiempo, mas eso es algo que os contaré a su debido tiempo.

—¿No me digáis que os habéis enamorado? ¡Tendréis una dama en cada puerto! —continuó Sancho, pues así se llamaba aquel marinero errante. Se acercó a su amigo para estrechar sus manos, señal de amistad de tiempos ya pasados—. Verás, amigo mío, necesito hablaros.

—Ya diréis.

—Aquí no. Los mares están repletos de perros hambrientos que buscan cualquier desgraciado del que alimentarse sin pudor ni remordimiento.

—Me tenéis intrigado —confesó Edgar quien, en vistas de la excitación mostrada por su compañero de farras, decidió encaminar sus pasos hasta la vieja pensión en la que se alojaba—. George, por favor, ¿podrías enviarme a una de tus chicas con una buena botella de ron? —dijo Edgar una vez habían llegado al establecimiento. George, el dueño del hostal, había consentido alquilar una de las habitaciones a Edgar.

—Claro que sí, su Real Majestad —respondió el hostalero con sorna—. Me debéis ya demasiadas noches y no me digáis que no tenéis monedas con las que pagar —Edgar le hizo un gesto para implorarle perdón, tal y como hacía desde niño. George, siguió renegando en voz baja mientras limpiaba con un viejo y sucio paño la barra del bar—. Si no fuera por tu madre, que en paz descanse, y que era un ángel, eso también, ya te habría echado a la calle. ¡Elena! —llamó a una de sus camareras—. Llévale a mi ahijado su maldito ron.

Edgar y Sancho habían subido ya por unas escaleras hechas de madera vieja que crujía con cada paso dejando al pobre George en su rezongueo particular. El pasillo se abría hacia la izquierda dando paso a una serie de puertas ya roídas por el paso del tiempo que se enfrentaban entre sí. Anduvieron hasta llegar a la más alejada de todas, no tenía número. Edgar la abrió sin mayor demora e invitó a Sancho a pasar en primer lugar.

—Así es que esta es tu casa —dijo el hombre un tanto asombrado—. Jamás imaginé que vivieras en semejantes condiciones.

—Es humilde, pero me cobija del frío y el posadero es como un abuelo para mí. Un buen hombre. Sentémonos. —La habitación era más amplia que el resto, tenía espacio suficiente para una cama, un viejo baúl, una mesa y un par de sillas—. Como ves, tengo todo lo que necesito. Y, bien. ¿Qué es esa información que con tanto recelo guardas? —dijo Edgar con cierta curiosidad e inquietud, pues no era normal que aquel hombre venido del mar se anduviera con remilgos.

—Verás, amigo mío, traigo noticias de España.

—Edgar, te traigo el ron —interrumpió una joven de cabellos cobrizos como el amanecer y ojos tan verdes como la selva que les rodea. Se acercó cual felino que acecha a su presa hasta Edgar y se dejó caer sobre sus piernas—. ¿Quieres que me quede?

—No, querida. En esta ocasión no podría ser el hombre que necesitas —respondió el chico sin contemplación.

—Creo que tu amigo no piensa lo mismo.

—Elena. Márchate —suplicó Edgar—. Ahora no. —Vio cómo la joven se iba sin mirar atrás. Estaba convencido que aquellas palabras le costarían más de lo que debieran, sin embargo, no era momento de sucumbir a los placeres de la noche—. Y, bien, ¿qué noticias son esas que tanto temor te causa?

—No, amigo mío, el temor no es por mí, sino por aquello que te debo contar. Siento que fantasmas del pasado regresen a tu memoria, pero la vida es, en ocasiones, cruel como la que más, y reaparece el ayer con misivas venidas del otro lado de este gran charco —dijo mientras extraía de su blusón un papel grueso, de colores marfil, que se había visto dañado por una travesía donde las inclemencias del tiempo y el mar se funden—. Verás, muchacho, este escrito que tengo entre las manos va dirigido al hijo de un hombre venido de España, que en el pasado fue bravo, valiente y heredero de apellidos que aún hacen temblar a quienes lo escuchan. Dicen que este hombre, desembarcó en esta isla hace dos décadas, contrajo nupcias con cierta joven de tabernas, preñó a la muchacha y desapareció en el mar.

Edgar no comprendía las razones por las que su amigo le encomendaba tal información, atisbó la duda de que aquel hombre afamado fuera, en verdad, el padre que le repudió y olvidó en aquellas tierras perdidas de la mano de Dios.

—El caso es, que cierto hombre, un señorito de buena familia conocido por cuantos toledanos inundan las calles, habló conmigo en una de esas noches en las que la luna se esconde. Creí que se trataba de un loco que buscaba sucumbir ante tentaciones que jamás osaría entregar, ni alma ni cuerpo, bien lo sabéis, pero me equivocaba. Tan solo era un muchacho, algo mayor que tú, amigo mío. Me dijo que estaba enfermo y que su familia había cometido un tremendo error, que era heredero de no se qué legendaria estirpe y que conocía el paradero del tesoro jamás encontrado en la ciudad de Toledo. Después me entregó esta misiva, como ves, sellada con el emblema de una acaudalada familia. Me dio una importante suma de dinero que doblaría si conseguía traer conmigo al joven a quien dirige estas palabras.

—Y, ¿crees que ese joven soy yo? —preguntó Edgar con cierta vacilación.

—No lo creo, lo sé. Verás, ese joven y tú, sois casi la misma persona, tenéis la misma mirada, el mismo rostro y, seguro estoy, que si quien me hizo entrega de esta misiva no se encontrara enfermo, tendríais ambos el mismo porte de soldado y marinero.

El Español sirvió sendos vasos con el ron que había pedido, ni siquiera brindó con su acompañante antes de beberse de un trago aquel brebaje de aguardiente. Después, se volvió a servir y, con la mirada clavada en la de su amigo, cogió la misiva que éste le entregaba. Bebió una vez más, de un trago, por supuesto. Aquella bebida sabía a rayos, pero sentaba bien una vez había llegado a un estómago acostumbrado.

—¡Diablos! Está bien. Le echaré un vistazo. Hablaré con George, sabes que yo no sé leer, quizás él pueda decirme qué contiene este pedazo de papel que tantos secretos esconde.

—Muy bien —Sancho bebió el ron servido por su amigo y se levantó de la silla para dirigirse a la puerta y marcharse—, pero debes saber que necesito la respuesta a esa misiva antes del segundo anochecer, pues regresaré a España en la madrugada.

Edgar hizo una señal de asentimiento con la mano y vio a su amigo desaparecer tras la puerta de aquella minúscula habitación. Observó por la ventana como Sancho se marchaba. Cogió con maña la botella de ron y bebió hasta que no quedó ni una sola gota de alcohol. Se sentó sobre el lecho cabizbajo con la botella de ron todavía entre sus manos, alzó la mirada tan solo un segundo y vio frente a ella el baúl que tantos recuerdos guardaba. Dejó la botella sobre la mesa con la mala fortuna que esta no quedó en equilibrio y rodó por ella hasta caer al suelo quebrándose en pedazos. Edgar no le prestó mayor atención, solo quería abrir aquel baúl y extraer todo cuanto contenía hasta encontrar aquello que buscaba. Un viejo medallón reposaba en el fondo del arcón, olvidado.

El joven lo cogió con decisión. Se arrodilló en el suelo y lo abrió con cuidado para descubrir en su interior una piedra de azul intenso. Nunca supo qué significaba aquello, solo que era regalo de un padre al que nunca conoció y que su madre guardaba siempre con recelo. Decidió que era momento de llevarlo consigo colgado al cuello.

—Quizás debiera recuperar el sueño —dijo para sí.

—¿Dónde está? —gritó alguien con demasiada cólera.

El estruendo de cacharros caídos y los gritos en la taberna que había bajo las habitaciones hizo que Edgar se despertara con los sentidos alerta; al menos, todo lo alerta que podían estar tras haber tomado tan ingente cantidad de alcohol. Una cosa era tener el estómago acostumbrado y otra, muy distinta, que aquello no afectara en absoluto a su visión y equilibro.

Salió de su habitación, no sin antes atarse bien los cordones de sus viejas botas y con un intento ridículo de asear su aspecto. Podría seguir con los efectos del ron bebido, pero no permitiría que nadie osara hablar e intimidar a su buen amigo y benefactor, George. Buscó entre sus ropajes la maldita daga que heredó de su padre y se dispuso a bajar sin mayor dilación para enfrentarse a cualquiera que buscara gresca en aquella pensión de mala muerte.

Observó la escena según bajaba las escaleras. En un rincón se encontraban los pocos clientes que no tenían hora para servirse una buena copa, o cien, quien sabe. Estaban aterrados, en silencio. Siguió sus miradas hasta encontrarse con aquel que llamaban Mago, no por sus grandes espectáculos repletos de magia e ilusión, sino porque hacia desaparecer a cualquier hombre que osara enfrentarse a él. Era un hombre de pelo cano, alto y fuerte. Sostenía al viejo George por las solapas de la camisa sucia y desgastada. No parecía tener muy buenas intenciones para con el hostelero y aquello le enfureció, seguramente, por la osadía que el alcohol le proporcionaba.

—¿Qué queréis, Mago? —preguntó Edgar desafiante desde el pie de la escalera.

—Tú. Aquí estás —dijo el otro dirigiéndose ahora hacia Edgar y soltando el pescuezo del pobre George cuyo rostro se mantenía aun azulado debido a la presión que ejercía la mano de su captor—. ¿Tú eres al que llaman Español?

—Sí, aquí me tenéis.

—Me debéis cierta mercancía que jamás arribó a mis barcos.

—No sé de qué me habláis.

—No os hagáis el tonto conmigo, muchacho —amenazó. Desenfundó su arma de fuego apuntó hacia el joven Vargas que la observaba sin apartar la mirada.

—No miento, señor. Yo no tengo aquello que buscáis —Esta vez alzó su rostro para fijar su mirada en los ojos de aquel hombre, eran oscuros como la noche, penetrantes. Quien los observara podía sentir como quedaba su alma atrapada en ellos como si del mismísimo diablo se tratara.

—Tienes una jornada para devolverme lo que es mío —El Mago no dio opción a réplica, no había más que discutir. Su sentencia estaba dada, tan solo un día para entregar su mercancía amada—. Señores, marchemos —ordenó a otros cuatro hombres de misma condición, grandes y fuertes. El Mago jamás iba solo, estaba comprobado.

—Muchacho, ¿qué has hecho? —preguntó George en cuanto aquellos hombres desaparecieron.

—No debes preocuparte, mi querido amigo. Jamás haría nada que pudiera perjudicarte.

—Pero…

—Yo me encargo —Le tranquilizó antes de marchar fuera del local. “¿Cómo sabía el Mago que he sido yo y no otro rufián el ladrón de sus mercancías?”, pensó. La respuesta llegó antes de lo esperado cuando vio a cierto compañero de usurpaciones y estafas charlar con uno de los hombres del Mago. Esperó en silencio, agazapado, a que terminaran de hablar para ir al encuentro de quien creía embustero—. ¿Qué hacéis por estos lares y a estas horas tan tempranas para vuestros desmadres?

—¡Español! —Ver a Edgar parecía suponer cierto desconcierto que avivaba más la desconfianza en el joven Vargas.

—¿Sois ahora amigo del Mago?

—En absoluto, solo buscaban información.

—¿Qué información?

—No les he contado nada, pero, sin embargo, te advertiré. No sois más que una rata.

—Como tú.

—Quizás, pero yo también debo sobrevivir.

—No entiendo que queréis decirme.

—Lo entenderéis —dijo aquel hombre sin ofrecerle aclaración ninguna.

Edgar regresó al hostal, el ocaso comenzaba a dar paso a la noche y con ella necesitaba olvidar, beber, disfrutar de los deseos carnales que algunas mujeres gozaban en dar. Ya se ocuparía mañana. Así era como actuaba.

—George, dame algo que me haga olvidar y vivir esta noche como si la última fuera.

—Muchacho, zanja cuantos tratos hayáis firmado y empezad de nuevo. Sois joven, pero no tanto como para perder vuestra vida en reyertas, saqueos y demás costumbres de hombres sin paradero.

—¿Sin paradero? —sonrió— ¿Recordáis que no tengo ni padre ni madre? ¿Qué fui fruto de la lujuria de un español que mancilló el honor de una muchacha de noble linaje y la olvidó en esta isla sin dignidad ni honra? ¿Qué fue mi madre quien tuvo que cambiar los lujos de un hogar por el trabajo en esta hospedería?

—No, no lo he olvidado.

—Pues, por favor, ayúdame a pasar la mejor noche de mi vida —imploró con falsa súplica. George, aunque se mantenía en sus ideales sobre la búsqueda de una vida mejor, decidió darle lo que le pedía y le entregó, no una, sino dos botellas de un vino que bien podría ser veneno para cualquier roedor—. Gracias —correspondió Edgar alzando sendas botellas con una mano. Después, giró su cuerpo sobre sus propios talones y gritó a quienes le quisieran escuchar—. Señoritas, ¿alguna quiere acompañar a este pobre hombre hasta su alcoba y ofrecerle el consuelo que una madre no le pudo dar?

—¿Me buscabas? —Una joven preciosa, pelirroja, que vestía un exuberante traje ya deteriorado por el tiempo se presentó frente a él.

—Mi bella Elena, tú nunca me abandonas. ¡Eres tan perfecta!

La joven robó una de las botellas que Edgar portaba en la mano, bebió con descaro y, tras parpadear con cierta sensualidad, agarró al joven Vargas del pantalón y le obligó a seguir sus pasos hasta el piso superior ante las carcajadas y vítores de otros hombres que allí se encontraban.

—Deberíamos seguir donde lo dejamos —Le susurró al oído con clara intención de provocar sus sentidos. Besó y mordisqueó su cuello. Edgar buscaba frenético el dichoso pomo que daba paso a su habitación y al lecho que ansiaba.

Edgar devolvió sus besos con mayor pasión, dejó caer la botella que portaba para poder cubrir con sus manos los senos de la joven que le obligaba a arder en una pasión desenfrenada. Ninguno de los amantes se percató de una visita inesperada que aguardaba con paciencia sentada en una de las sillas.

—Veo que ya estáis aquí —dijo aquella visita inesperada adoptando una postura algo más sugestiva ante la mirada incrédula de su anfitrión.

—¿Lara? —preguntó Edgar— ¿Qué hacéis aquí? Si vuestro padre se entera me matará, más de lo que ya pretende, por cierto.

—Quería pasar una noche contigo. Ha llegado a mis oídos cierta propuesta venida del viejo continente.

—¿Cómo habéis…?

—No hablemos, tu amiga parece desesperar.

La noche se sucedió entre alcohol y placeres hasta la extenuación. Sin duda, era cuanto Edgar necesitaba aquella jornada repleta de nuevas revelaciones. Cerró sus ojos y, arropado por la desnudez de ambas mujeres, quedó dormido con una única idea en su razón.

Unos golpes apalearon con fuerza la puerta de la habitación haciendo que quienes se encontraban en su interior se sobresaltaran, algunos con pudor y otra sin temor. La puerta se abrió con desmesurada energía, quien traspasara el umbral buscaba con fervor a quien creyera en su interior.

—Español, sal de entre esas sábanas roídas —exigió el Mago.

La silueta de una joven comenzó a aparecer bajo las sábanas para dar paso a la muchacha morena y de pelo castaño. Sus ojos oscuros se cruzaron con los que otros llamaban Mago.

—¿Padre?

El hombre quedó atónito al ver que quien asomaba no era otra que su hija, a quien protegía y salvaguardaba de pícaros y bribones como el Español. La ira fue creciendo en su interior al ver que no había solo una mujer, sino dos. Mandó a sus hombres arrasar cuanto hubiera en la habitación, buscar en otras que pudiera encontrarse aquel hijo del mil padres. Sin embargo, nada encontró.

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LA MALDICIÓN DEL SANTO CÁLIZ

LA VUELTA A ESPAÑA EN 80 LEYENDAS, es una sección en la que recorremos juntos todas y cada uno de las leyendas y grandes narraciones que acontecieron en tiempos remotos de nuestra historia. Una España repleta de grandes gestas, de mitos, de cuentos y pergaminos.

LEYENDA Nº18: LA MALDICIÓN DEL SANTO CÁLIZ

Encontrábase la ciudad de Valencia en fiestas de cristiandad, en aquellas que ritos y misas se celebraran por doquier. Era pues, en inicios del mes de abril del año de nuestro señor de mil setecientos y cuarenta y cuatro cuando las palabras y escritos que narraran historias del pasado se hicieran realidad.

—¿Qué sucede, señor? —preguntó un joven iniciado a quien oficiara en aquella jornada misa y procesión.

—No os preocupéis mi joven amigo, aquello que aflige a este viejo clérigo solo le atañe a Dios Nuestro Señor —contestó así aquel a quien llamaban Vicente de Frígola. Mas en su calvario pesaban pecados que jamás hubiera osado de realizar, había sido un hombre puro, pulcro en sus quehaceres; pero aquella muchacha… ¡Maldecía el ocaso en la que pidió su auxilio! Se encontraba pues, la joven, acorralada a las faldas del Miguelete por sendos hombres de reputación singular. Vicente, al escuchar los gritos y súplicas de la muchacha, no dudó en aferrar con fuerza la espabiladera que portaba en aquel momento y salir en ayuda de quien la reclamaba. Al escuchar las voces del clérigo y observar sus ropas, los hombres que trataban de forzar a la joven muchacha huyeron con apremio.

—Muchas gracias, mi señor —dijo la joven mientras trataba de esconder su vergüenza bajo las desaliñadas ropas—. Dios le tenga en su gloria.

La joven se disponía a marchar, mas con la humillación aun prendida entre su vestimenta y el rubor de una mancillación que, por gracia del señor, no llegó a ser culminada.

—Por Dios, muchacha, no debéis ir así por las calles de esta ciudad que ya duerme. No encontraréis más gentes de bien por ella y lo que ahora fue detenido puede regresar con mayor fuerza —dijo el clérigo quien, al ver a la joven no pudo más que sentir lástima por su desdicha—. Entra conmigo al cobijo de la casa de Dios, toma caldo caliente y duerme bajo su techo. Mañana, nacerá un nuevo día y podréis regresar a vuestra morada.

La muchacha asintió y acompañó con la cabeza gacha a aquel clérigo que habíose convertido en salvador. Éste le dio caldos calientes y entregó frazada que diera calor.

—Quedáos aquí en la noche, bajo la mirada de nuestro señor estaréis protegida y sin temor. Yo iré a al lecho que me aguarda a realizar mi oración por mí y por vos —se despidió el buen hombre y siervo de Dios sin mayores intenciones que las que ya nombró, mas no sabía que otras había en aquella alma creída desvalida.

Tras los rezos desechó sus ropas quedando solo con aquella que le permitiera dormir, fue entonces que la muchacha se acercó sin aviso y observó en la oscuridad al hombre que su honra había querido salvaguardar. Era hermoso aun siendo de edad ya avanzada y osó con sus dedos acariciar su rostro dormido. El clérigo abrió los ojos con cierto temor al no saber quién se encontraba en la oscuridad de su cuarto. La muchacha desvistió sus ropas quedándose al desnudo frente a su salvador, a horcajadas se sentó sobre el clérigo quien no opuso la resistencia que debiera. Los ojos verdes de la joven parecían haber hipnotizado al hombre quien dejó hacer a la muchacha hasta quedar ambos en plena satisfacción.

Despertó en la mañana el clérigo sobresaltado, corrió hasta el lugar donde en la noche dejó a aquella muchacha, mas al arribar al lugar nombrado, no encontró rastro de un crepúsculo que creyó soñado. Mas el pecado cometido, fuera real o no, acompañaría al clérigo hasta el día que nos ocupa.

Se cernía sobre el cáliz una leyenda jamás escrita, quien alzara la copa sin castigo sería muerto por tal desafío. El clérigo, aun habiendo rezado por un pecado que no creía cometido, temía el preciso instante en el que debiera alzar el cáliz de cristo. Dispuso de sus ropas, acorde con el oficio, y celebró la misa con solemnidad. Llegado el momento de tomar el vino, elevó con sus manos el cáliz y observó a los feligreses allí reunidos, fue entonces que de entre ellos unos ojos verdes resaltaron entre el gentío, cayó entonces el cáliz al suelo partiéndose en dos ante el asombro de cuantos allí estuvieron.

La sentencia estaba dada y, aunque por maestros plateros fue efectuada su reparación aquella misma tarde, la impresión del accidente fue tal que el canónigo fue hallado muerto aquella noche en soledad.


Puedes escuchar el audiorelato a través del siguiente enlace: https://www.ivoox.com/maldicion-del-santo-caliz-audios-mp3_rf_62786257_1.html


EL VIAJE QUE SE CONVIRTIÓ EN LEYENDA

SINOPSIS:

Año 1953
Un peregrino es encontrado muerto a los pies de la catedral de Santiago de Compostela, entre sus ropajes solo porta un viejo cuaderno de cuero.

Año 2019
Una muchacha encuentra un antiguo cuaderno de cuero repleto de historias y leyendas en las proximidades de su hogar. Nada más comenzar a leer, siente que debe peregrinar a la ciudad de Santiago de Compostela.

Comienza así el trepidante viaje de una joven que recorre la geografía española, de leyenda en leyenda, en busca del misterio que encierra el viejo cuaderno de cuero.

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EL GALLEGO DE BARCELÓS

LA VUELTA A ESPAÑA EN 80 LEYENDAS, es una sección en la que recorremos juntos todas y cada uno de las leyendas y grandes narraciones que acontecieron en tiempos remotos de nuestra historia. Una España repleta de grandes gestas, de mitos, de cuentos y pergaminos.

LEYENDA Nº25: EL GALLEGO DE BARCELÓS

Se encontraban pues, los habitantes del burgo tremendamente alarmados. ¡Se había cometido un delito y nadie salía castigado! Trataron los hombres de ley buscar al culpable, mas parecía que la tierra hubiera encubierto al responsable de tal perturbación. Y pasaran los días y jornadas y noches también que apareció por sus calles un forastero de tierras vecinas con aires de sospecha para quienes con él se cruzaban. Fue entonces que hombres de justicia apresaron a quien decía proceder de la norteña Galicia.

-Soltadme, par diez -dijo el gallego sin obtener mayor respuesta que la de ser postrado ante el juez-. Disculpe, señor, pero debo jurar por mi inocencia pues no soy más que un peregrino que marcha hacia Santiago para saldar su deuda.

-Callad, pues usted no es peregrino ni tiene inocencia -sentenció el juez sin alzar siquiera la mirada que dirigía con descaro a cierto gallo preparado que le habían servido en bandejas de barro.

-Si fuera verdad aquesto que os cuento, que el gallo al que a punto está de hincar el diente, se alce y cante cuando en la horca me cuelguen sin razón.

Rieron todos los allí presentes, mas ninguno creyó lo que aquel gallego contara y sin más a la soga portaron.

Y lo que parecía imposible, sucedió. Encontrábase el peregrino ya con las cuerdas en el pescuezo que la bestia alzó su cantar más allá del propio pueblo. Las gentes quedaron asustadas, temerosas, aterrorizadas y, el juez que allí permanecía sin tocar pluma alguna al animal, corrió hasta la horca para comprobar que el peregrino había sido salvado por un nudo en la soga que mal había sido atado.

El peregrino continuó su caminar hacia la ciudad de Santiago, mas al tiempo regresó y dispuso por su honor que una cruz se alzara por San Tiago, la Virgen y el Señor.


Como siempre, aquí os dejo el enlace al audio-relato: El gallego de barcelós (audio)