RELATO: EL NÚMERO 20

Un relato que vuelve a salirse de mi zona de confort. En esta ocasión es la novela negra la que se mezcla con las nuevas tecnologías ante un peligro inminente y silencioso…

ALMA BLANCA

La mañana se aventuraba tranquila, un día más entre papeleos, llamadas de vecinos con pocas expectativas y un café humeante acompañado de ese delicioso donnuts relleno de crema por el que sería capaz de matar. Así era el día a día en aquella tranquila localidad marinera y así debía ser. La agente García se sentía privilegiada al observar a través de las ventanas el oleaje y ese sonido que la apartaba del mundo, aunque solo fuera por breves períodos de tiempo. Aunque solo fuera por unos minutos escasos. Y, en ese espacio se encontraba cuando el sonido de su teléfono oficial sonó atrayéndola de nuevo a la comisaria.

—Laura, coge tus cosas y ven cagando hostias al punto limpio —dijo una voz masculina al otro lado del hilo telefónico.

—¿Qué ha pasado?

—Será mejor que lo veas con tus propios ojos y, te adelanto, que va a ser duro.

—Joder, Raúl, dime que narices pasa —dijo Laura con cierto temor que se acusaba cada vez mayor ante las palabras que recibía de quien había sido su compañero durante años.

—Ven, por favor —suplicó.

Con el corazón en un puño y los pulmones bloqueados por la ansiedad que le producía aquella llamada, no pudo más que coger sus pertenencias y obedecer la orden recibida de salir a su encuentro cagando hostias. Cogió uno de los coches patrulla aparcados en el parque y condujo de manera automática hasta llegar al lugar acordado.

La escena que se abría ante ella parecía propia de aquellas series policíacas en las que el suspense se sumaba a decenas de miradas indiscretas que se iluminaban con las luces rotatorias de los vehículos de emergencias. Una terrible sensación recorrió cuerpo y mente y sintió como una lágrima furtiva escapaba por su rostro sonrosado sin saber aún por qué.

Unos golpes en la luna del coche le sobresaltaron. Un Raúl de semblante serio intentaba ofrecer una mueca fraternal. Bajó la ventanilla para escuchar mejor aquello que Raúl venía a contarle.

—¿Por qué no entras? —Le ofreció Laura a su compañero mientras realizaba un leve gesto con la cabeza para indicarle que subiera al coche y se sentara junto a ella—. ¿Qué ha pasado, Raúl? —dijo una vez se encontraban ambos al cobijo del vehículo policial.

—Laura, hemos encontrado el cuerpo sin vida de un chico.

—¿Qué chico?

—Es uno de tus alumnos.

—¿Quién es? Joder, Raúl, dime quién es de una puñetera vez.

—Es Miguel.

—¿Cómo? ¿Qué le ha pasado? Tengo que ir a verle —Intentó salir del vehículo, pero Raúl la detuvo agarrándole del brazo.

—Será mejor que no lo veas.

—Y, ¿para qué me has llamado?

—Te he llamado porque su madre solo quiere hablar contigo.

Laura asintió con cierto recelo, entendía que la madre del chico quisiera hablar con ella, pero no sabía cómo podría calmar el dolor que debería estar sintiendo esa pobre mujer. Era incapaz de imaginar cuánto sufrimiento soportaría en aquellos precisos instantes en los que la noticia de la pérdida de su hijo se convertía en una horrible realidad. Aquella mujer estaba destrozada, nunca la había visto así, la angustia se reflejaba en un rostro pálido, en unos apagados ojos azules y en dos grandes y oscuras bolsas que se acentuaban bajo su mirada humedecida por las lágrimas.

—Descubriré quién ha podido cometer semejante brutalidad. —Se escuchó decir a la madre de Miguel. Aquel chico era la perfección reencarnada en un muchacho con problemas que había conseguido superar todos y cada uno de los baches que la vida se había propuesto interponerle y ahora… ahora era solo un recuerdo.

—Toma —dijo la madre de Miguel mientras le hacía entrega de una pulsera con un lazo blanco que ella misma le hizo cuando comenzó a abrirse al grupo de autoayuda que dirigía cada martes por la tarde—. Sé que él hubiera querido que lo tuvieras.

—Gracias —consiguió decir mientras aferraba con fuerza aquella muestra de fortaleza que un día portó su pequeño amigo con orgullo, demostrándole al mundo quién era y cómo era, sin miedo.

Ambas mujeres se despidieron con un fuerte abrazo, como si les uniera algo más que una simple relación profesional. Laura observó como aquella derrotada madre se alejaba en silencio hasta quedar arropada al abrazo de su esposo quien, desde la lejanía, daba su gratitud a la joven agente de policía.

Laura, se acercó hasta el lugar en el que sus compañeros se encontraban con una firme decisión. Descubriría qué había sucedido y capturaría a los responsables en caso de haberlos.

—Raúl, necesito tu ayuda.

—Tu dirás.

—Necesito el expediente del forense a la mayor brevedad posible. Necesito saber qué ha sucedido y quién ha sido partícipe de esto.

—No creo que debas hacerte cargo de este caso.

—Lo que tú creas me da exactamente igual. Por favor, hazlo.

Sin saber aun como, Laura se vio sentada en el sillón de su casa, con una copa de brandy en una mano y el mando de la televisión en la otra. Vestida solo con una camiseta vieja de un antiguo amor del que solo quedaban recuerdos. De pronto, el sonido de su móvil al vibrar despertó, de nuevo, su interés por la jornada que estaba a punto de terminar.

Cogió el pequeño aparato. Era su amigo y compañero Raúl, al fin tenía el informe y se dirigía hacia el apartamento de Laura.

—¿Qué has encontrado?

—Bueno, tal y como imaginó la patrulla que encontró al chaval, éste murió de una paliza. Parece que fueron varios, pues los golpes se suceden con demasiada simultaneidad y por diferentes frentes.

—¿Tenemos alguna pista?

—Sí. Eugenia, la carnicera, vio como un grupo de chavales salía corriendo del punto limpio entre risas y jadeos. Creyó que habrían robado alguna chatarra y por eso no le dio importancia. Sin embargo, cuando el agente de seguridad del parque dio el aviso, entendió que aquellos críos habían tenido algo que ver.

—Y, ¿sabemos quiénes son?

—No, pero hay algo más. —dijo Raúl mientras le enseñaba una imagen del cuerpo inerte del muchacho. En su muñeca derecha, justo en el lugar exacto en el que una pulsera de lazo blanco se anudaba, un número quedaba impregnado en la piel junto a lo que parecía ser la sonrisa de un payaso, rasgados ambos con un objeto afilado. Como si de una res se tratara.

—¿Qué significa?

—Miguel ha sido víctima de un juego.

—¿Un juego?

—Así es. En cuanto lo he visto se lo he enseñado al especialista en redes sociales y él mismo me ha derivado a una página que se llama smile clown.

—La sonrisa del payaso.

—Eso es. Al parecer, un tío disfrazado de payaso contacta con el chaval de turno y le dice con quién debe juntarse. Consigue su confianza hasta dar con un secreto que le avergüence o le obliga a realizar un acto que solo quedará entre ellos. Después, les amenaza con hacerlo público si no cumplen con los retos.

—No comprendo.

—Mira el número veinte —dijo mientras le entregaba una lista numerada— Grabar el sufrimiento de un alma blanca.

Laura cogió la pulsera de Miguel, volteó el lazo y entre lágrimas leyó el grabado: “Tú eres un alma blanca, nunca lo olvides”.

Paseando por el Titanic 1912 (Relato)

Hace muchos años vi un trasatlántico como este, era precioso, pero no pude más que imaginar aquello que escondía al resguardo de cubiertas. Sabía del lujo que albergaba, de esas preciosas estancias en las que los más pudientes se deleitaban con charlas en el gran comedor o en desenfadadas tomas de té.

Sin embargo, justo hace un par de días, tuve el placer de embarcarme en el fabuloso Titánic. Solo verlo suponía un regalo para la vista, ¡era como si una ciudad entera se trasladara sobre las olas del mar, del inmenso océano!

-Bienvenidos al Titánic -dijo una suave voz masculina mientras nos invitaba a cruzar aquella pasarela de tablas de madera con un cordial gesto de su mano. Era un muchacho vestido con el oscuro uniforme que portaba la tripulación encargada del buen estado y ánimo de los pasajaros, por lo menos, de aquellos que viajarían en primera y segunda clase.

Respiré hondo y crucé sin mirar hacia abajo, mientras sentía bajo mis pies el vayven de las olas. Estaba entusiasmada, iba a ingresar al interior de aquel monstruo de madera y acero y olor salino del océano se convertía en el mejor aroma jamás sentido.

Anduve distraída, siguiendo a otros pasajeros que embarcaron antes que yo y, entonces, la vi, la escalera principal, esa que solo podían usar quienes se alojaran en primera clase. Era espectacular, poseía una enorme cúpula de cristal que dejaba pasar los rayos del sol y daba luminosidad y, por la noche, una preciosa araña de cristal, que colgaba en el centro, iluminaba cada peldaño. Los pasamanos y guirnaldas eran de un bronce tan brillante que uno no podía apartar su mirada de él. Estaba cuidadósamente decorada con paneles de roble en las paredes, esculturas talladas y unos delicados querubines de bronce en cada una de las cubiertas.

Un increíble pasillo decorado con celúreos y delicadas alfombras llevaban hasta las estancias, los camarótes en los que algunos se alojarían durante aquella travesía. Pequeñas arañas de cristal iluminaban los pasadizos dando tal luminosidad que uno sentía estar en el mísmísimo cielo. Un precioso hotel de lujo en alta mar.

El camarote era inmenso, algunos incluso decoraron sus paredes con lienzos traídos de su hogar para hacer de aquel viaje un hogar del que despedirse al llegar a su destino. Dijeron, algunos de los oficiales que acompañaban a los que recién embarcaban, que aquellas instancias no eran una igual a otra, sino que había hasta once estilos y decoraciones diferentes, donde los salones y las habitaciónes ocupaban estancias diferentes pero comunicadas entre sí. De este modo, algunos viajarían también a través del tiempo y regresarían al renacimiento italiano o la época imperial. 

Para los encuentros con otros pasajeros de igual o similar clase, se había dispuesto hasta cuatro grandes salones, cafeterías, bibliotecas y hasta unos baños turcos donde algunos pudieron evadir, por un momento, al mundo.

Decían, incluso, que aquellos que habían logrado viajar en tercera clase, se encontraban en instalaciones mucho más lujosas de lo habitual; que disfrutaban de tres comidas al día y aseos y baños superiores a los que aquellos trasantlánticos solían portar.

Los camarotes, aunque estrechos, contaban con cuatro camastros dispuestos en sendas literas, armario y lavabo con el que asearse en las mañanas. 

Aquel era un verdadero tesoro que navegaba veloz y seguro. Hasta que, una noche, en la madrugada, un enorme bloque de hielo fue el causante de la mayor desgracia conocida hasta entonces en cuanto a barcos de pasajeros se tratara.


Marcaba, el reloj, cerca de las tres de la madrugada del 15 de abril de 1912 cuando un frío y tenebroso océano se tragó aquel gigante de los mares. Fue en esa jornada que conocí a héroes anónimos que la historia intentó no olvidar, pero que el mundo, poco a poco, dejó escapar sus nombres y enterrarlos bajo las aguas. Padres que vieron partir por última vez a su mujer e hijos porque era lo que las leyes acordaban, otros que cedieron sus puestos a madres que portaban aun hijos lactantes, músicos que no cesaron en su tocar de religiosas sinfonías que intentaban aplacar el temor de aquellos que se sabían ya atrapados, tripulantes que a sabiendas de su destino no dejaron de ayudar a quienes debían desembarcar para sobrevivir y un capitán que no dudó en mantener su posición hasta el último instante.

Sentí mi corazón encoger, cuando al escapar de aquella pesadilla, un listado de fallecidos aumentaba y, de entre ellos, familias enteras que dejaron este mundo, niños que no lograron escapar cuando su vida no había hecho más que comenzar. La tragedia estaba escrita y el mundo se haría eco de aquel naufragio, más no por las vidas perdidas, sino por las grandes fortunas desaparecidas.

Entonces ocurrió, aquella misma voz que me invitó a embarcar en aquel Titanic, ahora me reclamaba y regresaba a este 2019 que ya acaba. 

El Titanic había regresado para enseñarnos su historia, para que jamás olvidemos a esas personas que viajaron a bordo de un sueño que nunca llegó a su destino, para honrar a quienes en el servicio de sus funciones fallecieron sin opciones.

El Titánic es y será un viaje que jamás nadie podrá olvidar, que seguirá levantando expectación allá a donde vaya su increíble exhibición. 

©2019 Mireia Giménez Higón

Relato: La arqueóloga

Queridos amigos y seguidores;

Hoy os traigo un relato que escribí para una antología publicada en exclusiva para los asistentes a un evento literario al que asistí en Madrid. Lo he compartido en alguna ocasión en mi página de Facebook, pero sé que muchos de vosotros leeis en ebook porque resulta muchísimo más cómodo. El relato bien podría ser el inicio de una aventura. ¿Qué opinais? Espero vuestros comentarios 😉

Descárgate el relato en el siguiente enlace (formato pdf)

Todos los derechos reservados. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en internet o de fotocopia.

1×03 Peregrinos del siglo XII

Os dejo el enlace al programa de esta semana. Espero que os guste 😉

En clave literaria

Hola amigos, por fin hemos podido subir el podcast del programa de esta semana. En esta ocasión, el programa está orientado hacia un especial jacobeo.

Como siempre, disfrutaremos de la maravillosa voz y prosa de nuestra querida Sandra Hernández. Hablaremos con el historiador y colaborador del programa, Jonatan Romero, sobre ese camino que comenzaba a crecer allá por el siglo XI y cómo consiguió convertirse en uno de los más transitados en aquella época. Nos convertiremos en peregrinos del Siglo XII y viviremos la aventura de un viaje inolvidable.

Aquí os dejamos el podcast: https://www.ivoox.com/1×03-peregrinos-del-siglo-xii-audios-mp3_rf_66029620_1.html

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Entrevista The Citizen

Una no siempre tiene la oportunidad de aparecer en portada en demasiadas ocasiones y, quizás, por ello, le deba un especial agradecimiento tanto a Olga Luján como al editor de esta maravillosa revista digital.

Os dejo el enlace a la propia entrevista, no sin antes resaltar el párrafo con el que Olga le da comienzo:

¿Has hecho ya el Camino de Santiago? ¿Sí? ¿No? Es igual. Hay una escritora que ha publicado un libro indispensable en la mochila del peregrino. Si ya lo hiciste, está bien leerlo porque recordarás algunos sitios por donde pasaste y nadie te contó lo que ella te descubre en su novela. Y si aún lo tienes pendiente, no te lo pierdas porque el Camino nunca sería el mismo“.

PORTADA DE THE CITIZEN 25 DE FEBRERO DE 2021

ENLACE A ENTREVISTA: http://thecitizen.es/literatura/charlando-con-mireia-gimenez-higon

Una rosa, un libro y un termo

Hoy es el cumpleaños de mi padre, cumpliría 65 años y juntos soplaríamos las velas en el próximo fin de semana. Así ha sido toda mi vida, él cumplía el 25 de febrero y yo el 28 y no recuerdo un solo cumpleaños en el que no sopláramos las velas juntos. Ahora ya no está y, aunque quizás no debiera comentar ciertos sentimientos en redes, no puedo evitar echarle de menos y llorar su ausencia. Duele demasiado.

Hoy, en su memoria, quiero compartir un relato que escribí en su honor, el mismo año en que se marchó y, desde el cielo consiguió, que me otorgaran un reconocimiento para los dos, haciendo de este relato finalista en aquel certámen literario.

Feliz cumpleaños, papá.

Relato:

No sé el tiempo que llevaba sin aparecer por este paraje que tantos sentimientos produce en mí. La gran puerta de barrotes forjados se abre ante mí y da paso a un enorme parque asfaltado, blanco, puro. Sus calles y avenidas se encuentran en silencia a pesar de la cantidad de personas que allí se encuentran, pero estas descansan y mantienen ese halo de paz que se respira. Cada rincón, vía, paseo, rambla, callejón, travesía, pasaje o pasadizo se encuentra decorado con hermosas flores, bancos y árboles que los protegen del caluroso sol.

Yo tengo muy claro el camino que debo seguir, lo hago cada mes desde que mi padre se trasladó aquí. Son solo unos pocos metros lo que debo recorrer para llegar junto a él.

Hoy llevo mi acostumbrada manta que expando en el suelo para sentarme y pasar un rato a solas. En mi mochila, un libro y un termo que extraigo con cuidado y los dejo sobre dicha manta. Busco, también, el estuche que contiene mis gafas. No es que tenga muchas dioptrías, pero desde que trabajo con ordenadores siento que la vista se cansa mucho antes que yo y las letras se amontonan haciendo de mi trabajo una verdadera aventura. El propio oculista me recomendó usarlas también cuando me encuentre enfrascada en una lectura y, lo cierto es que, me ha servido mucho.

—Buenos días, papá. ¿Cómo te encuentras hoy? —saludo sin esperar respuesta—. ¿Te acuerdas de este termo? Me lo regalaste la última noche antes de partir hacia Salamanca, cuya universidad me formaría para ser lo que hoy soy. Decías que me vendría bien para las largas noches de estudio y tenías razón. Después, lo usaría para aquellos días de inspiración en el que musas de todas partes me susurrarían al oído mil historias que narrar, mil cuentos que escribir. Y, ahora, eres tu mi inspiración y, con el termo, sigues dándome tu calor.

» Hoy, como cada veintitrés de abril, te he traído una rosa, tu flor favorita. Roja como las que tanto te gustan. Dame un minuto —digo mientras rebusco entre los enseres que guardo en mi mochila hasta dar con el objeto de mi búsqueda—. Aquí está. He traído este pequeño jarrón de plástico, ¿ves? Es bonito, parece hecho de cristal. Espérame que vengo en un minuto, solo quiero llenar el jarrón con un poquito de agua de aquella fuente. —No tardo más de cinco minutos en llenar de agua el improvisado florero, sumergir la rosa roja en él y regresar a mi manta. La dejo junto a su lecho y sonrío.

» Hoy empezamos lectura nueva, ¿qué te parece? Creo que te gustará a pesar de ser un cuento infantil. Lo hemos escrito entre tu nieto y yo para la nueva personita que ha llegado a la familia, Alexia. El cuento se titula El misterio de la flor mágica. —digo mientras me sirvo un poco de café que traigo preparado en el interior del termo—. Si te parece, empiezo a leerte esta historia de ti, de mí, de nuestra familia, que comienza así: “Rosevillage es un pueblecito muy pequeño donde suceden cosas maravillosas. Tiene una plaza enorme con un palacete en el centro. En ella se encuentran la pequeña iglesia, la librería más extraña que jamás hayas visto y una heladería con los mejores helados del mundo…”

http://www.pandora-magazine.com/

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LEYENDAS, HISTORIA Y GÉNERO LITERARIO

Hoy es el aniversario del nacimiento de uno de los grandes narradores de la literatura española, un hombre cuyas letras me han acompañado desde la adolescencia y que, poco a poco, se han convertido en parte de mi trabajo y afición. Como suelo decir en una de mis secciones de Instagram “Tal día como hoy…”, en 1836, nacía en Sevilla D. Gustavo Adolfo Bécquer. En su honor, he querido crear una serie de tres artículos que se publicarán entre hoy y el viernes de esta misma semana, sobre todo, para no hacer de este escrito un artículo demasiado extenso. Así, hoy hablarémos de la leyenda como subgénero de la Novela Histórica.

LA LEYENDA COMO SUBGÉNERO DE LA NOVELA HISTÓRICA

Según se ha establecido, la novela histórica nace como tal en la época del romanticismo del siglo XIX. Siendo la primera obra reconocida como novela histórica la escrita por el autor Wálter Scott de origen escocés (1771-1832) que narra sobre la Edad Media Inglesa y de la que hablaré en el futuro.

Según el filósofo marxista y crítico literario húngaro de origen judío, G. Lukàcs, el género histórico toma por propósito principal ofrecer una visión verosímil de una época histórica preferiblemente lejana, de forma que aparezca una cosmovisión realista e incluso costumbrista de su sistema de valores y creencias. En este tipo de novelas han de utilizarse hechos verídicos aunque los personajes principales sean inventados. Sus rasgos serían siete:

  • Sentido histórico de su nivel
  • Revitalización del pasado con una proyección pretendidamente realista
  • Carácter popular, entendido como el reflejo de la realidad social y popular
  • Preferencia por personajes cuya individualidad refleja un carácter medio o típico
  • Aplicación al presente día de hoy
  • Incidencia del anacronismo que sea preciso
  • Condición crítica constitutiva del género, toda vez que encierra un conflicto entre historia y ficción, que conduce a una nueva forma de novela, la novela realista, encarnada según Lukács en Honoré Balzac.

Así, Spang, en su obra “Apuntes para una definición de la novela histórica”, abre el campo y propone como subgéneros del que nos ocupa: las memorias, las biografías, el diario, la crónica, la epopeya, los cantares de gesta, la novela de sociedad y otros tantos hasta llegar a las leyendas.

Aquí define, este profesor de Literatura y Crítica literaria de la Universidad de Navarra, que la leyenda es quizás el subgénero que más se aleja de la histórica pero que guarda en su narración tres de los siete rasgos predominantes en la novela histórica.

En conclusión, y en mi humilde opinión, en las narraciones y escritos de leyendas el autor no sigue de manera exhaustiva las directrices que marcan una novela histórica donde el rigor de la época pasada es principal objetivo así como la realidad de sus personajes sean ficticios o no. Las leyendas guardan tras su peculiar historia un trabajo también de investigación y documentación de menor calibre que la histórica, pero que en ningún modo puede escribirse o narrarse por completa inventiva del autor. Así, todas aquellas historias que narran leyendas del pasado, ya fueran escritas ayer u hoy, encierran entre sus letras una realidad oculta que hacen de este subgénero literario un reclamo para amantes de la historia, la geografía y el romanticismo.


GLOSA 250 Aniversario del Nacimiento del Capitán D. Luís Daoiz y Torres

Cartel Jornadas 2017

Hoy vuelve a ser el aniversario del nacimiento de uno de los héroes más aclamados por su sentido del valor y el honor en la Guerra de Independencia española. Por ello, me gustaría compartir con vosotros la glosa que tuve el honor de escribir y recitar en el 250 Aniversario de su nacimiento en el Museo de Historia y Cultura Militar de Valencia.

“Es normal que, al rememorar aquella intensa jornada, salgan a relucir los nombres de quienes jugaron un papel relevante en la batalla. Es así, que hoy hablemos de uno de ellos, de un artillero, de un Capitán, de un ciudadano que luchó por una libertad que pronto se nos iba a arrebatar. Es triste también recordar este día, este episodio bélico, como el último en el que el pueblo español estuvo unido. Hoy, en honor a este héroe nacional, quiero narrar su historia. La historia del por siempre Capitán D. Luis Daoiz y Torres.  

Corría el año 1767 y, en el Palacio de los Condes de Miraflores de los Ángeles en Sevilla, un joven matrimonio de noble linaje daba a luz a un bebé varón. Éste recién nacido, esperado y deseado por su madre, hija de los Condes que albergaban en Palacio, y más aún por su padre, el respetado Señor de Aoiz, sería en el futuro a quien hombres y mujeres recordarían por eternidad.  

El pequeño Daoiz, vivió su infancia entre el palacio de su abuela y la casa de verano que la familia tenía en Mairena. Estudió en el colegio sevillano de los jesuitas “San Hermenegildo”, del cual sólo nos queda su iglesia. Gracias a las rentas y bienes que le ofrecía el mayorazgo que poseían en Gibraltar, Daoiz pudo gozar de una niñez más que acomodada para los estándares de la época, pero siempre, orientando su educación hacia la carrera militar.  

Había estado pues, su familia paterna, siempre vinculada con la milicia, encontrándose la presencia de Señores de Aoiz en las principales campañas militares de la Corona de Castilla, llegándose estas a remontar hasta la Edad Media. De entre ellos, hubo un destacable García Garcés, Señor de la villa de Aoiz en Navarra, que participó activamente en la batalla de las Navas de Tolosa, allá por el año 1212. En siglos posteriores, el nombre de Aoiz se repetía en cada gran gesta como serían las campañas de Conquista de Andalucía, la Campaña de Granada en el Siglo XV, la Conquista de Nápoles en el XVI o en las más que famosas guerras de Flandes, en el Siglo XVII.  

Así, Martín Daoiz, padre de nuestro protagonista, no dudó en solicitar la incorporación de su hijo en el arma de artillería cuando éste cumplió la edad correspondiente. No obstante, en aquella época sólo los hombres de alta alcurnia podían ingresar en el arma más elitista del Ejército. Por ello, con la edad de 15 años, Luis Daoiz tuvo que aspirar a su reconocimiento por parte de la autoridad competente y conseguir su expediente de nobleza firmado por el escribano del Rey, García de Castro  

Alcázar de Segovia

Ese mismo año, un joven Daoiz, ingresaba como Cadete en el Real Colegio de Segovia que, entonces, se situaba en el emblemático Alcázar de dicha ciudad. Durante los siguientes cinco años destacó sobre sus compañeros en materias de matemáticas y lenguas, además de superar de sobremanera en la esgrima de sable y de espada. Cuando al fin consiguió la graduación de alférez, fue destinado al que sería su primer destino: el Real Regimiento de Artillería en Puerto de Santa María.

Pasaron cerca de tres años cuando adquirió el grado de subteniente, encontrándonos entonces en el 1790. Se presentó voluntario para la defensa de Ceuta ese mismo año y, al siguiente, para Orán (Argelia) como agregado a la compañía de minadores. Allí, y con tan sólo 25 años, fue premiado por méritos y ascendido al grado de teniente de artillería. 

Dos años después, en 1794, participó en la segunda parte de la Guerra del Roselló contra la Francia revolucionaria, siendo, por desgracia, preso, y permaneciendo en Toulouse como tal. Encontrándose en prisión obtuvo reiteradas ofertas por parte del ejército francés para alistarse en sus filas pues, éste, se encontraba falto de oficiales y Daoiz había dado muestras de grandes conocimientos tanto en ciencias como en el habla de varios idiomas. Por supuesto, fueron todas rechazadas sin albergar duda alguna. Al fin, y gracias a la firma del Tratado de Basilea que, en 1795 puso fin a esta contienda, el teniente Daoiz fue liberado y regresado al Puerto de Santa María.

Como era ésta época de grandes conflictos para España, nuestras tropas pasaron de luchar contra franceses para defendernos de la hostilidad inglesa. La armada española, en esos momentos, intentaba reorganizar sus buques, pero la falta de oficiales especialistas suponía un retraso para dicha misión. Por ello, se solicitó hombres del ejército de tierra para completar la dotación de los buques de guerra y, en 1797, Daoiz sería uno de los oficiales de artillería que pasarían a ser destinados en dicho contingente de la Armada, al mando de una barca cañonera para la defensa del puerto de Cádiz.

Como anécdota comentaré que, durante aquella época mantenía correspondencia con su hermana a razón de los intereses culturales que ésta tenía sobre las tendencias venidas de toda Europa. Cádiz era una ciudad fructífera, siendo su puerto destino de comerciantes portugueses, ingleses y franceses. Así, se hacía eco de las principales novedades culturales del momento, incluso de moda, llegando el teniente a describir en sus misivas encajes y plisados propios de las señoritas burguesas de París y Londres.  

De regreso al mando de la barca cañonera, Daoiz participó de forma decisiva en la defensa contra el ataque de la flota inglesa. Pues el temido Capitán Nelson, que se encontraba al mando de las tropas que debían desembarcar en la Caleta para apresar una escuadra, recibió en esta ocasión una merecida derrota a manos de las fuerzas españolas. Logró así, nuestro protagonista, rechazar a los ingleses protegiendo el puerto de Cádiz y los buques mercantes que allí se habían refugiado. Y fue gracias a este excelente servicio, que D. Luis Daoiz recibió el ascenso a oficial artillero de buque de línea y, con ello, un nuevo destino a bordo del navío San Ildefonso. Es también, a bordo de este navío, cuando se produce su promoción al grado de Capitán.

Tras casi cinco años embarcado en este navío, el ya Capitán Daoiz regresó a su destino de origen en Sevilla. Poco después, en 1805, el San Ildefonso intervendría en la famosa batalla de Trafalgar.  

Durante este período fue destinado en la Real Fundición de Bronces, donde se le atribuyó la tarea de supervisión de fabricación de nuevos cañones ligeros con destino a la artillería a caballo. Poco después, participó en la Segunda Guerra de Portugal, donde estuvo encuadrado en su antiguo regimiento y siendo, posteriormente, destinado a Fontainebleau en Francia.  

Cuando en 1807, el regimiento desplazó su segunda compañía a Madrid, Daoiz solicitó su traslado junto a ella, siendo nombrado Comandante de la batería que, finalmente sería destinada al Parque de Monteleón. Y es, en ese mismo año, que se comprometería con una joven de la nobleza de Utrera, con la que debería haber contraído nupcias en la primavera de 1808.  

A finales de abril de ese mismo año, el Capitán Daoiz sería uno de los encargados en recibir a las tropas aliadas que llegaban desde tierras francesas al mando de Murat, Gran Duque de Berg. Entraron en Madrid unos 30.000 soldados imperiales, de los que unos 10.000 fueron alojados en varios cuarteles de la ciudad y en tiendas de campañas, mientras que los otros 20.000 se alojaron en los pueblos de los alrededores. La guarnición española de Madrid apenas alcanzaba los 4.000 infantes y 2.000 jinetes.

La presencia de soldados franceses no fue aceptada por los ciudadanos de la Villa de Madrid, quienes observaban con recelo las muestras de poder que Murat fomentaba al mostrar de forma continua la fuerza de la que disponía. Los altercados entre el ejército imperial y los vecinos madrileños no hicieron esperar. Comenzaron las vejaciones, maltratos y hasta asesinatos que los franceses protagonizaban dejando siempre un malparado español.  

En cuanto los madrileños comenzaron a señalar al ejército aliado como invasor, no quedó más que intentar tranquilizar a éstos, siendo las autoridades militares españolas quienes negociaran con los franceses para que cesaran en sus ataques. También se ordenó a las tropas españolas que permanecieran en los cuarteles a fin de evitar roces con sus aliados. Mientras, Murat decidía ocupar la ciudad para garantizar el sometimiento. Y, tras los incidentes acaecidos el día 1 de mayo, el gran duque de Berg ordenó el 2 del mismo mes, que sus tropas comenzaran a ocupar los principales puestos, palacios y cuarteles de la ciudad.  

Cuando el motín popular estalló en la Puerta del Sol y en el Palacio de Oriente, el Capitán Daoiz se encontraba en el Parque de Monteleón con tan solo 4 oficiales, 3 suboficiales y unos 10 soldados. No tenía noticia alguna de rebelión, y la única orden que se le había encomendado era la de aguardar en el cuartel junto con sus compañeros para evitar posibles provocaciones para con las tropas francesas. Mientras, un destacamento de soldados imperiales llegaba por orden de Murat para controlar el parque.

Por su parte, el capitán Velarde, mejor informado de las intenciones del duque, salió del cuartel en el que se hallaba en dirección a Monteleón decidido a defender a la población y enfrentarse, si fuera necesario, a las tropas francesas. Junto a él marchó una compañía entera que, al llegar a las puertas del parque, se encontró con el cuartel rodeado de ciudadanos que gritaban y vitoreaban a los franceses que en su interior se salvaguardaban. Se escuchaban voces que pedían armas para luchar, si el ejército no batallaba, el pueblo lo haría.

Velarde, fingiendo un apoyo a los franceses que jamás llegaría, consiguió traspasar las puertas con su compañía y logró la rendición de la unidad francesa. Fue entonces cuando el joven oficial y el Capitán Daoiz mantuvieron una tensa conversación sobre cuál debía ser su posición. Debió ser un momento de verdadera lucha interna para nuestro protagonista. Por un lado, el deber le obligaba a acatar la orden venida de sus superiores por la que debía mantenerse acuartelado y, por otro lado, la demanda de su compañero que le instaba a luchar contra los franceses. ¿Qué debía hacer? El griterío tras los portones hacía que la balanza se fuera inclinando a favor del pueblo. Daoiz daba vueltas de un lado a otro intentando ver con claridad la respuesta, hasta que al fin, una voz se alzó sobre el resto. Era él, nuestro capitán que hoy honramos quien gritó a viva voz: “¡Abran las puertas y armen al pueblo! ¿Más no son ellos nuestros hermanos?”  

Seguidamente, los capitanes Daoiz y Velarde distribuyeron a ciudadanos y soldados en secciones al mando de oficiales. Se ordenó apuntar con tres piezas de artillería hacia el portón tras el cual esperaban los franceses preparados para atacar. Abrieron fuego así los artilleros españoles llevándose por delante hasta las macizas puertas del parque que cayeron como losas sobre la fuerza enemiga. Dispararon, una y otra vez, al mando del Capitán sus botes de metralla, logrando frenar así, las diversas cargas que el batallón francés de infantería osó lanzar contra el parque. Subieron los soldados imperiales por las calles de Fuencarral y San Bernardo, pretendían apoderarse de Monteleón, más se encontraron con los cañones comandados por Daoiz que les causó numerosas bajas.  

Para vencer la resistencia del parque, Murat envió al general Lagrange con tropas de caballería e infantería, siendo estas reforzadas además, con cuatro cañones. Pero sus ataques fueron rechazados por la batería de la puerta y las descargas de fusilería de los soldados y los ciudadanos situados en los muros, dirigidos por Daoiz y Velarde.  

Varios asaltos frustrados perduraron durante aquella intensa jornada, hasta que la última carga de las tropas imperiales logró llegar hasta la línea de cañones que Daoiz mantenía en la puerta. Dispararon, los franceses, descargas de fusilería que causó verdaderos estragos entre quienes defendían el parque para después lanzarse con la bayoneta. Tras la heroica muerte de Velarde y de buena parte de los artilleros, Daoiz, que había sido herido de gravedad y sin apenas munición para sus cañones, intentó capitular cuando los franceses alcanzaban ya el patio. Pero decidido y con el sable en su mano, luchó hasta caer rendido por las heridas de bayoneta recibidas en la batalla. Sus compañeros, al verle desfallecer, corrieron en su ayuda siendo evacuado.

Lograron resistir algún tiempo, con algunos soldados y madrileños que, finalmente, terminarían por rendirse. Agonizante, Daoiz fue trasladado a su casa donde moriría ese mismo día. Fue enterrado en la iglesia de San Martín por la noche junto a su compañero Velarde y otros soldados españoles que como valientes lucharon y como héroes murieron.  

Cuatro años después, el 7 de julio de 1812, se aprobó en Decreto de Regencia y a propuesta del entonces Director General de Artillería D. Martín Garcia y Logorri, perpetuar la memoria de los heroicos capitanes de Artillería D. Luis Daoiz y D. Pedro Velarde, según lo dispuesto a continuación:  

Detalle de la dirección del Museo

1º Que según lo solicitaban los Oficiales del Cuerpo, figurasen como presentes en los extractos de revista Daoiz y Velarde, añadiendo que en el acto de nombrarlos el Comisario, respondiera el Jefe más autorizado que se hallase presente: Como presentes y muertos gloriosamente por la libertad de la Patria, el 2 de mayo de 1808.

2º Que ambos nombres se inscribiesen con letras mayúsculas a la cabeza de los Capitanes, en la Escala del Cuerpo, expresando a continuación el anterior lema.  

3º Que se erija un sencillo, aunque majestuoso monumento militar, frente a la Puerta del Colegio de Segovia, en cuyo pedestal se lean sus nombres.  

4º Que se escriba un elogio de ellos, el cual debería leerse todos los años en la apertura de la primera clase a los Caballeros Cadetes a fin de estimularles a seguir su ejemplo. Última diapositiva.  

Y aquí acaba esta glosa dedicada al por siempre Capitán D. Luís Daoiz y Torres.”  

Espero que os haya gustado y que pronto tengamos la oportunidad de rememorar a los héroes del pasado. Gracias.

CAMPANAS

LA VUELTA A ESPAÑA EN 80 LEYENDAS, es una sección en la que recorremos juntos todas y cada uno de las leyendas y grandes narraciones que acontecieron en tiempos remotos de nuestra historia. Una España repleta de grandes gestas, de mitos, de cuentos y pergaminos.

LEYENDA Nº 10: CAMPANAS

Se encontraba, pues, el joven David a las puertas de la sala en la que jamás creería ver venganza tal que nunca más ningún señor y noble osara doblegar a un rey. Tan solo era un mozo, un sirviente de las más baja alcurnia, de aquellos que limpian con sus propias manos, si fuera menester, los suelos pétreos de fortalezas y castillos; mas aquella jornada se convertiría, además, en uno de los pocos elegidos para custodiar el secreto mejor guardado de un monje nombrado rey.

Sucedió que aquel que pasó a la historia como Ramiro II, el monje, subió al trono sin respetos ni juramentos de nobles que salvaguardaran su nombramiento. Las rebeliones se respiraban por doquier y las reyertas entre los señoríos suponía ya una constante en un reino que comenzaba a decaer. Mas, jamás creyó este rey monje que sus huestes menguaran con tal ligereza que su propia corona sufriera peligros inminentes.

Fue entonces que, el rey monje, pidió a cierto mensajero con pocos o nulos intereses que viajara junto a un par de sirvientes hasta una abadía lejana para entrega de cierta misiva al abad de la misma. Así fue como el joven David comenzó su promoción hacia un grupo selecto de hombres que pasarían a formar parte de los custodios del rey. Marchó David junto al mensajero y otro hombre también de su linaje y condición hacia el Monasterio consagrado a San Ponce.
Llegaron pues al destino fijado y, al dar aviso de por orden de quién venían, fueron rápidamente atendidos por el abad a quien entregaron la misiva del rey. Éste leyó con cautela las palabras manuscritas y selladas por el propio monarca quien, con el recelo del que teme por vida y corona, osó de escribir en secreto. Invitó pues, el abad, a los tres enviados a seguir sus pasos hasta el lugar donde los huertos se abren, agarró un cuchillo y, sin dar mayor aviso, segó todas y cada una de las coles mayores y dejó sin cercenar aquellas más chicas que se cobijaban bajo él. Ordenó pues, ante el asombro de quienes allí se encontraban, que narraran al rey cuanto hubieran visto.

Así fue que regresaron los dos hombres y el muchacho a pedir audiencia con el monarca y prestaron juramento de aquello que le relataban. Quedó el rey monje satisfecho con aquellas palabras, a pesar de que solo él las interpretara.
Mandó entonces el rey monje llamar a los más afamados y gloriosos nobles, a los principales hombres de las casas más importantes para que visitasen Huesca pues, según decían, el rey iba a mandar construir la campana más extraordinaria que jamás nadie hubiera osado de fundir. Aquellos hombres que con sornas recibieron la invitación, creyeron que las risas y burlas continuarían allá donde debían acudir. El rey monje, con muestra de gran placer por el éxito del llamamiento, recibió a los nobles con las galas de las que debían por condición y gallardía. Después, mandó que entrasen, uno por uno, en orden que él mismo marcó, a una sala un tanto oscura e insonora donde la sorpresa venía dada no por una campana, sino por el silbido de una guadaña que un verdugo empleaba para decapitar a cuantos por la puerta entraran. Hasta trece hombres cayeron.

Dictó así, el rey monje, colgar sus cabezas en orden. Que los hombres que sin saberlo fueron cómplices de tal hecho, limpiaran los suelos y guardaran los cuerpos. Así, una vez fueron sus mandatos concluidos, invito al resto de hombres a ingresar en aquella sala donde el hedor de sangre y muerte prevalecía y que contemplaran así, las cabezas de quienes, con sus faltas, habían supuesto revueltas en los dominios que regentaba.

Jamás regresaron las revueltas, ni la osadía, ni las faltas. Las casas que sobrevivieron a los hechos doblegaron sus rodillas y entregaron sus espadas, serían pues, vasallos de un nuevo rey. Y así contó la historia, un tal David de Mendoza, en unas crónicas olvidadas bajo las losas. 


Puedes escuchar esta leyenda a través de mi programa de relatos. Aquí os dejo el enlace al programa y, por supuesto, a la leyenda: https://www.ivoox.com/campanas-audios-mp3_rf_64885094_1.html


Reto Literup: “Valencia. 2218”

Una historia donde la protagonista ve por primera vez el cielo

La historia de hoy se me ha ido un poquito de las manos y no sé si cumplirá con el requisito. En cualquier caso, aquí os dejo esta historia de ciencia-ficción para aficionados, jaja.

VALENCIA, 2218

Las razones por las que la Tierra se encontraba en un estado más que decadente podían haberse evitado si los humanos que vivieron hace más de doscientos años hubieran tomado conciencia de lo que iba a deparar a la humanidad sus excesos. Ahora ya es demasiado tarde y los jóvenes que contamos con la capacidad y aptitudes necesarias para la búsqueda debemos partir sin demora.

La mayoría de las mujeres han perdido el don de la fertilidad y los hombres son cada vez más escasos, la humanidad se encuentra al borde de la extinción si los supervivientes no somos capaces de encontrar una solución a este descenso directo a la abolición humana. Mi nombre es Laika y soy la primera mujer menor de dieciocho años en ser enviada en una de las naves subacuáticas. Las aguas cada vez van cobrándose más y más zona terrestre y, los más ancianos, defienden la posibilidad de vivir bajo ellas con la tecnología apropiada. Dicen que hay ciudades enteras enterradas y que, de entre sus escombros, debe hallarse la respuesta.

Los pocos niños que consiguen sobrevivir al nacimiento son enviados a las colmenas, donde un personal cualificado los cría y protege hasta que su sistema inmunológico es capaz de trabajar en el exterior. Recuerdo cuando era tan solo una niña que crecía y alimentaba junto a los demás. Un día, hubo una alerta de GCD (Gas contaminante desconocido) justo en un instante en el que los cuidadores se encontraban fuera de sus funciones habituales dejándonos a solas. Muchos niños actuaron como cualquiera de su edad rompiendo a llorar sin control alguno, mientras que otros intentamos tomar las riendas de la situación. Vi que una de las puertas de seguridad se encontraba entreabierta y, tras comprobar que llevaba hasta los refugios, llamé la atención de los demás para que me siguieran. Esperé hasta que el último niño salió para incorporarme a la huida y cerrar tras de mí dicha puerta. Incité a todos a que corrieran sin mirar atrás hasta llegar a los bunkers donde albergaba la esperanza de que estuvieran ya algunos de los adultos. Por suerte, así fue. Dos de ellos se encontraban en la entrada hacia los subterráneos mientras comprobaban que estábamos todos y anotaban en sus cuadernos lo que fuera que debieran escribir. No pasó ni media hora cuando una mujer de unos treinta años, pelo castaño, ojos bicolor y complexión atlética entró en la estancia. Nos miró a todos inexpresiva y, con un chasquido de los dedos, uno de los adultos que nos custodiaban le entregó su cuaderno. Mientras leía lo que en él estuviera escrito, asentía con satisfacción. Yo no podía apartar la mirada de aquella mujer preguntándome quién sería y qué hacía allí sin mediar palabra. Nunca la habíamos visto y nunca más volveríamos a verla.

Entonces alzó su mirada y con una sonrisa indescriptible empezó a nombrar a un cierto número de niños. Llevaba cinco nombres cuando con la misma voz firma me nombró. Según éramos llamados debíamos de acercarnos a una primera línea. Aquella mujer nombró a un total de diez niños, todos varones menos yo. Todos mayores de diez años, excepto yo que tan solo contaba con siete. Después de aquello, nunca más la volvimos a ver. Abrieron la puerta para que los elegidos saliéramos en fila y en orden, nos dirigieron por un pasillo que jamás había visto o, por lo menos, no recordaba haberlo hecho antes. Llegamos a un hangar donde un camión militar nos esperaba y nos subieron a la caja donde nos sentamos sobre unos bancos de metal que caían de los laterales. Junto a nosotros, cuatro soldados armados nos flanqueaban sin saber aun si era para protegernos o para amenazarnos en caso de intentar huir.

Tras un trayecto lleno de baches y curvas que el conductor parecía coger con exceso de velocidad, llegamos a nuestro nuevo destino. Nos bajaron del camión sin mediar palabra para, después, guiarnos en silencio hasta la persona que sería nuestro nuevo custodio.

—Bienvenidos, reclutas. —Un hombre de avanzada edad, de pelo canoso y ojos claros nos recibía con una amplia sonrisa de dientes perfectos y blancos como nunca había visto hasta entonces—. Soy el Coronel jefe de esta Base en la que viviréis de hoy en adelante. No os asustéis pequeños, yo no seré quien os tutele, en mi lugar tendréis a las personas adecuadas que os ayudaran a forjaros como jóvenes soldados y depositará en vuestras manos nuestro futuro. Esperad aquí y pronto os llevarán a vuestras celdas.

Así fue como todo empezó. Con tan solo siete años me instruyeron para ser un soldado de obtención, de esos que arriesgan sus vidas en viejos submarinos en busca de resquicios humanos bajo las aguas, de tierras perdidas que un día fueron habitadas por nuestros congéneres antes de la gran explosión.

Hoy tengo dieciséis años, la edad mínima que se estipuló para activar a los nuevos soldados. Esta será mi primera misión, mi primer viaje. Conmigo vendrá Tomás, otro de los niños reclutados y con el que siempre he tenido una gran relación, quien me ha cuidado desde niños cuando llegamos a este lugar.

—¿Cómo vas? —Un suave golpecito en el hombro hace que me gire para encontrarme con los ojos pardos de mi mejor amigo—. ¿No estarás asustada?

—Esa palabra no entra en mi vocabulario, chaval. —contesto. Tomás ya es veterano en estos viajes, es la tercera salida que realiza y, por supuesto, su actitud es muchísimo más despreocupada que la que pueda tener yo.

—En serio, Laika, no te preocupes por nada. Eres de las mejores de la cosecha. Ellos lo saben y tú deberías aceptarlo.

—No sé, Tomás, me conoces demasiado para saber que no me gusta ir donde desconozco. ¿Qué tiene de especial esta misión para que me hayan activado ya? —pregunto. A pesar de ser la edad mínima de activación, era muy raro que llamaran a misión a los que acababan de cumplir los dieciséis. Lo normal sería que reclamaran primero a los mayores y los recién activados se dedicaran a trabajos de logística hasta alcanzar cierta madurez militar.

—No lo sé, pero no creo que tardemos mucho en averiguarlo. —Hizo un gesto con la cabeza para señalar que algo pasaba tras de mí—. Ponte el casco, viene la Jefa.

—Señores, atención. —Frente a nosotros se encontraba la Comandante Werner, todos sabían de su capacidad en acciones especiales. En su niñez mostró grandes dotes de liderazgo que fue aumentando con el tiempo hasta convertirse en uno de los activos más codiciados de nuestro ejército—. Como verán, nos encontramos en una situación especial en la que muchos os preguntaréis cómo es que hay niñatos en las filas. Bien, esos niñatos son los mejores de su promoción y por ello se ha decidido activarlos en esta ocasión, digamos, especial. Los servicios de nuestra inteligencia han detectado lo que parece una de las mayores zonas arqueológicas sin explorar. Parece que no ha sido explotada y necesitamos que adquiráis el mayor número de documentación que podáis. También sabemos que los piratas se encuentran al tanto de esta situación y, es por ello, que hemos decidido mandar la mayor flota hasta el momento. No podemos perder nada. Lo necesitamos todo.

Poco después nos encontrábamos todos los elegidos para la misión subidos en diversos submarinos. Los nervios y, lo que podría llamarse ilusión, se mezclaban en mi interior. Observaba al resto de soldados con esa actitud desenfadada que tanto les gusta mostrar cuando el servicio se lo permite. Voces y risas enérgicas llenaban el cascarón de metal y ocultaban el sonido de los motores. Una sirena y la luz tintineante de color rojo anunciaban que procedíamos a la inmersión. Esperé a que la nave se estabilizara para acercarme a una de las diminutas ventanas. No podía verse demasiado por la poca luz filtrada del exterior, aunque, en ocasiones, algún animal acuático despistado o curioso cruzaba la visión oceánica.

Tras una semana, con sus siete días y siete noches, llegamos a una zona que, al parecer era del todo desconocida. Todos nos acercamos hacia las pequeñas y redondas ventanillas para ver de primera mano qué era aquello que tanto alarmaba a los altos mandos que nos acompañaban.

Ante nosotros una visión extraordinaria se abría camino. Ninguno podíamos creer lo que ante nuestros propios ojos se abría camino. Era una ciudad viva bajo el agua. Una enorme cúpula llena de luz, de edificios y seres que andaban por calles muy similares a las de la superficie.

Sin apenas darnos cuenta, uno de los submarinos que nos acompañaba estalló en pedazos. Señal inequívoca de que aquellos seres nos estaban atacando. La alerta sonó con fuerza y todos nos preparamos para un nuevo ataque inminente, más bajo las aguas poco podíamos hacer salvo esperar que los misiles subacuáticos surtieran el efecto deseado.

La suerte o la desgracia provocó que todas las naves cayeran excepto aquella en la que me encontraba. Fuimos capturados y arrastrados hasta el interior de la cúpula donde nos separaron y nos llevaron a diferentes celdas o habitaciones. La sorpresa fue mayor cuando pudimos ver que quienes nos arrestaban en seres humanos como nosotros que habían logrado construir una ciudad subterránea en la que vivir lejos de la polución.

Desde la habitación en la que me hallaba podía ver parte del exterior. Parecía una ciudad cualquiera, de esas que habían estudiado en libros de historia. Justo frente a la diminuta ventana por la que me asomaba había una heladería típica de esas que tenían un toldo de colores rosa y blanco, con algunas mesas de metal y sillas a juego que flanqueaban la entrada. Las personas que circulaban por la calle lo hacían andando o en bicicleta, no me pareció ver coche alguno o vehículo a motor. Llamaba mi atención los niños que allí veía, corrían y reían sin temor.

El sonido del pasador de la puerta de mi celda llamó mi atención. Entró un hombre armado con lo que parecía una especie de ballesta y, tras él, otro hombre aún mayor con una bandeja con comida. Ninguno pronunció una palabra. No sé con exactitud el tiempo que permanecí encerrada, sola, sin saber del resto de mis compañeros; pero llegó el día en el que, al fin, me dejarían salir para hablar con quien debía ser el contacto o el mediador que habían designado.

Me encontraba en una habitación un poco más acogedora. Estaba vacía por completo, salvo por tres sillones tapizados en telas granate que iban a juego con los acolchados de las paredes. También había una mesa vacía. Quien me acompañó me invitó a sentarme mientras esperaba a quien fuera con quien me iba a entrevistar. No tardó más que unos instantes en volver a abrirse la puerta para dar entrada a un hombre de unos cuarenta años, de traje oscuro y piel blanquecina, como todos en aquel lugar.

—Laika, ¿verdad? —preguntó el susodicho que, ante mi asentimiento, prosiguió—. Yo soy Marcus, estoy aquí para hacerte entender la situación en la que te encuentras y explicarte nuestra existencia. —Realizó una breve pausa antes de proseguir con su alocución—. Debo informarte de que nuestra existencia debe permanecer en total secreto, jamás debe llegar noticia alguna de nuestra presencia a los terrestres, es decir, a tus congéneres del exterior. No sé si comprendes por donde voy. —Quería creer que sí sabía qué era aquello a lo que me enfrentaba, pero la inseguridad hizo que mi reacción no fuera la esperada. A pesar de ello, el tal Marcus, decidió ser más concreto—. No podemos acogeros a todos los que habéis sobrevivido a nuestro ataque, sin embargo, tu, querida niña, eres uno de los elegidos para quedarte si así lo deseas. En caso contrario, tu cuerpo será expulsado de la cúpula.

—¿Dónde están los demás? Mis compañeros, ¿qué ha pasado con ellos? —pregunté con la esperanza de recibir una respuesta que pudiera digerir.

—Algunos han sido ya expulsados y otros han aceptado nuestra oferta. Podrás quedarte, tendrás un trabajo como todos los que estamos en este lugar y que deberás realizar religiosamente.

—¿Por qué yo puedo quedarme?

—Sencillo. —contestó mi interlocutor con una medio sonrisa que ya anunciaba parte del sentido a la respuesta—. Eres mujer y joven. A diferencia de lo que sucede en la superficie, aquí las mujeres cada vez escasean más. —Sin mayor argumentación, Marcus se levantó para marcharse de la sala dejándome con más dudas de las que había podido entender; pero antes de salir me dio una última directriz—. Decide pronto cuál va a ser tu respuesta. Mañana comenzará tu nueva vida en caso de que decidas quedarte.

Llevaba cerca de una semana ya en aquel lugar, nunca supe que pasó con Tomás, aunque lo pude imaginar. Otros sí corrieron la misma suerte que yo, casi todos eran de los nuevos activos, jóvenes como yo. Me habían asignado una chica de mi edad para que me guiara en mi nuevo trabajo e informara de mi actitud hasta estar seguros de que podían confiar en mí y dejar que viviera en alguna de las casas disponibles.

No podía ver la totalidad de la ciudad, pero al encargarme de la limpieza de las calles, podía observar al resto de las personas que me miraban con desconfianza. Todos allí eran bastante pálidos, aunque saludables. Podían cultivar la mayoría de las hortalizas y frutas gracias a un sistema de calor que simulaba las estaciones del año y la luz solar. Del mismo modo, en el resto de la ciudad, fuera de aquel invernadero, el día y la noche eran marcados por grandes luces ancladas a media altura de la cúpula. Y, el oxígeno, conseguían introducirlo del exterior con un enorme tubo que subía hasta la superficie y que era limpiado antes de introducirlo de nuevo en la bóveda de cristal.

Me encontraba entretenida en mi trabajo de limpieza cuando reparé que una chica, al otro lado de la calle, me observaba con atención. No pude verle el rostro con claridad, pero el corazón me dio un vuelco cuando nuestras miradas se cruzaron. Aquella noche no pude dormir pensando en aquella joven que había visto el día anterior, sin saber que al día siguiente la volvería a ver.

Cuando la chica volvió al lugar en el que me encontraba, sentí el valor de acercarme hasta ella. La muchacha ni se inmutó, se mantenía firme ante mi acercamiento. Entonces todo sucedió demasiado rápido. Un agente de la autoridad que ninguna vimos llegar atrapó a la joven mientras otro me retenía y me trasladaba de nuevo a mi celda. No podría jurar lo que aquel día pude ver, pero estaría loca si no asegurara que aquella joven era exacta a mí. ¿Cómo podía ser? De pronto, decenas de imágenes comenzaron a sucederse en mi mente recordando a las personas que había visto desde el día de mi llegada. Muchos de ellos me resultaban conocidos. Una de las veces me pareció ver a Tomás, pero por más que lo llamaba él no me contestó y pensé que me había confundido. Recordé haber visto a una mujer mayor, de pelo cano y ojos bicolor que me resultaba muy familiar, aunque de otra época.

Llamé con fuerza al custodio, quería hablar con Marcus. Él era quien debía responder, desde que había llegado charlaba todas las tardes con ese hombre para ver como iba adaptándose y, de paso, solventarme las dudas existentes.

—¿Qué sucede, Laika? —preguntó mientras se desabrochaba uno de los botones de la chaqueta para sentarse en el sillón aterciopelado que se encontraba frente a mí.

—Quiero saber quiénes sois.

—No entiendo a qué te refieres.

—Hace unos días vi a una chica que era exacta a mí y, cuando fui a preguntarle quien era, dos de tus hombres nos separaron. —Sentía la respiración entrecortada por la adrenalina que me empujaba a escupir cada palabra—. He visto a varias personas que, por casualidad, se parecen demasiado a las gentes que conozco, que recuerdo del exterior.

—Eso es imposible, querida. —contestó con una tranquilidad que me desquiciaba.

—Sé que las personas que viven aquí son iguales a las que sobreviven en la superficie y quiero saber por qué. —Insté.

—Si te respondo a esa cuestión, es muy probable que nuestro trato se rompa. ¿Lo comprendes?

—No me importa. ¿Quiénes sois? —Grité sin pretenderlo.

—¿Estás segura de que quieres conocer nuestros secretos?

—Por supuesto.

—Deseo concedido. —Con aquella sonrisa que me desquiciaba comenzó su confesión—. Verás, nosotros somos los verdaderos humanos. Los supervivientes. El problema es, que no podemos vivir en la superficie por razones que bien conoces. —Hizo una pausa para reclamar la atención del asistente que se encontraba de pie junto a la puerta y que siempre nos acompañaba—. ¿Puedes traer un par de copas de vino? —Le dijo y, después, regresó a mí—. Entonces, nuestros científicos, consiguieron la forma de crear seres exactos a nosotros con un único defecto, no podéis procrear y, es por ello, que debemos mandar más de un ser a la superficie para que haya el suficiente número de seres capaces de afrontar las inclemencias del exterior. Al principio, os creamos con la intención de que trabajarais en un plan de saneamiento de la Tierra, pero, poco a poco, comenzasteis a tener una mayor conciencia de conservación y, por ello, debimos escondernos y borrar todo rastro de nuestra existencia. —La puerta de la estancia se abrió dando paso al asistente que portaba una bandeja con sendas copas repletas de vino tinto que depositó en la mesa—. Por favor, Laika, toma esta copa mientras seguimos con nuestra charla. —Ante mi repulsa, Marcus insistió—. Te vendrá bien para digerir toda esta información…

Lo cierto es que ya no recordé nada más. Tan solo un sorbo de aquel brebaje hizo que sucumbiese y despertara de nuevo en mi celda. Y es por esto que escribo a media luz en este diario todo aquello que recuerdo. Mañana intentaré descubrir más, intentaré escapar.

Valencia, año 2258

—Sí, señor. Este diario ha sido encontrado a orillas del mar. —Un soldado le mostraba a su superior el cuaderno encontrado en una carcomida botella de cristal.